Sangre y rosas 1 17 Zeth
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17 Zeth

Esta chica es una bomba de relojería, y está a punto de estallar en esta cama.

Me voy a encargar yo de ello, aunque solo sea para recompensarla por no haberse meado de miedo cuando le he dicho que maté a una persona hace menos de un mes.

Así es como habría reaccionado la mayoría de las chicas, pero ella no.

No estoy ciego, sé que me tiene miedo. Pero eso solo significa que no es tonta.

Solo a un pequeño porcentaje de mujeres le daría igual que me dedique a acabar con la vida de la gente, y esas mujeres están mal de la puta cabeza.

¿Para qué querría yo follarme a una loca?

Sloane me tiene un miedo sano. Eso es bueno.

Sin embargo, no tiene ni idea de dónde se acaba de meter, de verdad que no, lo cual a mí me pone como una moto.

No he abandonado mi plan de hacer que se cague de miedo para que salga pitando de aquí, pero mi lado más avaricioso quiere que primero disfrute un poco.

Y puede que yo disfrute un poco también.

Cuando me dice que sí, esbozo una enorme sonrisa de satisfacción. Sabía que aceptaría. Era absolutamente imposible que me dijera que no. Tomó la decisión cuando decidió venir aquí. Me pongo de pie, dejándola en la cama, rígida, y me dirijo a la puerta.

—Levántate —le ordeno. Ella se mueve despacio, sin dejar de observarme, como si esperase que de un momento a otro me transformase en una especie de monstruo.

Pobrecita. Ya debería saber que este es el aspecto que tienen los monstruos.

Cuando se ha puesto de pie, me apoyo en el marco de la puerta y me cruzo de brazos—. Desnúdate.

Quiere negarse. Lo veo en su rostro, aunque también veo que se está esforzando al máximo por no contrariarme.

Agarra el borde del vestido negro diminuto y ceñido que se ha puesto y se lo sube lo suficiente para mostrar que lleva unas medias como es debido, con su correspondiente liguero.

Estoy aullando por dentro como un animal, joder.

Ninguna chica se pone un liguero a no ser que sepa que se la van a follar.

Yo tenía razón. Sloane podrá negarlo todas las veces que quiera, pero ya sabía lo que iba a pasar esta noche.

Desliza los dedos con cuidado sobre los broches del liguero y luego apoya el pie sobre la cama para bajarse lentamente las medias, primero la derecha y luego la izquierda.

Si sus movimientos son medidos, no es porque sea una maestra del arte del estriptis, sino porque se está cagando de miedo en esas braguitas de encaje.

Me palpita la polla en los pantalones solo de verla, pero no me la toco. Aún tardaré un buen rato en tocármela.

—Y ahora el vestido.

Se quita el vestido deslizándolo hacia arriba, y a mí se me tensan los dedos al imaginar que son mis manos las que se lo suben.

Sin embargo, yo le habría quitado el vestido de una forma un poco distinta: se lo habría arrancado de un tirón.

El pelo le cae sobre los hombros como una maldita cascada cuando se lo termina de quitar por la cabeza.

También tenía razón con la ropa interior: las braguitas son negras y de encaje, y el sujetador va a juego.

Joder, qué de puta madre. Eli, ese cabrón asqueroso, le dijo que se pusiera encaje negro la primera vez que me encontré con ella.

Le dijo que era lo que me gustaría, y ahora la tengo delante con ropa interior de encaje negro. Vaya, vaya.

—Bájate el sujetador —le ordeno. Parece sobresaltarse, como si de repente se hubiera dado cuenta de lo que está haciendo y le hubieran entrado ganas de largarse de aquí.

No la detendría si lo intentara, pero tampoco se lo quiero recordar.

Ahora que estamos en esta situación, necesito satisfacer mis deseos—. Hazlo, Sloane. Si no, te castigaré.

Sus ojos de chocolate, apenas visibles bajo la luz que entra tras de mí, se abren más que de costumbre.

