Sangre y rosas 1 26 Sloane #2
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26 Sloane #2

Zeth asiente, examinándome con la mirada. Tiene los párpados entrecerrados, lo que le confiere un aspecto soñoliento que me parece puro pecado.

—Eres perfecta, fiera. No hace falta que resoples así. Voy a cuidar bien de ti.

Uf, madre mía. Eso no me lo esperaba. Una reprimenda sí, por supuesto.

Alguna amenaza velada pronunciada con gesto severo.

Cualquier cosa antes que un cumplido seguido de unas palabras tranquilizadoras.

Abro la boca para contestar, pero, por furiosa que me ponga, no se me ocurre qué decir.

Zeth deja la fina cuerda sobre la mesa y se quita la chaqueta despacio.

Echo un vistazo al impresionante bulto que le tensa la tela de los vaqueros, suplicando que lo dejen en libertad, y soy incapaz de contener mi reacción. Me sonrojo.

—Vaya, enfadada un minuto y remilgada al siguiente… Te veo muy confundida, Sloane. —Da un paso hacia mí y me pone las manos en las caderas. Me agarra con fuerza y maestría—. Elige una emoción. Te recomiendo «excitada». Si no estás a la par conmigo en eso, será mejor que me marche.

Desde que ha entrado por la puerta, hace media hora, no ha hecho más que avasallarme, así que no me esperaba este atisbo de compromiso por su parte.

Es una invitación a que nos encontremos a mitad del camino, un lado secreto suyo que creo que preferiría mantener oculto.

Sin embargo, la tensión que me tenía con los nervios de punta se relaja un poco al ver que alberga esa faceta en su interior, en algún lugar, aunque esté escondida.

Aunque esté enterrada bajo diez capas del cemento más duro…

Me siento envalentonada, así que se me ocurre hacer una locura.

Alargo una mano, cojo la suya y la coloco entre mis piernas.

Las pruebas de mi lujuria están ahí, para que él mismo pueda juzgarlas con las puntas de sus dedos.

Él parpadea tan rápido que me hace pensar que lo he sorprendido, pero enseguida empieza a mover los dedos y murmura con voz grave:

—Hum… Ya veo. Entendido.

Mi cuerpo está tembloroso, impaciente; quiere más. No tengo bastante con esa fricción provocadora que le está proporcionando a mi clítoris. Lo hace a propósito: me da lo justo para hacerme ansiar más.

—Siéntate en la mesa —me ordena. Yo obedezco sin rechistar—. Buena chica. Ahora abre las piernas.

También lo hago. Y entonces Zeth se arrodilla ahí, en mi cocina abierta, y empieza a deslizar la lengua perezosamente por la cara interna de mi muslo.

Deja que te diga una cosa: igual crees que sabes lo que es la excitación. Igual te has sentido capaz de suplicar, de rogar, incluso de asesinar a alguien solo por el ansia de sentirlo dentro de ti, pero hasta que no hayas vivido esto… Hasta que no hayas tenido a Zeth Mayfair de rodillas ante ti…

Levanta la vista, todavía con los ojos entrecerrados, llenos de promesas de cosas prohibidas.

—Ahora voy a hacer esto, Sloane, y luego vas a hacer tú algo por mí.

No me da la oportunidad de aceptar el trato (¿me lo está preguntando siquiera?)

. Me agarra de las caderas, tira de mí y hunde la lengua en el calor húmedo de mi coño.

Estoy muy preparada para él. Me siento totalmente abandonada a la lascivia, perdida ante la necesidad de acercarle las caderas para que pueda acceder mejor.

Y él se baña en mí; me recorre con la lengua despacio, de abajo arriba, y mueve la punta contra ese bultito cargado de electricidad.

Hasta el momento, yo había librado una batalla interna durante nuestros encuentros, una batalla que me había impedido abandonarme por completo.

Que me había impedido aceptar la situación con los brazos abiertos y disfrutarla al máximo.

Sin duda estaba relacionado con el miedo, que he de admitir que persiste.

Pero tener miedo está sobrevalorado. Ya no quiero sentirlo.

Quiero ser dueña de esto. Quiero dejar que me consuma, que acabe conmigo, que lo borre todo —el dolor, la preocupación, todo el arrepentimiento y la culpa— de mi mente.

Entierro las manos en su pelo y gimo, un sonido salvaje, carnal y desconocido.

«Ya verás qué vergüenza vas a pasar cuando reproduzcas esto en tu mente luego», me susurra mi subconsciente.

—Que te den —musito a modo de respuesta.

Como le estoy apretando las orejas con los muslos, dudo que Zeth me haya oído, gracias a Dios.

Ni siquiera conservo ya el control sobre mi cuerpo.

Es liberador cedérselo a una faceta de mí misma que no conocía.

Restriego las caderas contra la cara de Zeth y él responde con un gruñido, clavándome los dedos en la carne sin dejar de devorarme.

Cuando intenta apartarse, me resisto, porque no quiero que sus atenciones se desvíen de ese punto tan dulce…

pero entonces me pega en el muslo con tanta fuerza que me lloran los ojos.

El dolor exige una reacción inmediata: abro las piernas y jadeo; me falta el aliento.

A Zeth también; su pecho sube y baja con violencia, y tiene otra vez esa sonrisa malévola pintada en la cara.

Joder, me da igual que sea peligroso. Me daría igual que se dedicase a asesinar a gente con un hacha.

No pienso dejar que salga nunca de esta casa.

—¿Tienes hielo?

—¿Qué?

