22 Sloane
—¿Doctora Romera? ¿Sloane? Eh, Sloane.
Sacudo la cabeza para que los engranajes de mi cerebro empiecen a funcionar.
Mikey, el residente novato, está delante de mí, retorciéndose las manos.
El terror que experimentan todos los novatos es intenso e implacable, y Mikey sigue siendo presa de sus garras.
Me mira y parpadea, y entonces me doy cuenta de que me ha preguntado algo.
—¿Qué pasa, Mikey? ¿Has matado a alguno de mis pacientes? —No debería gastar ese tipo de bromas. Al fin y al cabo, es una posibilidad real. Además, Mikey se ha puesto de un color verde un poco raro, lo que no ayuda a calmar mis repentinas sospechas.
—Yo… Hay un hombre esperándote en la recepción. Lleva treinta minutos ahí. Las enfermeras le han dicho que no te iban a llamar si no era una emergencia, y si no era de tu familia. Y entonces Gracie ha dicho que no te iba a llamar porque cree que le ha mentido cuando ha dicho que es tu hermano.
Me río por la nariz al imaginar a Zeth haciéndose pasar por mi hermano.
—¿Y cómo sabe Gracie que era mentira?
Mikey se vuelve hacia el pasillo, vacilante. Se muere de ganas de salir pitando de aquí.
—Más que nada porque él es negro y tú no.
¿Negro? Dejo la taza de café sobre la mesa; de repente, Mikey tiene mi atención al cien por cien. Sigue toqueteándose las manos, inquieto. Me está poniendo de los nervios.
—El hombre le ha contestado que debería pensárselo mejor y reconsiderar lo que acababa de decir.
Ha dicho que era perfectamente posible que fuese tu hermano, y luego me ha dicho a mí que si no volvía contigo en diez minutos, le prendería fuego a mi coche.
Sloane, ¿crees que…? ¿Hay alguna posibilidad de que puedas…
? —Hace una mueca y señala hacia atrás con el pulgar.
En fin, el tipo que me está esperando no será Zeth, pero si está amenazando con prenderle fuego a un coche, no me cabe duda de que tiene algo que ver con él.
Suelto un gemido y me pongo de pie. Qué horror.
Mikey vuelve corriendo a recepción, no sin hacer una pausa de camino para comprobar que realmente le estoy siguiendo.
Cuando llegamos, Gracie lo fulmina con la mirada, con una expresión de total desaprobación.
No le ha hecho caso. A decir verdad, debería haber optado por despedirse de su coche.
Gracie es la dueña y señora de este mundo.
Mikey acaba de ser condenado a años de tortura y dolor.
En la sala de espera, en una silla de color rojo, espera pacientemente Michael, el portero de anoche, con las manos juntas sobre las piernas.
Cuando me ve, sus ojos azules como el hielo cobran vida.
Se pone de pie y se acerca a mí, vestido con un precioso traje gris —tiene que ser de marca, seguro— que combina a la perfección con su piel marrón claro.
—Doctora Romera. —Inclina la cabeza en un gesto educado—. El señor Mayfair me ha dicho que la encontraría aquí.
—¿El señor Mayfair?
Algo destella en los ojos de Michael: una chispa de curiosidad que se extingue tan rápido como ha aparecido.
—Zeth. Me ha pedido que venga para darle esto.
—Se saca un sobre negro del bolsillo del pecho, sellado y dirigido a mí con una enorme «S» escrita en dorado.
Lo acepto con el ceño fruncido. La mayoría de la gente se habría limitado a mandarme un mensaje al móvil, pero no él.
No Zeth Mayfair (un apellido demasiado corriente para él, ¿no?)
. Michael me ofrece una sonrisa amable. No sé cómo se las arregla para obrar ese milagro, pero me tranquiliza, aunque es de esa clase de hombres de los que los demás escaparían corriendo en dirección contraria suplicando que les perdonase la vida.
—¿Sabes lo que hay aquí dentro, Michael? —pregunto, meneando el sobre. Hay algo duro y pesado que se mueve dentro, y ya me imagino lo que es. Será arrogante y manipulador y…
—Sí —me informa.