No dice nada. Por dentro, aplaudo su coraje al ver que se desliza los tirantes del sujetador por los hombros y se baja la prenda entera para dejar al descubierto sus pechos.

Son grandes, naturales y perfectos, tal y como los recordaba de la noche que pasamos juntos.

Puede que la haya incomodado con eso, pero ella no es la única que ha estado rememorando nuestra experiencia en la oscuridad desde entonces.

Y puede que esa noche besara y chupara esas tetas, pero no pude verlas.

Es una espina que tenía clavada. Hasta ahora.

Veo cómo se le endurecen los pezones y trato de que mis pensamientos no se reflejen en mi expresión.

No es difícil. Soy un maestro de la intimidación, así que para mí esto es un juego de niños.

Tiene un cuerpo increíble, perfecto en todos los sentidos, pero no se lo hago saber.

Mi papel consiste en mostrarme lo más indiferente posible.

—Ahora túmbate en la cama.

Retrocede poco a poco, aún con los zapatos de tacón bajo puestos, y se sienta en la cama, rígida.

Así que sigue sintiéndose incómoda… Es hora de ponerle remedio a eso.

Es hora de quitarle hasta la última gota de vergüenza, hasta la última inhibición; es hora de lograr que se me derrita en las manos.

Solo hay un modo de conseguir una gesta como esa, y es adueñarme de su cuerpo para que deje de considerarlo suyo.

En su mundo habrá un único pensamiento, un solo deseo: el de complacerme.

Alargo una mano y atraigo su cuerpo hacia mí, acercando las piernas al borde de la cama para ponerme entre ellas. Me siento en los talones y sonrío al ver que ella piensa que le voy a hacer sexo oral. «No tendrás esa suerte, cariño».

—Tócate, Sloane.

—¿Qu… qué?

El ratoncito está asustado. Le pellizco el interior del muslo con la fuerza suficiente para que se estremezca.

—Que te toques.

Me quedo perplejo al ver que obedece. Desliza la mano entre sus piernas y empieza a acariciarse por encima de la ropa interior.

Está bien, pero no tengo bastante con eso.

Con un gruñido, presiono el pulgar en el punto en el que la he pellizcado hace un segundo.

Ella se detiene un instante y cierra los ojos.

Esta vez mete la mano debajo de las bragas y contiene un gemido.

—Buena chica. —Le aparto la ropa interior hacia un lado para ver lo que está haciendo y, durante un segundo, me alegro de que tenga los ojos cerrados, porque pierdo el control.

Por primera vez en la vida, pierdo el control.

Cuando veo su dedo corazón acariciando la carne resbaladiza de entre sus piernas, jugando con su clítoris, está a punto de escapárseme un gemido.

He de apretar el puño y morderme los nudillos para contener el sonido.

En ese momento, una sombra se cierne sobre la puerta, tapando la luz, y la mano de Sloane se queda inmóvil.

Abre los ojos de golpe y ambos nos volvemos hacia allí.

Dos de mis invitados han venido a explorar: un chico con una máscara en forma de tigre y una rubia alta y de largas piernas con un vestido negro y brillante.

La chica todavía lleva puesta la máscara dorada, pero la parte inferior de su rostro está descubierta.

Su boca se curva en una sonrisa seductora al ver lo que está ocurriendo en el interior de esta pequeña habitación.

—Dios mío. —Sloane trata de incorporarse a toda prisa, pero se me ocurre una idea que me pone como loco en apenas dos segundos. La detengo poniéndole una mano en el vientre.

—Vuelve a tumbarte.

—Pero…

La fulmino con la mirada, transmitiéndole mi mensaje alto y claro.

Si quiere complacerme, no está yendo por el camino correcto.

La indecisión que detecto en su mirada me resulta interesante.

Durante diez largos segundos, libra una guerra interna hasta que, por fin, se vuelve a tumbar en la cama mientras mira con recelo a la pareja que nos observa desde el umbral de la puerta.

—Sentaos en el sofá. Y no se toca —les digo—.

No hasta que mi amiga os dé permiso. —Le concedo a Sloane este pedacito de libertad, porque ahora mismo lo necesita.