—Agua congelada —replica—. ¿Tienes?

Sacudo la cabeza, intentando aclararme las ideas.

—Eh… creo que sí.

Se endereza, se dirige al congelador, que está al otro lado de la sala, y lo abre con tanta fuerza que casi arranca la puerta. Cuando vuelve, yo sigo sentada con las piernas abiertas y apoyada sobre los codos, tratando de recuperar el aliento. Detecto un brillo travieso en su mirada.

—No te tenía por una chica aficionada a los polos… —dice.

Me da un vuelco el estómago. Oh… mierda. Tengo un millón de polos guardados en el congelador. Son de chicle, y de un color azul intenso que dentro de unos diez años los científicos revelarán que provoca cáncer. Son mi placer culpable. Y ahora Zeth se está sacando uno de detrás de la espalda.

—Ay, deberías meter eso en…

—Sé exactamente dónde lo voy a meter, Sloane. —Su expresión me indica que esto le parece mucho mejor que el cubito de hielo que tenía en mente.

—No sé cómo me hace sentir eso, Zeth.

—Ya me encargaré yo de que te haga sentir bien —responde, y asiente, como si con eso bastara para hacerme cambiar de opinión. Niego con la cabeza, pero él se arrodilla de nuevo y acerca el producto agresor a la carne tierna que he dejado expuesta ante él.

Mi cerebro me pide que cierre las piernas y huya de esa frialdad despiadada.

—¡Cabrón! —Intento patearle, pero él me coge del tobillo y frunce el ceño.

—Sloane… —Ese tono de reproche otra vez—. ¿Quieres que vaya a por la cuerda?

Me muerdo el labio inferior con fuerza. Que le den. Debería ponerme de pie y sacarlo de mi casa a patadas. Puedo aceptar que haga cosas cuestionables, aunque me cague de miedo, mientras me exciten al mismo tiempo. Pero esto es incómodo y punto. ¡Y pegajoso!

Zeth es un tipo listo. Ve en mi rostro todo lo que estoy pensando.

—Arriésgate —me recomienda, apretándome el tobillo.

Sin embargo, comprendo lo que me está diciendo en realidad.

Me está pidiendo que confíe en él, y eso lo cambia todo.

No me lo había pedido antes. He confiado en él varias veces, algo poco inteligente por mi parte, estoy segura, pero nunca me había pedido nada.

Me parece un avance, sea del tipo que sea.

No sé muy bien por qué. Simplemente… me lo parece.

—Está bien —digo.

Él asiente una vez, con firmeza y el semblante serio, lo que es ridículo porque tiene en la mano un polo de color azul fosforito.

Lo desliza por el vértice de mis muslos y observa mi reacción con gesto arrogante.

Luego se inclina y me lame, sin apartar de mí su mirada penetrante.

El cambio del frío al calor provoca el descontrol de mis músculos.

—¡Joder!

Repite la misma serie de movimientos. Frío y luego calor. Frío y luego calor. El placer se apodera de mí una y otra vez, sin darme tregua. Al final, el frío me resulta tan placentero como el calor y mis caderas vuelven a mecerse por voluntad propia.

—Tienes la lengua azul —gimo.

Él me mira enarcando una ceja.

—Y tú el coño.

Desliza el polo congelado hacia abajo y se detiene ante mi abertura.

Sé lo que va a hacer, y no quiero. No quiero bajo ningún concepto. Pero es demasiado tarde. Me penetra y, al ver que intento apartarme, me amenaza con un gruñido de advertencia.

Es la cosa más fría del puto mundo… hasta que deja de serlo.

Enseguida se transforma en calor; es una sensación de lo más extraña, un calor que me escuece y me arde y que —odio admitirlo— me gusta.

Ahogo un grito cuando me lo saca despacio…

y entonces hace una cosa que me cortocircuita el cerebro: se lo mete en la boca y suelta un gemido de aprobación que le nace en el pecho.

Lo rodea con los labios carnosos y chupa.

No me había sentido tan celosa de un polo en toda mi vida.

—Mmm… Chicle y Sloane. La mejor combinación —dice con voz ronca.

Por el amor de… No puedo pensar con claridad.

Zeth contempla mi cuerpo como un depredador hambriento, con fuego en los ojos.

Yo me aparto hasta que me quedo tumbada sobre la mesa y él está a cuatro patas encima de mí.

Lleva el polo de su boca a la mía y lo frota por mis labios hasta que la abro, para meterlo dentro.

Tiene un sabor dulce y azucarado, una explosión de un sabor químico y delicioso.

Luego lo reclama de nuevo para sí y lo chupa, lo saborea como si así pudiera saborear también mi boca.

Lo deja sobre la mesa, al lado de mi cabeza, y me contempla unos instantes con la respiración jadeante y entrecortada.

—Ha llegado la hora de la cuerda, fiera.

Me había olvidado de la cuerda, que está enrollada como una serpiente en algún lugar de mi campo de visión, como un peligro inminente al que estaba tratando de no provocar.

¿Me da miedo? Por supuesto que sí. Pero eso de dejarme llevar por el miedo se acabó.

Zeth la coge y yo me preparo para la acometida del pánico.

Esta vez no será como la anterior, cuando me ató a la cama.

Esta vez me atará las manos detrás de la espalda, los tobillos, tal vez.

¿Quién sabe? Igual me ata las cuatro extremidades juntas.

Las gotas de sudor por los nervios me humedecen la piel, y Zeth vacila. Se detiene.

¿Por qué se detiene?