Sangre y rosas 1 24 Sloane
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24 Sloane

La llamada a la puerta se oye por encima de la música, aunque la tengo a todo volumen. No tengo vecinos, no en tres o cuatro kilómetros, así que no he de preocuparme de que alguien se queje por el ruido.

PUM, PUM, PUM.

La serie de golpes hace temblar los cristales de las ventanas que dan a la ciudad, que asoma en la distancia. Dejo de doblar la ropa limpia. Otra vez: «pum, pum, pum». Sea quien sea, está empezando a cabrearse.

Pienso de inmediato en lo peor: es él. Pero entonces recuerdo que Zeth tiene llave.

Si fuera él, entraría sin más. ¿Por qué coño habré accedido a eso?

Recorro el pasillo en calcetines y cojo el bate de béisbol que tengo siempre apoyado contra la pared detrás de la puerta principal, por si acaso.

Echo un vistazo por la mirilla y el estómago me da un vuelco.

Puede que tenga la llave, pero, por alguna razón, Zeth está aporreando mi puerta a las diez de la mañana de mi único día libre de esta semana. Y aunque el cristal de la mirilla le deforma el rostro, salta a la vista que está furioso.

—Sloane, si abro la puerta y descubro que estás ahí dentro, las cosas se van a poner un poco incómodas. —Habla en tono despreocupado, como si supiera que lo observo desde el otro lado de la puerta. De repente mira directamente el cristal y enarca una ceja.

Mierda.

Abro la puerta y lo saludo con una mirada asesina.

—¿Qué haces aquí? ¿No podrías haberme mandado un mensaje? —Veo que frunce un poco la comisura de la boca y me doy cuenta de que está intentando contener una sonrisa. Echa un vistazo al bate de béisbol que tengo en la mano.

—Podría. Pero no lo he hecho.

—Pues deberías.

—Quería ver dónde vivías. —Me dedica una sonrisa cómplice y comprendo perfectamente lo que significa.

Ya sabía dónde vivía. Está tan bueno que no parece ni de verdad, con esa camiseta negra ajustada, una chupa de cuero y unos vaqueros que se le ciñen al cuerpo en las partes adecuadas.

Pelo oscuro, ojos oscuros y ropa oscura.

Estoy casi sorprendida de verlo a la luz del día.

—Si no te invito a pasar, ¿te quedarás bloqueado en el umbral de la puerta? —Estoy bastante orgullosa de esa ocurrencia. Zeth enarca la ceja otra vez y entra en casa.

—Supongo que piensas que parezco recién salido de una película de terror, ¿verdad?

—Bueno, esto no es precisamente un cuento de hadas, ¿no?

—Podría serlo. Si tú quisieras.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién se supone que eres? ¿Mi Príncipe Azul?

Él se ríe por la nariz.

—No, boba. Soy el lobo feroz. —Mira a su alrededor con una curiosidad que no atenúa en absoluto el aire de depredador que desprende.

En cualquier caso, parece que esté buscando las salidas, documentando todas las posibles vías de escape.

No para sí mismo, por supuesto. Para mí.

Como si se estuviera preguntando en qué dirección saldré corriendo.

—¿Qué haces aquí, Zeth?

—Ya te lo he dicho. Quería ver dónde vivías.

—No, no es eso.

—Ah, ¿no? ¿Tan bien me conoces ya? —Coge una foto enmarcada y observa con atención la imagen, en la que aparecemos Alexis y yo en un campamento de verano.

Somos como dos gotas de agua, las dos sonrientes, las dos con brackets.

Zeth no debería estar aquí. No debería estar toqueteando mis pertenencias, haciendo cosas mundanas como hojear el correo sin abrir que está sobre la encimera de la cocina.

—Oye, ¿te importa? —protesto.

—¿Vives aquí sola?

—Sí.

—Bien. —Sigue explorando mi casa. Sale de la cocina y se dirige al salón. Está bastante vacío; solo hay un par de estanterías, el viejo sofá de cuero y una pequeña televisión de pantalla plana que no veo nunca. Detiene la mirada sobre la guitarra, que está apoyada en la pared, en una esquina.

—¿Tocas? —le pregunto.

—No. —Se vuelve hacia mí, prestándome al fin toda su atención.

—¿Has terminado ya de husmear?

—La única habitación que me interesa husmear es tu dormitorio, Sloane. Ahora mismo solo estoy tratando de cerciorarme de que tu casa es segura. Y lo es.

