18 Sloane
La chica se aparta de su compañero como si ya no existiera. Yo lucho por mantener el control, por mantener mis objeciones bien enterradas dentro de mí, mientras Zeth, que está completamente desnudo, se sienta sobre sus talones.
Sigue moviendo la mano arriba y abajo por su enorme erección mientras contempla con el rostro imperturbable cómo me retuerzo sobre la cama.
La mayoría de los tíos se estarían volviendo locos ahora mismo.
Dos chicas; una de ellas desnuda y atada a su cama, y la otra a medio camino dispuesta a hacer quién sabe qué…
Una pequeña parte de mí niega con la cabeza y suspira, decepcionada conmigo por haber acabado así la noche.
Es la misma parte que no estaba de acuerdo con que me pusiera estas medias y conjuntase la ropa interior.
Sin embargo, el resto de mí se está regodeando, porque esto es algo que he decidido yo.
No me he sentido presionada para hacerlo porque buscase conseguir algo.
Lo estoy haciendo porque quiero. Porque hace mucho tiempo que quiero revivir la noche que pasé en el hotel, pero no he sido lo bastante valiente para admitirlo.
Y Zeth, con su naturaleza desafiante, lo ha despertado en mí.
Él me ha hecho lo que soy… y ha creado un monstruo.
Me horroriza lo mucho que me ha gustado lo del cuchillo.
Cuando lo ha usado conmigo, me ha hecho vibrar de terror y de deseo, unas emociones enfrentadas tan poderosas que ni siquiera yo sabía si iba a abandonarme al placer o a salir corriendo, chillando a pleno pulmón.
Y ahora esto…
Nunca he estado con una chica, pero, a juzgar por cómo gatea la rubia sobre la cama, lanzándole a Zeth una mirada posesiva, esta no es su primera vez. Zeth sonríe con suficiencia, una sonrisa perversa, tan sexi que me arde la piel. Retrocede para dejarle más espacio a la chica.
La rubia agacha la cabeza y empieza a lamerme el coño con suavidad y con cuidado, no como cuando lo hizo Zeth.
Él me devoró con el fervor de un león que despedaza a su presa; ella es más delicada.
Sin embargo, su lengua es de lo más persuasiva…
Me observa mientras me lo hace, pero yo miro a Zeth, que me dedica esa sonrisa suya que hace que me tiemblen las piernas mientras sigue tocándose despreocupadamente.
Es dueño de su cuerpo, se siente cómodo en su propia piel y hace gala de tanta seguridad que me entran ganas de ser como él.
—¿Quieres usar las manos? —me pregunta.
Asiento. Se levanta y desabrocha las esposas que me ataban las muñecas a la cama, y, al inclinarse sobre mí, su polla queda a escasos centímetros de mi boca.
Quiero lamerla. Quiero chupársela. Tengo tantas ganas de devorarlo que siento un hormigueo en los labios a causa de la expectación.
Sin embargo, me parece que hacerlo sería demasiado descarado, de modo que ladeo la cabeza y le rozo el muslo con los dientes.
Él se ríe en silencio y baja la vista para mirarme.
—Eso vas a tener que suplicármelo, cariño.
Ahora que mis manos están libres, solo tendría que alargar una y cogérsela, pero si lo hiciera me buscaría un grave problema, así que dejo caer la cabeza sobre la cama y gimo.
La mujer también gime mientras sigue lamiéndome el clítoris, y me penetra con un dedo.
La sensación es gigantesca, abrumadora, aterradora, y también lo más excitante del mundo, sobre todo porque Zeth está encima de mí, moviendo la mano arriba y abajo por su polla mientras observa mis reacciones.
Pensaba que ya había estado excitada antes, pero esto es totalmente distinto.
Me consume. La necesidad que siento de complacerle es desesperada.
Entierro las manos en el pelo de la mujer y roto las caderas hacia ella, que sigue metiéndome los dedos.
Me había olvidado por completo de su compañero.
Solo recuerdo que hay otra persona en la habitación cuando él también se acerca a la cama, ya totalmente desnudo.
Zeth le dirige una mirada de advertencia tan feroz como primaria, y el chico asiente, como si comprendiera a la perfección lo que le ha querido decir.
Se sube en la cama detrás de la chica, que sigue totalmente centrada en mí, y la penetra desde atrás.
Ella grita y deja de hacer lo que está haciendo unos instantes antes de continuar.
El chico se la folla mientras contempla mi cuerpo desnudo.
La rubia alza entonces una mano y arrastra las uñas por un costado de Zeth, tratando de cogerle la polla, pero él retrocede, con una expresión de fastidio, y le da un azote tan fuerte en el culo que hasta a mí se me llenan los ojos de lágrimas. Ella vuelve a gritar, esta vez más alto, y de dolor.
—Eso no es para ti —gruñe Zeth. Luego vuelve a mirarme a mí, y joder, cómo lo deseo—. Es solo para ella. Solo cuando suplique.
A la mujer no parece importarle que Zeth esté prohibido.
Entierra más la cara entre mis muslos y me succiona el clítoris, consiguiendo que las piernas me tiemblen de placer.
La sensación es increíble, pero no es eso lo que me tiene desesperada.
Estoy desesperada por él. Sé lo que tengo que hacer para conseguir lo que quiero, y lo he aceptado.
Quiere que le suplique, así que suplicaré.
Quiere que ruegue, así que lo haré.
Porque ahora mismo sabe que me tiene comiendo de la palma de su mano… y es justo ahí donde yo quiero estar. Estoy enferma. Perdida. Trastornada. Y soy suya.
—Zeth… —Mis palabras son como una profecía, como el repicar de una campana que sella mi destino—. Te deseo. Solo a ti. Por favor… hazme tuya.