27 Zeth
La tal Newan me dijo que pasara por su consulta a las dos de la tarde, pero no va a ser posible.
También le pidió a Sloane que me acompañara, pero, como está trabajando, la estirada de la psiquiatra seguro que se ha buscado a otra persona para que supervise nuestra pequeña reunión, aunque sea solo para demostrarle a Sloane que tiene razón: «No deberías pasar tiempo con un tipo como ese».
Es probable que tenga razón, pero me cabrea igualmente.
Ella no tiene ni idea de todo lo que he hecho para mantener a salvo a su amiga, joder.
De todos modos, me alegro de que Sloane no haya podido venir.
Después de follármela ayer contra la pared hasta dejarle el cerebro frito, he estado de un humor de perros.
No debería haber renunciado a esa cuerda.
Debería haberla atado y haber hecho con ella lo que me diera la gana.
Debería haberla usado como he usado a todas las mujeres que me he follado en esta vida.
Pero… vi esa chispa de vacilación en su mirada y cambié de opinión.
No es que no fuese capaz de hacerlo… Lo habría podido hacer perfectamente.
Y lo habría disfrutado mucho más de lo que lo habría disfrutado una persona normal.
Pero no quería que ella se sintiera mal.
Y claro, luego tuvo que estropearlo todo besándome, y yo perdí los papeles y me largué.
Ahora mismo, verla es lo último que necesito, así que mejor que esté en el trabajo y no sentada a mi lado junto a la puerta de la consulta de Pippa Newan.
Me dejo caer por allí a mediodía. El edificio está al lado del parque de Greenlake, que es un arcoíris de colores otoñales: rojos, naranjas, marrones rojizo, verdes…
Hay montañas de hojas arremolinadas en la base de los troncos de los árboles, esperando a que las recojan.
Está lleno de familias que pasean a sus perros, de madres que empujan a sus hijos en los columpios.
Una pareja camina sin prisa, cogidos del brazo, arrebujados en sus gruesos abrigos y con vasos de café de los que emanan hilos de vapor que ascienden hacia el cielo.
Esto no son los barrios marginales. Sloane intentó pintarme a su amiga como una especie de santa porque su clientela la conforman básicamente criminales, pero aquí parece que se vive de puta madre.
Si yo tuviera tantos prejuicios como Pippa, daría por hecho que se está enriqueciendo a costa del estipendio gubernamental que recibe por tratar a esos hijos de puta.
Seguro que sus pacientes de la condicional también odian venir a su consulta y tener que coger el autobús número dieciséis para llegar a este puto barrio, un barrio en el que nunca podrían permitirse ni un cuchitril, así que no digamos un hogar como Dios manda.
Sí, eso es un «que te follen» con todas las letras.
Me enciendo un cigarro frente al edificio y observo la entrada.
Aquí habrá seguridad. Probablemente, un conserje que haga las veces de segurata, por si la clientela se pone atrevida si la benevolente doctora no les renueva la receta de Valium.
Me termino el cigarro y enciendo otro. El frío se las arregla para colarse por debajo de la chupa de cuero y me cala en los huesos.
Al cabo de un rato, me pongo de pie y empiezo a pasear mientras fumo, sin dejar de vigilar la puerta.
Aunque estoy prestando atención, casi pierdo la oportunidad cuando se me presenta.
Un chaval de veinte o veintiún años, con unos vaqueros caídos que casi le dejan el culo al aire y una gorra hacia atrás, sube las escaleras que llevan al portal.
Tiro la colilla y cruzo la carretera, dejando atrás las chispas que salen flotando hacia arriba.
Subo los escalones del edificio de tres en tres.
El chaval ya tiene el dedo en el timbre cuando lo agarro del cuello.
—Soy tu tío —le gruño. Él se da la vuelta preparado para atizarme, también con el rostro deformado en una mueca de furia, pero cuando me ve, se lo piensa mejor.
—¿Qué quieres? Tú no eres mi tío, colega.
No es mi tamaño lo que lo hace recular, aunque soy más corpulento que este macarra. Es mi mirada. El «no pienses que no te mataré si metes la pata» que detecta en ella.
—Ahora mismo soy tu tío. Cuando entremos en este edificio y subamos las escaleras, seguiré siendo tu puto tío. Cuando lleguemos a la consulta, desapareces. Espero no volver a verte el careto.
El chaval percibe la advertencia en mi voz, pero tengo que reconocerle el mérito porque no se arredra.
—Tengo que ver a la psiquiatra, tío. Si no voy a la cita, vuelvo al trullo, y eso no puede pasar. En serio.
