Sangre y rosas 1 26 Sloane
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26 Sloane

Tres semanas antes

Apenas puedo respirar. Apenas puedo mantener las piernas rectas. Apenas puedo concentrarme en lo que me rodea, porque Zeth sigue susurrándome con voz ronca al oído.

—Pues más vale que empieces a hablar.

Tengo el móvil sujeto entre el hombro y la oreja, y al otro lado de la línea Pippa sigue parloteando, totalmente ajena a que un hombre peligroso, insoportablemente sexi e insoportablemente cruel ha introducido dos dedos dentro de mí.

Acaricia mi clítoris con el pulgar y sonríe con una expresión oscura y de placer que provoca un temblor en todo mi cuerpo.

—Hola, Pippa. Yo… tengo que pedirte un favor.

—¿Un favor para mi chica preferida? Pues claro, cariño. Dispara.

Zeth me saca los dedos y me los restriega en el coño. Sonríe al ver cómo me retuerzo.

—Necesito que veas a alguien por mí.

—¿Un paciente?

—O sea, alguien que quiere hacerte unas preguntas antes de que veas… ¡ah…!, al paciente.

—¿Estás bien, Sloane? Parece que estés intentando hacer yoga otra vez y volviendo a fracasar.

Zeth aprieta con suavidad el bultito lleno de terminaciones nerviosas en el vértice de mis muslos al tiempo que esboza una sonrisa cruel.

Cambia de mano; empieza a acariciarme con la izquierda y se lleva la derecha a la boca.

Mientras me atraviesa con la mirada, se mete los dedos despacio y los chupa hasta dejarlos limpios.

Me inunda la vergüenza, seguida de inmediato por un aumento de deseo que me coge por sorpresa.

En cada experiencia que he vivido con este hombre, si no me ha hecho sexo oral, me ha saboreado de algún modo.

Siendo yo una persona bastante introvertida, no concibo que haya alguien que disfrute de mi sabor, pero Zeth es adicto a él, eso salta a la vista.

Se inclina hacia mí, apretujando su pecho contra el mío, y el corazón me late desbocado. Me va a besar. Esta vez me va a besar…

Pero en el último momento ladea la cabeza, como si se hubiese descubierto a sí mismo a punto de cometer una estupidez, y me mordisquea la mandíbula con los dientes.

—¿Sloane? ¿Sloane, quieres que te llame yo luego?

—Esto… igual… igual sí.

Zeth me agarra un pecho por encima de la camiseta y me lo retuerce hasta hacerme daño. Niega con la cabeza y hace un ruidito de desaprobación.

—No seas una chica mala —susurra.

De repente, me invade una imperiosa necesidad de complacerle.

—Solo necesito que conozcas a un hombre, Pip. Quiere hacerte unas preguntas antes de mandar a su amiga a verte. ¿Te parece bien?

Zeth asiente con gesto aprobador mientras me observa retorcerme bajo sus caricias, igual que un gato hambriento acecharía a un ratón justo antes de abalanzarse sobre él. Pippa se queda en silencio. Incluso deja de respirar. Me la puedo imaginar sentada en su escritorio, con el ceño fruncido.

—Sloane, por favor, dime que no va a ser necesario que tenga esa conversación contigo.

—¿Qué conversación?

Zeth se aparta y, sin dejar de observarme, retrocede hasta la isla de la cocina.

Lleva una mano hacia atrás, casi sin mirar para ver dónde está lo que busca, y entonces se me hace un nudo en la garganta porque coge un mango negro…

, el que pertenece al cuchillo de sierra clavado en el bloque de madera que tengo sobre la encimera de mármol.

Mi corazón deja de latir durante el largo segundo que tarda en sacar la hoja, siempre observándome, sin despegar su mirada de mí.

—La conversación que te dije que iba a obviar el día que estuvimos en la cafetería. La referente a tomar decisiones inteligentes. No te estarás refiriendo a ese tío, ¿verdad? Me prometiste que no volverías a verlo, Sloane. Es peligroso.

Sí, es peligroso. Ahora mismo se me está acercando con un cuchillo afilado en la mano y parece peligroso de cojones.

Me presiono contra la pared y me aprieto el móvil contra la oreja.

Sé que puede oír lo que Pippa está diciendo al otro lado de la línea, y su comentario parece haberlo provocado.

No quiero ni pensar cuál va a ser su reacción.

—Te equivocas —respondo en voz baja. Él, que sigue aproximándose a una velocidad tortuosa, vacila unos instantes.

Con la cabeza inclinada muy ligeramente hacia un lado, me observa con los ojos entornados—.

Solo está cuidando de su amiga. ¿Por qué otra razón querría hacer esto?

No puede ser tan malo si se preocupa tanto por ella, ¿no?

—Que se preocupe por alguien no significa que no sea capaz de arrancarte la piel a tiras y descuartizarte. Estás siendo muy ingenua con este tío.

—No —susurro. Ahora está más cerca, justo delante de mí. Me coge del borde de la camiseta y tira cuidadosamente con los dedos—. Solo… he optado por tener esperanza.

—Qué ingenua —dice Zeth solo moviendo los labios mientras niega con la cabeza.

Yo trago saliva para contener el pánico que se está abriendo paso por mi garganta y luego respiro hondo.

«Todo irá bien. Todo irá bien». Alguien más listo que yo le diría a Pippa que ahora mismo tengo a Zeth Mayfair delante y que me está amenazando con un cuchillo, pero hay algo que me detiene.