Ella se relaja visiblemente, aunque se encoge un poco cuando la pareja entra en la habitación y se sienta en el sofá de dos plazas que está escondido detrás de mí, pegado a la pared.

Yo me vuelvo de nuevo hacia Sloane—. ¿Por dónde íbamos?

Ella gimotea, pero lo pilla y empieza a tocarse otra vez.

Todavía no lo sabe, pero es perfecta para esto.

Es perfecta para mí y mis oscuros deseos.

Recorro la cara interna de sus muslos con las manos y me detengo justo al llegar a su coño, que mece hacia delante en un gesto de invitación. «Todavía no, cariño. Todavía no».

A pesar de su vacilación y de tener los ojos como platos, está tan caliente que huelo la excitación que mana de ella.

Tiene el coño empapado, y eso que ni siquiera la he tocado todavía.

Desliza un dedo en su interior y suelta un gemido entrecortado.

La mujer que está detrás de nosotros coge aire con fuerza.

No se lo puedo reprochar… Desde ahí ve lo mismo que veo yo, y la imagen es de lo más ardiente que he visto en la vida.

Se oye el ruido de la tela: mis invitados han empezado a moverse.

No pasa absolutamente nada; eso está permitido.

Les brindaré un espectáculo como ninguno que hayan visto antes.

—Quítate las bragas —ordeno, y esta vez Sloane reacciona al instante: se las baja por las caderas y las tira al suelo de una patada. Cierra los ojos de nuevo. De momento eso no importa, pero no podrá quedarse así para siempre—. Ábrete de piernas.

Al verla así, despatarrada, mi polla se pone aún más tiesa, rogándome que la libere de los pantalones.

Me sorprende no estar mareado teniendo en cuenta la cantidad de sangre que está fluyendo hacia mi entrepierna.

Es hora de sacar mi bolsa negra. Me pongo de pie y, al dirigirme a la puerta, hago una pausa al ver que nuestros visitantes también han empezado a pasárselo bien.

La mujer tiene el vestido por la cintura y los dedos del hombre bien enterrados en el coño.

Él se ha sacado la polla y se la acaricia despacio, apoyado como si nada en el respaldo.

A Sloane se le escapa una especie de suspiro amortiguado: se ha atrevido a abrir los ojos y ha visto lo que estos dos se traen entre manos.

No está tan escandalizada como pensaba. Qué buena chica.

Cojo la bolsa y vuelvo a la cama a toda prisa; el deseo ha tomado las riendas por fin.

Saco los artilugios que quiero, cuatro gruesas esposas de cuero.

Sloane las reconoce; me lo dice la chispa de su mirada.

Sí, estas esposas ya las conoce. No es la primera vez que se encuentra con ellas.

Se las pongo en los tobillos y las muñecas para atarla a la cama, y ella se porta muy bien.

Aunque esté aterrorizada, percibo un brillo de confianza en su mirada, lo que hace que se me encoja el estómago.

Dios sabrá qué he hecho para merecerme su confianza, pero no debería ser así.

La mujer gime suavemente desde el sofá y Sloane se vuelve a mirar.

El chico se ha apartado la máscara de tigre y está de rodillas, dándose un festín entre sus piernas.

Ella se toca las tetas mientras se come con los ojos el cuerpo de Sloane, que sigue tendida en la cama.

Yo ya sé lo que le gusta a esta tía. Sé lo que quiere.

Lo que no sé es si Sloane se lo permitirá.

Meto la mano en la bolsa y saco lo que he estado deseando utilizar desde que la he visto: mi cuchillo.

La rubia gime de nuevo al verlo, pero Sloane se queda quieta como un muerto.

—¿Te acuerdas de cómo funciona esto? —le pregunto. Ella asiente una sola vez.

—No debo moverme —susurra.

Esto va a ser demasiado perfecto, ya me lo veo venir.

La mayoría de las chicas ya habría empezado a chillar, pero Sloane parece dispuesta a aceptar lo que estoy a punto de hacer.

