Sangre y rosas 1 26 Sloane #3
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26 Sloane #3

No dice nada. Se baja de la mesa y se quita la camiseta de esa forma tan descuidada propia de los hombres.

Me recuerda a un monolito toscamente tallado, solo que está hecho de músculos duros en lugar de piedra.

Mientras mira hacia un extremo de la mesa, se desabrocha el cinturón, se quita los zapatos y los vaqueros en menos de diez segundos y luego ahí está, desnudo delante de mí.

Tiene la polla tiesa y dura, con la punta casi en el ombligo.

He visto muchos penes durante mis años de estudio y también después, en el trabajo, pero nunca me había sentido poseída por el impulso de jugar con uno.

Es más, siempre me había parecido que tenían un aspecto un poco cómico.

Pero con Zeth… No, con Zeth, no. No hay nada cómico en su miembro viril.

Es la magnificencia personificada. Por el amor de Dios, me lo estoy comiendo con los ojos.

Él me mira a mí de igual modo, tan concentrado que me pone de los nervios, pero no soy capaz de apartar la vista. Y tampoco lo haría si pudiera.

—Ponte de pie.

No creo que pueda fiarme de mis piernas, pero, de algún modo, consigo obedecerlo. Mil posibilidades se me cruzan por la mente. ¿Me inclinará sobre la mesa y me follará? ¿Volverá a coger ese cuchillo de cocina? ¿Me tapará los ojos y me hará cosas indecibles que no puedo ni empezar a imaginar?

Pero no ocurre nada de eso.

Me coge en brazos y me levanta de forma que yo, instintivamente, le rodeo la cintura con las piernas. Y entonces me estampa contra la pared y el dolor atraviesa mis terminaciones nerviosas como unos acordes disonantes de piano.

—¡Ah!

Zeth no pierde el tiempo. Me penetra con tanta fuerza que se me llenan los ojos de lágrimas.

—¡Ah! —Grito todavía más fuerte. Zeth gruñe también, a causa del esfuerzo de las embestidas.

Me coge de las caderas un segundo y al siguiente me está tirando del pelo, echándome la cabeza hacia atrás, y cuando deja mi cuello expuesto recorre la piel sensible de mis clavículas con los dientes.

La mezcla entre placer y dolor me marea; me veo arrastrada por su arrebato febril y el fuego que hay en mi interior crepita y arde con furia.

Le clavo las uñas en la espalda y disfruto al sentir cómo se le tensan de dolor los músculos.

—Eres una chica mala —gruñe Zeth, pero no me pide que pare.

En todo caso, el dolor que le causo parece animarle.

Le agarro del pelo y le inclino la cabeza hacia atrás, igual que él ha hecho conmigo hace unos segundos, y veo la expresión de su rostro.

Está poseído, consumido por su propio deseo.

¿Todo esto es por mí? ¿Este hombre taciturno, misterioso y sexi me desea a mí? Joder. ¿Cómo es posible?

Zeth me embiste una y otra vez. Nos miramos a los ojos.

Algo… algo está pasando entre los dos. Con cada acometida, me siento más cerca de algo, algo que me arrastra igual que un barco se ve arrastrado hacia la orilla.

Zeth desliza la mano entre nuestros cuerpos y empieza a acariciarme el clítoris, aplicando una presión con la que me deja entrever un objetivo muy claro: quiere llevarme al orgasmo.

Y yo estoy preparada para ello. Quiero llegar por él.

Mientras el placer alcanza la magnitud de un huracán en mi interior, un huracán que lleva su nombre, siento que…

que quiero hacer algo que sé que es una estupidez.

Pero me inclino hacia él y lo hago de todos modos antes de que me dé tiempo a pensarlo: dejo que mis labios vayan al encuentro de los suyos.

Dejo que se estampen contra su boca mientras él me embiste contra la pared, y por un momento de dicha estoy en el cielo, con sus labios carnosos y dulces que saben a chicle y a sexo contra los míos.

Lo más divino que he experimentado nunca. Y me corro.

Echo la cabeza hacia atrás sin querer y me golpeo contra la pared justo cuando un estallido de puro fuego me enciende todo el cuerpo.

Se me nubla la vista, tanto del dolor que me provoca el golpe contra la pared como del orgasmo que se propaga como una llamarada en mi interior.

Zeth se corre al mismo tiempo y ruge, igual que hizo en su apartamento al llegar al clímax.

Me clava los dedos en la piel y sus movimientos se tornan cada vez más lentos hasta que se detienen del todo.

Respira de forma entrecortada, con la boca abierta contra mi cuello, durante unos instantes, hasta que me suelta los muslos y saca su miembro de mi interior.

Una sensación húmeda y cálida sale de mi interior, y caigo en la cuenta, horrorizada, de que no ha utilizado preservativo.

De repente la burbuja en la que estaba flotando estalla y aterrizo de nuevo en la tierra con un golpe sordo. Zeth se aparta de mí y se da la vuelta, ofreciéndome unas vistas gloriosas de su culo perfecto. Hunde las manos en su pelo. Él también se está subiendo por las paredes.

Me rodeo el cuerpo desnudo con los brazos; de repente, no me siento bien estando tan expuesta.

—No pasa nada. —Tengo que tranquilizarlo, aunque la siguiente frase que vaya a salir de mi boca sea un cliché. Todavía nerviosa, y en voz baja, añado—. Me tomaré la píldora del día después. No tienes por qué preocuparte.

Baja las manos y se gira despacio. Su rostro es una máscara de ira contenida.

—No vuelvas a hacer eso nunca. —Niega con la cabeza y me mira como si yo hubiera perdido la razón—. No me vuelvas a besar en tu puta vida.