Sangre y rosas 1 20 Sloane
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20 Sloane

Me despierto en una cama que no es la mía.

Contraigo los dedos de los pies, flexiono los de las manos y subo los brazos para desperezarme, satisfecha.

Tengo el cuerpo un poco entumecido, como si ayer me hubiera excedido un poco en el gimnasio, pero eso no es posible…

Ayer me pasé el día en el hospital y luego…

Oh.

No…

Me quedo paralizada al recordar, de repente, dónde narices estoy.

En su casa. En su cama. Con su sudor pegado al cuerpo.

Y… Ay, Dios mío, también el sudor de una mujer desconocida.

Pero ¿qué…? ¿En qué coño estaba pensando?

Me incorporo, preparada para cantarle las cuarenta al hombre que me ha puesto en esta posición (y, anoche, también en muchas otras), pero no está.

Estoy sola en una cama, en una habitación estéril y vacía.

Por las ventanas se filtra la tenue luz del sol y Zeth no está por ninguna parte.

—Cabrón…

Salgo de la cama, y cuando ya tengo el vestido medio puesto, caigo en la cuenta de que ha debido de ir a buscarlo a la otra habitación.

Mis medias y mi liguero están pulcramente doblados sobre la cómoda que hay a los pies de la cama y mi maletín está en el suelo, junto a la puerta.

Guardo las medias y el liguero en el maletín.

¿Dónde narices he metido las bragas y el sujetador?

Lo más probable es que estén perdidos para siempre. Salgo de la habitación hecha una furia.

El piso está como si hubiesen lanzado una bomba. Hay vasos con manchas de pintalabios por cada superficie visible, ropa abandonada y desperdigada por el suelo del pasillo… De camino al salón abierto, le doy una patada sin querer a una cosa dorada y brillante.

—Tonta… Estúpida de mierda… —mascullo—. Cómo lo odio…

El piso está vacío, salvo por una figura que contempla la ciudad desde los enormes ventanales.

Zeth. Está de espaldas a mí, pero me ha oído llegar, estoy segura.

Cojo lo primero que encuentro para lanzárselo, una copa de champán.

No le acierto por muy poco: se estrella contra la viga que tiene junto a la cabeza.

Él da un respingo, como si hubiera estallado una bomba.

Cuando se vuelve hacia mí, con los puños apretados, un fuego oscuro le arde en los ojos.

—¿Se puede saber qué coño te pasa?

Cojo otro vaso y se lo lanzo, esta vez apuntando mejor. Zeth se agacha, evitando así varias heridas faciales de gravedad.

—¡Anoche! ¡Eso es lo que me pasa! —Me doy la vuelta… Necesito otro vaso. Encuentro un zapato de charol negro con un tacón que parece letal, así que se lo lanzo con un gruñido de esfuerzo. Le acierto en el pecho.

Zeth es como una nube de tormenta. Está que echa humo, más enfadado con cada segundo que pasa.

—¿Qué problema tienes con lo de anoche? —me pregunta con los dientes apretados.

—¿La cama? ¿Las esposas? El cuchillo. —Cierro los ojos y niego con la cabeza. No me puedo creer lo que ha pasado—. ¡La chica!

Las comisuras de su boca ascienden fugazmente, como si le resultara entretenido ver cómo pierdo los estribos.

Sin embargo, sigue teniendo pinta de estar a punto de asesinarme brutalmente.

Da un paso al frente, como un depredador letal y peligroso, y yo agarro otro vaso, esta vez de whisky.

Con una base más gruesa. Con un borde más afilado.

Se lo lanzo lo más fuerte que puedo, pero él lo esquiva y sigue acercándose a mí.

—¿Estabas borracha?

—¿Qué?

—Anoche. ¿Estabas borracha?

—No.

—¿Estabas colocada?

—¡No!

—Entonces deja de tirarme cosas, hostia. ¡Y deja de fingir que no disfrutaste cada segundo!

—Yo… —Me arden las mejillas. Tiene razón. Tiene tanta razón que me entran ganas de llorar, pero no puedo permitir que él sea testigo de eso. Tengo que salir pitando de aquí—. ¿Dónde está mi ropa interior, Zeth?

Ahora ya está a menos de un metro de mí: ha ido acortando poco a poco la distancia que nos separa.

Va vestido con unos vaqueros de tiro bajo y una camiseta blanca y lisa, un cambio radical respecto a anoche.

No sé por qué, pero había dado por hecho que iría siempre vestido de negro, fuera cual fuese la situación.

De negro, a juego con el color de su alma.

—Me la voy a quedar —me informa.

—Esto… Me parece que no. Era de Agent Provocateur. —Me desplazo hacia la izquierda para apartarme de él, que sigue acercándose, y pongo una escultura decorativa entre los dos.

Él esboza una sonrisa fría.

—¿Ahora vas a negar que te pusiste eso por mí?

Ahí me ha pillado. Me encojo de hombros, tratando de recordar cómo se comporta la gente despreocupada.

—¿Y qué?

—Que cuando una chica se pone algo por mí, es mío, Sloane.

—Vaya. Pues debes de tener armarios llenos de ropa interior de mujer, entonces.

—Varios armarios —contesta—. Muchos. Llenos a rebosar.

Tengo ganas de vomitar.

—Olvídalo. ¿Sabes qué? Quédatela. Estoy demasiado cansada, y dolorida, y alterada para discutir contigo.

Necesito irme a casa. —De repente, recuerdo que más tarde me toca trabajar y me pongo todavía de peor humor.

Voy a tener que pasarme doce horas vagando por el hospital y reviviendo cada segundo de la última noche, y seguro que mientras tanto Zeth presumirá con sus colegas asquerosos por haber conseguido volver a llevarme a la cama. Qué idiota soy.

—Típico, joder —masculla Zeth.

—¿El qué?

—Que me eches la culpa de tu mierda. Lo único que hice anoche fue enseñarte quién eres en realidad. No te puedes cabrear conmigo por eso.

Puedo cabrearme, y es lo que he hecho.

—Ves lo que quieres ver. No estoy buscando ningún despertar sexual.

A la única que estoy buscando es a mi hermana.

Estoy harta de malgastar saliva preguntándote lo que sabes, y no pienso seguir participando en estos jueguecitos contigo.

Quizá un día, si de repente resulta que tienes conciencia, vengas a contarme lo que sabes sobre Lex porque es lo correcto.

Me dirijo a la puerta del apartamento, furiosa. Apuesto a que no me seguirá. Y no lo hace, pero se las arregla para decir él la última palabra.

—En un trabajo como el mío, si tienes conciencia acabas muerto, Sloane. Hacer lo correcto suele tener el mismo efecto.