—No te comas la cabeza por eso. Ya me encargo yo de que la médica firme lo que tenga que firmar.
—¿Hola? —La voz distorsionada de una mujer joven suena por el interfono. Fulmino al crío con la mirada y me aseguro de que entienda que se meterá en un buen lío si la caga. Él me lanza una mirada asesina, pero se encoge de hombros.
—Eh, soy Mark. Tengo cita con la doctora Newan.
—Hola, Mark. Sube.
La puerta zumba y el pestillo se desbloquea. Mark abre y entramos los dos. Al otro lado nos espera una mole con cara de pocos amigos. Un exmilitar, se lo huelo de lejos. Y es un cabrón listo. Detecta algo raro en cuanto me ve.
—¿Sabe la doctora Newan que traes un invitado, Fletcher? Ya sabes que no le gustan las visitas sorpresa.
—Sí, Franz, relájate. Es mi tío. Me dijo ella que lo trajera.
El guardia, Franz —¿quién coño llama a su hijo Franz?—, me mira de arriba abajo.
—Pensaba que tu tío era uno de los residentes del sistema penal del estado de Washington.
—Recién salido de SeaTac —le digo.
—Ya. Desde luego tienes pinta de acabar de salir del talego —replica. Me clava una bandeja en el pecho con poca educación—. Seguro que todavía sabes qué hacer con esto.
Vacío el contenido de mis bolsillos en la bandeja mientras le dedico una sonrisa de oreja a oreja.
La cartera, el móvil y las llaves. He dejado la pistola en el coche a propósito, y no hay nada en el teléfono ni en la cartera que pueda causarme problemas serios.
Franz me mira como si no se pudiera creer que no vaya armado.
Levanto los brazos a los lados. «Cachéame, hijo de puta».
Pero en vez de hacerlo, me ignora y le da la bandeja a Mark con la misma brusquedad.
El chaval deposita un billete de autobús manoseado, las llaves de casa y un billete de veinte arrugado junto a mis cosas.
Tengo la sensación de que el contenido de esos bolsillos es todo lo que posee en el mundo.
—Os estaré esperando aquí hasta que salgáis. —Franz señala la puerta con la cabeza—. Más vale que te des prisa. Vas a llegar tarde.
La consulta está en la tercera planta y es pretenciosa de cojones.
Cuando entramos, la propietaria de la alegre voz del interfono está de pie, meciéndose con…
¿qué es eso? ¿Emoción? Ella tampoco tendrá más de veinte años; tiene el pelo rubio y rizado y el cuerpo estilizado, y va vestida con falda y americana, como salida de Una rubia muy legal.
Al ver al chaval, se le dibuja una gran sonrisa.
—Hola, Mark.
—¿Qué hay, Patricia? Este es… eh… mi tío. —Entre estos dos hay tema. La chica casi se le lanza encima delante de mis narices, aunque se le borra un poco la sonrisa cuando me mira.
—Oh, hola, señor. ¿Ha venido a mostrarle su apoyo a Mark?
—Algo así.
—¿Le gustaría sentarse?
—En realidad, estaba pensando que tal vez Mark y tú podríais ir a contemplar las vistas de la ciudad un rato, o algo así.
Tengo que hablar con la doctora Newan sobre las sesiones de mi sobrino.
—Soy un genio por haberlos mandado hacia arriba.
Porque si el chaval baja solo, ese segurata tan exaltado no va a tardar ni dos segundos en subir a ver qué pasa.
—Esto… En realidad, no puedo abandonar el mostrador de recepción.
Miro a Mark.
—Venga, Trish, que no pasa nada. —Le tiende la mano y se confirman todas mis sospechas. Trish se pone como un tomate y se la coge. Luego pasa por mi lado como si yo fuera el diablo personificado. Chica lista.
Y ahora que la parejita se ha largado, me siento en una silla en la sala de espera vacía y hago justo lo que se hace aquí: esperar. El intercomunicador de la recepción suena un par de veces. Siete minutos después, se abre una puerta al fondo del pasillo y sale una morena alta con un traje pantalón.
—Patricia, ¿cuántas veces te lo tengo que decir? Si suena el intercomunicador, significa que estoy pre… —Y entonces me ve. Se detiene. Pone los brazos en jarras. Es un mecanismo de defensa. Cuando un oso está a punto de atacarte, intentas parecer más grande.
Le sonrío con dulzura. Se lleva una mano a la frente y se mira los zapatos un instante. Parece que está pensando qué decir. Cuando vuelve a mirarme, ya ha recuperado el control.
—Me dijo que eras feísimo.
—Lo sé.
