Sangre y rosas 1 25 Zeth
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25 Zeth

—Abre la boca.

—¡No!

—¡Que la abras, hostia!

Anton Merrin, que está sudado y con las manos esposadas a la espalda, me mira y parpadea.

El terror que debería desprenderse de él es para mí como una droga, una a la que amo y odio ser adicto, y, sin embargo, Anton solo demuestra sentir un miedo que no pasaría de un cinco en una escala sobre diez, lo que me tiene bastante cabreado.

Me está jodiendo el subidón. Le atizo en la frente con la culata de mi Desert Eagle (cuyo propietario anterior falleció recientemente) y un río de sangre corre por su rostro.

El hijo de puta desafiante hace una mueca de dolor, pero aprieta los dientes.

No va a suplicar. No va a arrastrarse ni a negociar.

Anton es de la vieja escuela. Sabe que hay muchas probabilidades de que su muerte sea inevitable, y está decidido a no irse de este mundo cagándose en los pantalones. Supongo que eso lo respeto.

Me agacho para que nuestros ojos queden a la misma altura.

Por encima de nosotros, una bombilla desnuda se mece de delante atrás, arrojando sombras primero sobre él y luego sobre mí.

A ambos nos acecha el mismo abismo desde detrás de nuestros iris.

Me reconozco en él. Me pregunto si a él también le gustará hacer daño a la gente. Pues claro que le gusta, joder.

—¿Dónde está?

—No me vas a sacar una mierda, cabrón. —Me escupe sangre y me salpica en la parte delantera de la chaqueta, por encima de la camiseta.

Sloane cree que visto de negro porque soy una especie de criatura de la noche, una especie de aparición propia de una pesadilla.

En realidad, la razón es mucho más práctica: el negro disimula la sangre.

Echo un vistazo a mi ropa, dándole vueltas a lo que ha hecho Anton, y pienso en cuál sería el castigo más adecuado.

Se me ocurre bastante rápido: es un truquito que aprendí en la cárcel.

Me yergo y me vuelvo, mirando a mi alrededor a la habitación vacía, tomándome mi tiempo.

Las paredes son de hormigón. Lo bastante gruesas para que no se oigan los gritos de un hombre adulto.

Pegada a la pared del otro extremo de la habitación hay una mesa de madera desvencijada.

Me dirijo hacia ella con una sonrisa; ya sé lo que voy a sacar de la bolsa negra que he dejado encima.

—¡Eh, cabrón! ¡A mí no me des la espalda!

Me detengo y sonrío en la oscuridad. Dejo que, por un segundo, Anton piense que voy a reaccionar a su fanfarronería y luego continúo mi lento camino hacia la bolsa y abro la cremallera.

Dentro tengo tal cantidad de utensilios distintos que tardo unos instantes en encontrar el que estoy buscando, pero al final lo veo: una cajita negra, de unos ocho centímetros cuadrados y dos y medio de profundidad.

—No me vas a sacar nada. —Anton carraspea y vuelve a escupir—. Matón de mierda…

Me acerco de nuevo a Anton con cuidado de mantener una expresión imperturbable.

—¿Tienes que decir siempre lo más obvio?

—le pregunto, acariciando la cajita para asegurarme de que la vea.

Anton, que está de rodillas, la mira de reojo y aprieta los dientes.

«No voy a dejar que vea mi miedo. No voy a dejar que vea mi miedo».

Pero yo ya estoy dentro de su mente. Ya veo su miedo.

Simplemente, no tiene el mismo aspecto que el de los demás.

Está ensombrecido y manchado, como el resto de él.

—¿De qué coño hablas?

—«Matón de mierda». —Repito sus palabras mientras me agacho—.

Cuando llegué al complejo, mientras estabas montando guardia en la puerta, me dijiste lo mismo.

Ya sé lo que soy, Anton. ¿Crees que me vas a ofender por llamarme así?