—En fin —dice Pippa—. De verdad espero que no estés dejando que sea tu vagina y no tu cabeza la que tome las decisiones. Si conozco a este tío y está buenísimo, llegaré a la conclusión de que has perdido la razón.

—No te preocupes, Pip —contesto mientras Zeth acerca el borde afilado del cuchillo a la camiseta. Apenas roza la tela con el metal, pero esta se desgarra con la misma facilidad que el papel mojado—. Es feísimo —añado. Él reacciona enarcando una ceja oscura. «Y una mierda».

—Estás jugando con fuego —me advierte, pero no creo que Pippa lo oiga. Habla en voz tan baja y tan teñida de deseo que ni siquiera yo estoy segura de haberlo oído. Sin embargo, la he sentido hasta en los huesos. Es una voz que me marca, que me carga de electricidad.

—Puedo verlo mañana. Tengo media hora libre a las dos de la tarde. Si llega tarde o no aparece, se acabó. No me fío, Sloane, y creo que estás loca solo por seguir en contacto con él. En tu lugar, yo dejaría de hablar con él y saldría por patas.

Zeth me ha partido la camiseta en dos con una línea recta. Suelta el cuchillo sobre la encimera y abre la tela rota, dejando mis pechos desnudos al aire. Me devora con la mirada, prendiéndole fuego hasta el último centímetro de mi cuerpo.

—Tu amiga no me cae bien —gruñe, y entonces baja la cabeza y empieza a lamerme el pezón, metiéndose la carne dura en la boca caliente. Mis piernas quieren ceder, pero él me sostiene en pie aguantándome con su cuerpo firme.

—A las dos en punto. Entendido. Le pasaré el mensaje.

—Me preocupa más que el mensaje lo entiendas tú, Sloane. ¿Me estás escuchando?

—¡Sí! Sí… eh… sí, lo juro. —Esto no está yendo nada bien.

Zeth parece decidido a dejarme en evidencia.

Vuelve a meterme la mano en los vaqueros y a jugar con mi piel sensible, haciéndome temblar, mientras con la otra mano me toca el pecho.

Me pellizca el otro pezón tan fuerte que me entran ganas de darle un bofetón.

—Pues quedamos así. Mañana. Igual deberías venir tú también. No sé si quiero estar a solas con él.

—Haré… haré lo que pueda.

Pippa cuelga. Está cabreada conmigo. Sabía que se cabrearía, pero, por alguna extraña razón, soy incapaz de negarle nada a este hombre.

Y tengo la impresión de que es una habilidad que me convendría aprender cuanto antes; de lo contrario, solo Dios sabe con qué clase de situaciones chungas me voy a encontrar.

—¿Preparada? —me pregunta, y me echo a temblar de pies a cabeza. Este es un momento perfecto para poner a prueba esa palabra: «no». Solo son dos letras. Puedo pronunciarla. Me paso el día diciéndosela a otras personas.

Oye, Sloane, ¿te vas a comer eso?

«No».

¿Qué? ¿No te acordabas de que hoy es tu cumpleaños?

«No».

¿Puedes firmarme la hoja que ratifica que he hecho las rondas esta mañana? Ya sé que he llegado tarde, pero…

«No».

Y, sin embargo, cuando a quien tengo a diez centímetros de mí es a este hombre, la cosa cambia de forma radical.

—Sí —contesto—. Preparada.

Me derrito por dentro cuando me dedica una sonrisa salvaje.

—Pues espera aquí.

Sale de la cocina, momento en que mi sentido común vuelve a hacer acto de presencia con gran estrépito para echarme la bronca.

—Estúpida, estúpida, estúpida…

Dejo el teléfono y me sirvo un vaso de agua que me bebo de un solo trago. Mira que es extraño que Zeth pueda hacer que una parte de mí se humedezca y otra se seque hasta estos extremos. ¿Habrá existido en este mundo algo más incoherente que mi cuerpo en estos momentos?

Lo oigo volver a entrar en casa y me aferro al fregadero. Cierro los ojos y respiro hondo, saboreando el aire. Lo necesito. Necesito el oxígeno.

—Sloane. —Mi nombre suena a reprimenda en sus labios, como si estuviera riñendo a un perro que pretendía mearse en la alfombra. Cuando me vuelvo, veo que en la mano tiene algo que hace que me entren ganas de salir corriendo despavorida.

La bolsa negra.

Zeth la deja sobre mi mesa, la abre y saca una cuerda enrollada.

—¿Te vas a quitar lo que te queda de ropa o tengo que quitártela yo?

—pregunta. Con cualquier otra persona, lo más probable es que escogiera la segunda opción.

Que alguien te quite la ropa de forma pausada y seductora debe de ser increíble, pero no creo que Zeth me lo esté preguntando de verdad.

Creo que lo que en realidad me está preguntando es si voy a portarme bien.

Todavía no he descubierto lo que ocurre si no lo hago.

Hago acopio de cada pedacito de coraje que poseo y me acerco a la mesa de la cocina.

Me pongo justo delante de él, lo suficiente para que pueda captar el «que te follen» en mis ojos.

Actúo así porque, aunque no puedo negar que soy adicta a las cosas que me hace este hombre, eso no quiere decir que tenga que sentirme agradecida.

Lo miro a los ojos y me niego a apartar la vista mientras me bajo los vaqueros.

Una vez me los he terminado de quitar, me despojo también de las bragas y tiro las prendas al suelo como si desnudarme ante él no tuviera ninguna importancia.

Como si mi corazón no estuviera latiendo a cien por hora.