—¿Quiero saberlo yo?
—El señor Mayfair ha insistido en que espere aquí hasta que haya seguido las instrucciones que hay dentro del sobre.
—Cuando me transmite esta última información, veo un brillo malévolo en sus ojos, como si la furia que aflora en mi rostro le hiciera mucha gracia.
Rasgo el precioso papel negro y saco la nota que hay dentro, que es igual de gruesa y lujosa.
Las palabras que ha garabateado en ella no son muy numerosas, pero sí contundentes.
Sloane:
Pon esto con el resto de tus llaves.
Dale a Michael la de tu casa. Te la devolverá dentro de una hora.
Z
Ya no se puede decir ni que esté cabreada, no.
Estoy lívida. Estoy que echo humo. Pero ¿qué se ha creído?
¿Cómo se atreve a pedir, sin más, que le dé la llave de mi casa?
¿Qué se cree, que le voy a dar acceso a mi hogar a uno de los hombres más intimidantes que he conocido en la vida? Miro a Michael y niego con la cabeza.
—Echa el freno, amigo. Ni hablar. —Él esboza una sonrisa, enseñándome sus dientes perfectos. Ya se está riendo con disimulo—. ¿Qué narices le hace pensar que voy a estar de acuerdo con esto?
—Que esta mañana hemos tenido noticias de uno de nuestros contactos y a Zee le da la impresión de que agradecerá saber la información que nos ha contado. ¿Algo sobre una mujer que está buscando?
Aprieto el puño, rodeando la llave que sigue en el interior del sobre. ¿Esto va en serio?
—No hace ni cinco horas que me ha dicho que no me iba a ayudar.
—Dice muchas cosas. El truco está en aprender a descubrir cuándo dice la verdad y cuándo no. Hace ya un tiempo que la está buscando. No desde lo del hotel, pero…
Dios mío, creo que voy a vomitar.
—¿Tú sabes algo de eso?
—El señor Mayfair me contó solo lo que juzgó imprescindible. Necesitaba saber a quién estaba vigilando. De todos modos, le agradeceré que no le mencione que se lo he contado. Si lo hace, acabaré cortado en seis trozos y en el fondo del puerto en un abrir y cerrar de ojos.
De repente, todo esto me parece muy abrumador. Me siento en una de las sillas de la sala de espera y me tapo la cara con las manos. El corazón me late desbocado, como si me fuese a estallar. Por fin, por fin, por fin, por fin…
¡Por fin!
Por fin hay noticias de Alexis.
Michael se sienta a mi lado y me da espacio para digerir la noticia. Ladeo la cabeza y cierro los ojos, intentando contener las lágrimas.
—Llámale —le pido—. Necesito hablar con él.
Me vuelve a mostrar esos dientes perfectos.
—Puede llamarlo usted misma, ¿sabe? Guardó su número en su móvil antes de devolvérselo.
Saco el móvil del bolsillo del pijama y compruebo de inmediato si lo que me dice es cierto. S, T, U, V, W, X, Y… dejo el dedo suspendido sobre la pantalla.
«Z».
Ahí está. Una única letra seguida de diez dígitos.
Mi corazón. Dios, mi corazón no tiene ni idea de qué hacer con esto. Pulso el botón de llamada mientras miro a Michael de reojo, con recelo. Cuando oigo el tono de llamada, me empiezan a sudar las palmas de las manos. Suena una vez, dos…
Una pausa…
—¿Lo has hecho?
Esa voz suena aún más profunda desde el otro lado de la línea. Muy a mi pesar, el deseo se me empieza a acumular entre las piernas. Maldito sea.
—¿Hacer el qué? —susurro.
—No juegues conmigo, Sloane.
Sé que ya me la estoy jugando demasiado, y eso que no hemos intercambiado ni dos frases.
—Vale —contesto—. No, no lo he hecho. No puedo decir que quiera o necesite la llave de tu mazmorra sexual.
—No es la llave de mi mazmorra sexual. —El sonido de la risa en su voz me deja anonadada; es lo más delicioso que he oído nunca—. Es la llave de mi casa. Y si tú tienes la mía, es justo que yo tenga la tuya.