Ya he esperado suficiente, así que me quito los zapatos, el pantalón del traje y los calzoncillos y me quedo completamente desnudo junto a la cama.

Me toco la polla y la aprieto —ah, joder, qué bien—, y la rubia restriega la entrepierna contra la cara de su compañero con la boca abierta de deseo.

Sloane está dividida; no sabe a cuál de las dos cosas que tengo en las manos mirar, si mi polla o mi cuchillo, como si no fuera capaz de decidir cuál de las dos le da más miedo.

Le dedico mi sonrisa más cruel y me subo a la cama.

Ella se estremece cuando presiono el borde afilado del cuchillo de caza contra su piel.

—Zeth… —susurra.

Pero los nombres no intervienen en este juego, así que le dirijo una mirada de advertencia y ella se muerde el labio y asiente, como haciéndome saber que ha comprendido su error.

No le he prometido de forma explícita que no le haría daño, pero hago lo posible por suavizar mi mirada para que entienda que no tengo intención de usar el cuchillo contra ella. No, no se trata de eso.

Me observa con atención mientras deslizo el acero afilado por su cuerpo, recorriendo los pechos, los pezones, los costados y los muslos.

Tiembla con tanta violencia que he de tener mucho cuidado de no cortarla sin querer.

Mientras yo la acaricio con la punta del cuchillo, la mujer del sofá grita.

Está a punto de correrse… y Sloane parece dudar entre si quiere ver eso o prestar atención a lo que yo hago con el cuchillo.

Le doy la vuelta para aferrarlo por la hoja y cierro la mano alrededor de su borde afilado.

Sonrío cuando el conocido dolor me abrasa la piel.

Y ahora que la apunto con el mango del arma, la bajo por su cuerpo, directa a su entrepierna.

El terror se adueña de ella un instante hasta que se da cuenta de que no es la punta lo que la toca.

Deslizo el mango con firmeza en su carne resbaladiza y me acaricio a mí mismo también con más fuerza al ver la sensación que se adueña de ella.

Está asustada, sí, pero le gusta. Le gusta, joder.

Le meto el mango más hondo, hasta la empuñadura.

—Ah, ¡sí! —Se mece contra él y alarga las manos, tratando de alcanzar las sábanas, pero solo puede aferrarse al aire, porque las esposas limitan sus movimientos.

—Joder, es lo más guarro que he visto nunca —gime la rubia.

El tío deja de comérselo para volverse a ver a qué se refiere y una chispa animal y oscura asoma a su mirada.

Este es igual que yo. Se pone de pie, coge a la chica con brusquedad y la mueve para que se siente en su polla, dándole la espalda, y los dos contemplan cómo penetro a Sloane con el mango del cuchillo mientras ella se retuerce y gime sobre la cama.

Ni en un millón de años me habría imaginado que esto iba a pasar.

Es una realidad que me parece excitante…

y que también me preocupa. Si me deja hacerle esto, ¿dónde pondrá el límite?

Porque esto… esto no es nada para mí. Saco el cuchillo y lo aprieto por última vez, lo justo para que el metal se clave un poco más hondo, y luego lo lanzo lo más lejos que puedo.

Necesito tenerlo lo más alejado posible, joder.

El cuchillo se estampa contra la pared, a varios metros de mí, y rebota con la fuerza del impacto.

Me gotea sangre de la mano. El cuerpo de Sloane se arquea hacia mí, como rogándome que lo haga mío. Me chupo la herida, que es profunda, del largo de la palma de mi mano, y disfruto del sabor metálico sobre la lengua. Me inclino sobre Sloane y acerco los labios a su oído.

—¿Qué quieres ahora, cielo? ¿Te apetece jugar con nuestros amiguitos?

Se le escapa un suspiro gutural.

—Yo… No sé…

Me encojo de hombros.

—Puede que te guste.

Me mira a los ojos y la detecto otra vez: la confianza. Ojalá no la viera.

—Vale —susurra.

Me vuelvo y le hago un gesto a la rubia.