—Ya lo sé. Me gasté miles de dólares en garantizar que estuviese bien protegida contra intrusos cuando me mudé. Y ahora, si no te importa, tengo tareas domésticas de las que ocuparme.

Zeth esboza una sonrisilla, como si imaginarme haciendo tareas domésticas fuese lo más divertido del mundo.

—Esa amiga tuya, la doctora… —dice—. Quiero conocerla.

—¿Qué?

—Que quiero conocerla.

—¿Por qué?

—Para que pueda descubrir de qué pie cojea y ver si puede ayudar a Lacey.

¿Ayudar a «Lacey»? Tardo unos instantes en entenderlo. ¿Está buscando ayuda para su amiga? En el hospital, la chica estaba cerrada en banda, pero, aun así, le hice la oferta. Planté una semilla y albergué esperanzas.

—Mi amiga se llama Pippa. ¿Y por qué narices tendría yo que ayudarte?

Zeth esboza una sonrisa de medio lado, insolente y peligrosa.

—Pippa, ¿eh? —Es como si se estuviera divirtiendo con algún chiste secreto.

Camina despacio por el salón; de repente, en su rostro solo hay peligro y destrucción.

Me siento como si me estuvieran dando caza.

Retrocedo a medida que él se acerca, pero la maldita pared me detiene al tercer paso.

Zeth se inclina hacia mí y me acaricia la línea de la mandíbula con la punta de la nariz al tiempo que inhala con fuerza, aspirando mi olor—.

Me vas a ayudar por cuatro razones. —Me pone las manos sobre las caderas.

Se toma su tiempo, hasta que mete la mano en el bolsillo de mis vaqueros y saca mi móvil.

Me está tocando, y estamos en pleno día—.

La primera —dice, apartando la vista de mí para mirar mi teléfono—: vas a llamar a Pippa porque yo te lo he pedido.

De ahora en adelante, esa es la única razón que vas a necesitar.

—Empieza a tocar los botones y luego desliza el dedo por la pantalla con el ceño fruncido—.

La segunda: vas a llamar a Pippa porque eres médica, y está en tu naturaleza querer ayudar a Lacey.

Pulsa el botón de llamada en mi móvil y me lo tiende.

Yo lo cojo, aturdida por su olor, que me embriaga, y porque comprendo que soy incapaz de negarme a sus demandas.

Es demasiado autoritario, demasiado poderoso, demasiado seguro de sí mismo.

No hay esperanza para mí, no voy a poder negarme a nada de lo que me pida. El móvil empieza a dar tono.

—La tercera —prosigue—: harás lo que yo te pida porque he cambiado de opinión.

Te voy a ayudar a encontrar a Alexis. —Me pone un dedo en los labios para impedir que diga nada, ni un «gracias» ni un «ya era hora, joder».

Nada—. Y la cuarta… —Se muerde el labio inferior, tirando de él con los dientes, y basta ese gesto para arruinar la posibilidad de que me importe cualquier otro hombre que haya sobre la faz de la tierra.

Se inclina de nuevo hacia mí y presiona los labios contra mi oreja mientras desliza la mano por dentro de mis vaqueros.

Empiezo a temblar—. La cuarta, Sloane, es que voy a hacer que te corras.

Y vas a estar muy muy agradecida. —Abre mi carne con el dedo índice y el dedo corazón, separando mis labios, y encuentra mi clítoris de inmediato. Ahogo un grito—. ¿Estás preparada?

No hay un solo músculo en mi cuerpo que no se tense.

Una chispa perversa destella en sus ojos; me desafía a que le rechace.

Pero no lo hago. No puedo. Desliza los dedos hacia delante con un gruñido y me penetra con ellos sin dejar de mirarme a los ojos.

Cojo aire con fuerza, luchando contra el impulso de poner los ojos en blanco por el placer.

—¿Sloane? ¿Sloane? ¿Estás ahí?

No me había dado cuenta de que el móvil había dejado de dar tono.

—¡Mierda!

—Vaya, hola a ti también… —A Pipa le hace cierta gracia mi saludo.

Cuando me penetra aún más fuerte con los dedos, Zeth me parece lo más malvado que puede parecer un hombre.

—¿Quieres que pare? —susurra. Yo niego con la cabeza—. Pues más vale que empieces a hablar.

Una oleada de placer hace que me tiemble todo el cuerpo. No puedo seguir así. Cierro los ojos. Este hombre va a acabar conmigo.

—Hola, Pippa. Yo… Tengo que pedirte un favor.