—¿Debería preguntarte dónde se han metido mi recepcionista y el paciente que tenía visita conmigo?
—Están bien. En su primera cita, por la pinta que tiene.
Pippa niega otra vez con la cabeza.
—Maravilloso. En fin, supongo que lo mejor será que vengas conmigo, entonces.
Ni se ha inmutado, algo que detesto y que me gusta al mismo tiempo.
Quería pillarla con la guardia baja, pero que me haya presentado aquí por sorpresa ni siquiera la ha hecho parpadear.
Me señala su consulta, y yo me levanto y paso dentro.
Ella me sigue y cierra la puerta al entrar.
Los dos juntos en un espacio cerrado y a solas…
Pues sí, esta tía los tiene bien puestos.
—Estás aquí para hablar sobre tu amiga —dice mientras se sienta en su escritorio. Se cruza de piernas y se apoya los dedos entrelazados en el vientre, una postura que me cabrea al instante. Una postura típica de los educadores penitenciarios.
—Estoy aquí para hablar de ti —la corrijo. Paso de la silla que hay frente a su escritorio y me dirijo a la ventana. Si le molesta, lo disimula.
—¿Qué quieres saber?
—¿Te dedicas a esto por dinero o de verdad quieres ayudar a la gente?
Se encoge de hombros.
—Quiero las dos cosas. Tengo facturas que pagar, como todo el mundo. Pero tengo la oportunidad de ganar dinero ayudando a la gente a reinsertarse en la sociedad. Les ayudo a aislar las áreas problemáticas de sus vidas y les enseño a hacer cambios positivos.
Levanto una mano. Ya he oído suficientes patrañas de loqueros para lo que me queda de vida. Es como si estuviera leyendo un guion. La única razón por la que todavía no me he largado es lo primero que ha dicho: ha reconocido que quiere el dinero.
—¿Alguna vez te ha confesado un paciente un acto criminal? —pregunto.
—Sí.
—¿Y qué acciones emprendiste?
—Las adecuadas.
O sea, que llamó a la policía. Eso no me viene bien. No sé con certeza lo que ha ocurrido en el pasado de Lacey, pero tengo la impresión de que antes de aparecer en mi puerta cometió alguna locura. Y lo más probable es que no fuese legal.
—¿Qué haría falta para que aceptaras a Lacey como paciente de forma extraoficial? ¿Para que todo lo que te cuente sea confidencial, sea lo que sea?
Pippa me evalúa con la mirada con ademán pensativo.
—Soy médica. Acepté el juramento hipocrático, igual que Sloane.
Las dos estamos obligadas por ese juramento a ayudar a la gente, así que, en estas circunstancias extremas, estoy dispuesta a ayudar a tu amiga sin dejar constancia oficial.
Sin embargo, yo también tengo que cumplir la ley.
Si tu amiga confiesa que ha causado o tiene intención de causarse daños a ella misma o infligírselos a otra persona, no puedo hacer la vista gorda.
—O sea, que tu juramento hipocrático te obliga a ayudarla, pero tu sentido del deber cívico está por encima de él y le arruinará la vida de todos modos.
Me mira fijamente con esos ojos de color acero.
—Así es como suelen funcionar las cosas.
—¿Y hay alguna cantidad de dinero que te pueda hacer cambiar de opinión?
—Lo siento, pero no.
—Entonces supongo que hemos terminado. —Menuda puta pérdida de tiempo.
No tendría ni que haberme molestado. Me dirijo a la salida; no estoy dispuesto a gastar saliva en una conversación que no me va a llevar a ninguna parte.
Hay un millón de psicólogos, médicos y policías corruptos por ahí. Ya sobornaré a uno de ellos.
—¿Zeth? —Newan sigue sentada en su escritorio, impertérrita—. A pesar de que va en contra de mi sentido común, hay una razón que podría persuadirme de que mirase a otro lado si tu amiga llegara a admitir algo que en circunstancias normales la llevase a la cárcel.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuál sería?
Me mira con el rostro inexpresivo, pero veo la preocupación en su mirada. Esa parte es demasiado difícil de esconder.
—Mantenerte alejado de mi amiga. Para siempre. Mantente alejado de Sloane.
Vaya, vaya, vaya. Menuda zorra manipuladora. Ahora sí que tengo claro que no me cae bien.
—¿Y si ella no quiere?
Pippa mira por la ventana y otea el parque, el proveedor de su pequeño reino.
—Supongo que si ella quiere verte, no se lo puedo impedir. Pero entonces estas sesiones que me pides… te costarán el doble. Porque habrá una para tu amiga y otra para ti. No quiero que a Sloane la ronde un hombre mentalmente inestable.