—¿Y si yo no quiero?
—Pues no sé. No soy capaz de imaginar una realidad como esa.
Ya. No, seguro que no lo sabe. Seguro que ni se le había pasado por la cabeza que me negase a sus demandas.
—Pero hazte una pregunta, Sloane —prosigue—.
¿Es eso lo que quieres? ¿Alejarte? ¿Quieres que salga de tu vida?
Olvidarte de Alexis, y de Eli, y de cómo nos conocimos.
Piensa en lo que ocurrió anoche. Anoche ya sabías quién era yo.
Sabías exactamente quién soy. Sabías lo que me gusta.
Y elegiste estar conmigo de todos modos.
Espera en silencio. Su respiración es lenta y acompasada; me provoca escalofríos, pero hago lo que me ha pedido.
Me lo pienso. Este camino solo puede traerme problemas.
Zeth es un tipo peligroso, que está metido en Dios sabe qué y con quién.
Le dispararon hace tres semanas, por el amor de Dios.
No es parte de su pasado. Forma parte del presente.
—Además, el chaval que se estaba ocupando de las heridas de Lacey ha desaparecido —añade en voz baja—. Necesita que le cambien los vendajes. No querrás que lo haga yo, ¿verdad? Tengo las manos muy sucias.
—Sí, sé muy bien lo sucias que tienes las manos —replico, y me sonrojo al recordar que Michael está a mi lado—. ¿Qué pasa si digo que no?
—Entonces tendremos problemas. Te has entregado a mí. Eres mía. Eso no se puede deshacer.
¿Está de broma? No estoy segura. Su tono de voz no me ofrece ninguna pista.
—Estoy segura de que muchas chicas se han entregado a ti. Puedes volver a follártelas a ellas.
—De ahora en adelante, no me voy a follar a nadie que no seas tú, cariño.
—Hasta que te aburras, quieres decir.
—Hasta que me disparen y sea la definitiva. Hasta que recojas tus cosas y huyas de mí. Pero deja que te diga una cosa, Sloane: no te molestes en huir. Lo único que tendré que hacer será encontrarte. Quédate. Quédate conmigo. Haré que merezca la pena.
¿Por qué, justo cuando parecía que estaba tratando de ser dulce, tiene que soltarme una amenaza? ¿Y por qué el peligro que entraña me resulta tan emocionante? Me parece que yo también necesito unas cuantas sesiones con Pippa.
—Está bien.
—¿Está bien?
Exhalo con fuerza y saco la llave del sobre. Es pequeña, de latón. De esa clase de llaves que abren candados. La aprieto en el puño hasta que los bordes serrados se me clavan en la palma de la mano. Soy una mujer muy muy estúpida.
—Está bien, Zeth. De acuerdo. Me considero propietaria de tu puta llave.
—«Y tú te consideras mi propietario». Sigo sin tener ni idea de por qué me desea tan fervientemente, pero no lo pongo en duda.
Zeth no pierde el tiempo; es algo que ya sé de él.
Si no estuviera interesado, no llegaría a estos extremos.
A estas alturas, yo ya sería una conquista más que olvidada.
—¿Y le vas a dar la tuya a Michael?
—Sí, ahora se la doy, te lo prometo.
Un gruñido malévolo me llega desde el otro lado de la línea y se me clava en los oídos.
Cierro los ojos. No tengo ni idea de lo que acabo de hacer.
No tengo ni idea de a qué he accedido, pero me siento muy muy aliviada.
He visto pasar por lo mismo a pacientes terminales.
Luchan y luchan durante mucho tiempo, se niegan valerosamente a rendirse, hasta que les dicen que no servirá de nada, que no se puede hacer nada más…
y es entonces cuando encuentran la paz. Ese es el océano de rendición en el que ahora estoy flotando.
Es muy profundo, y no pasará mucho tiempo antes de que me olvide de cómo flotar y me permita hundirme… Hundirme para siempre.
—¿Sloane?
—Dime.
—Creo que deberías saberlo…
Y entonces dice las dos palabras que jamás creí que oiría. Dos palabras que rompen mi corazón en mil pedazos.
—Está viva.