23 Zeth
—¡Zeth! ¡Zeth! ¡Despierta! —Algo duro me golpea en las costillas.
Hago una mueca y me aparto de lo que me golpea.
En solo dos segundos, salto de la cama, agarro a quienquiera que me estuviera tocando y alzo el puño, preparado para golpearlo.
Consigo detenerme en el último momento, porque la persona lo bastante estúpida como para entrar en mi habitación y atizarme mientras estoy durmiendo no es en absoluto una persona.
Es el mango de una escoba. Hostia puta. Me he hecho daño en las rodillas al bajar corriendo de la cama y ahora me están matando.
El corazón me late como un caballo desbocado.
«No es él. No es él. Estás bien. Respira».
Parpadeo mirando el mango de la escoba y trato de detener las alarmas que se han disparado en mi mente, que me ordenan a gritos que ataque.
—Zeth.
La voz es firme. Serena. Levanto la vista de la madera de color claro a mis pies y descubro a Lacey en la puerta, con su viejo albornoz rosa ajustado al cuerpo. Está hecho jirones, pero se niega a tirarlo.
Debe de haber pasado algo. Sabe que no debe molestarme si estoy en mi habitación con la puerta cerrada.
Y es lista. Me ha tocado desde cierta distancia en lugar de acercarse a la cama.
Es poco digno, sin duda, pero prefiero perder un poco de dignidad porque me den golpecitos con un palo a hacerle daño.
Ah, estoy desnudo, joder. Estupendo. Me pongo recto, abandonando la postura defensiva, y dirijo a Lacey una mirada interrogante.
—¿Qué pasa?
Ella ni se inmuta al verme vestido con nada más que mi propia piel.
Pero claro, tampoco se inmuta al verme atacar a la gente en sueños.
Los dos sabemos que es mejor que no nos hagamos preguntas, que no nos pongamos a escarbar en lugares donde no somos bienvenidos.
Lo comprende. Ella tiene su propia mierda, y yo, sin ninguna duda, tengo la mía.
—No puedo dormir. No me encuentro muy bien —susurra Lace—. ¿Tenemos analgésicos?
Cuando tu compañera de piso decide suicidarse, hay ciertas precauciones que tomas antes de que vuelva a casa.
¿Tienes codeína en el botiquín? ¿Acetaminofén?
¿Cuchillos en la cocina? ¿Lejía debajo del fregadero?
Pues yo no. Ya no. Ni de coña. Al menos, hasta que esté seguro de que Lacey se ha recuperado.
Me dirijo descalzo a la mesita de noche y cojo la caja de paracetamol que guardo para aliviar un poco las resacas. A veces son espantosas. Saco dos pastillas del blíster y se las doy a Lacey, que pone los ojos en blanco.
—Madre mía, Zee, eres un idiota.
—Tú sí que eres una idiota. —La fulmino con la mirada.
Sabe que no la he perdonado por lo que hizo, pero tampoco me ha pedido disculpas.
Y nunca lo hará. Moriré esperando a que eso ocurra.
Supongo que una parte de ella está esperando que se las pida yo, que le diga: «Lo siento, Lace. Siento haberte arrastrado al hospital otra vez, desagradecida. Siento haberte salvado la vida».
Pero ¿sabes qué? Que la follen. Se está comportando como una zorra egoísta. La observo mientras se echa las pastillas a la boca y se las traga en seco. Y entonces cruzo la línea.
—¿Por qué, Lace?
Obvia la parte en la que finge no entender lo que le estoy preguntando. Los médicos del hospital, todos y cada uno de ellos, deben de haberle hecho la misma pregunta. Se coloca la melena alborotada detrás de la oreja y se tira del puño del albornoz. He roto el acuerdo tácito que había entre los dos.
Pero lo sabe. Sabe que no puede eludir mi pregunta. Sabe que debe contestarme algo, ya sea toda la verdad o solo la verdad a medias. Frunce el ceño; la ira destella en su mirada.
—¿Sabes cuando te despiertas en mitad de la noche y el corazón te va a cien por hora?
¿Cuando el sueño parece tan real que todavía tienes la carne de gallina?
¿Cuando todavía lo oyes todo y te pitan los oídos?
¿Cuando tienes demasiado miedo para cerrar los ojos porque no quieres volver a ese lugar nunca más?
La observo con atención, quieto como una estatua. Vivo eso mismo que describe todas las noches, pero no pienso admitirlo. No, ni de coña. Jamás volveré a admitir que siento miedo.
Lacey acepta mi silencio.
—Pues yo ya no siento eso, Zeth. Sueño… y me despierto y no…
Ya no tengo miedo. Lo he aceptado. Mi cuerpo lo ha aceptado.
Hay algo en mí que no funciona bien. Que no funciona nada bien —susurra.
Comprendo demasiado bien el horror que veo en su mirada.
Fuera lo que fuera lo que le ocurrió, en algún punto del camino su cuerpo cometió el acto de traición más perverso de todos: empezó a disfrutarlo—.
Últimamente, morir es lo único que me asusta —admite en voz baja—.
Y necesito sentir miedo. Necesito no sentirme…
como me siento. Preferiría estar muerta.
Es una chica perdida en su albornoz hecho jirones, con su melena despeinada y sus ojos azules colmados de miedo. Asiento y aparto la vista.
—¿Qué necesitas? —No puedo abrazarla. No puedo estrecharla entre mis brazos. Hay cosas que puedo hacer y cosas que no. Cosas que no estoy dispuesto a hacer.
—Nada —responde—. Ya has hecho suficiente. —Deja la mirada perdida, clavada en mi pecho—. Esa médica… quería que fuese a ver a una amiga suya. Me dijo que me ayudaría.
—¿Y qué le contestaste?
—Le dije la verdad. Que no servirá de nada.
Que no se puede arreglar algo que está tan roto.
No soy humana, Zeth. Soy como una de esas estatuas que quedaron en Pompeya.
Mi forma, la silueta de la persona que solía ser, sigue estando ahí, pero…
el resto de mí ya no está y jamás lo recuperaré.
Lo único que puedo ser en esta vida es cenizas y piedra.