¿Crees que vas a conseguir provocar alguna reacción en mí solo por darme a entender que tengo un rango bajo en la organización de Charlie Holsan?

—A mí me la pela cuál sea tu rango entre los hombres de Charlie, hijo de puta. El caso es que estás por debajo de mí.

Reflexiono sobre eso. Mientras lo hago, abro la tapa de la cajita lo justo para que él atisbe el metal brillante que hay en su interior. Luego la cierro.

—La familia de Charlie está organizada de un modo un poco distinto al de las demás.

Sí, me utiliza para hacer el trabajo sucio.

Pero no hay nadie por encima de mí, Anton.

Estoy lo más alto que se puede estar entre los hombres de Holsan.

Si tú fueras uno de los suyos, no servirías ni para limpiarme las putas botas, así que ni hablemos de mirarme a los ojos.

—Pero no me está escuchando. Está mirando la caja fijamente.

Bien. La sacudo de un lado a otro mientras me rasco la barba incipiente con la otra mano—.

Aunque ahora mismo lo que nos trae aquí no es para quién trabajamos, ni quién de los dos es más importante.

Olvidémonos de Jake y de Charlie. Ahora mismo lo que quiero es que hablemos sobre esta caja.

—La sostengo a unos diez centímetros de su rostro, tan cerca que tiene que echar la cabeza hacia atrás para verla bien—. ¿Qué puedes decirme sobre esta caja?

Anton me contempla como si me hubiera vuelto loco. Poco a poco, vuelve a echar la cabeza hacia delante y me mira con los ojos muy abiertos.

—Me importa una mierda tu puta caja.

«Oh, Anton. Te va a crecer la nariz».

—Bien, si tú lo dices… De todos modos, supongo que solo estamos perdiendo el tiempo.

Es negra, es pequeña… lo que sea. Lo más importante sobre esta caja —digo, sacudiéndola otra vez— es que ahora mismo está cerrada.

Y dentro hay una cosa que yo quiero. Igual que tú.

Tú tienes dentro algo que yo quiero, Anton.

E, igual que voy a hacer con esta caja, te voy a abrir y voy a meter la mano para sacarla.

Esta vez levanto completamente la tapa, lo suficiente para que vea lo que contiene, y saco de dentro una fina pieza de metal. Un clip. Anton pone los ojos como platos.

—Estás mal de la puta cabeza, tío. Todo el mundo lo sabe.

Cierro la caja de nuevo y me la guardo en el bolsillo de la chaqueta. Luego alzo el clip que he sacado para que vea lo que hago.

—No estoy mal de la cabeza. Los locos no son racionales.

Y yo soy muy racional. Y la situación en la que te encuentras ahora mismo también es muy racional.

Si me dices donde está mi colega, no te meteré este pedacito de metal debajo de la uña.

Y tampoco tendré que ir sacando más clips para metértelos en los otros dedos hasta que me lo digas. ¿Crees que suena lo bastante lógico?

Anton parece un poco perdido, como si estuviera anticipándose al dolor y ya se hubiera visto a sí mismo desmoronándose.

—Que te den, tío. Esto va de lealtad.

—Esto no va de lealtad. Eso no existe.

—Y una mierda. Si no existiera, no estarías aquí amenazándome. Tú eres leal a ese hijo de puta inglés y yo soy leal a los Talons.

Niego con la cabeza y hago un ruidito de desaprobación.

—Lealtad es sinónimo de estupidez, Anton. Los perros son leales. Si le das una patada a un perro fiel, se acobardará a tus pies mientras sueña con volver a ganarse tu favor. Si me das una patada a mí, te arrancaré la puta mano de un mordisco.

Titubea.

—¿No estás aquí para proteger a Charlie?

Acerco mi cara a la suya y le enseño los dientes.

—Estoy aquí para protegerme a mí mismo. Y si eres listo, tú empezarás a hacer lo mismo.