16 Sloane #3
—Bien. Gracias. Y ahora contéstame a esto… —Contengo el aliento. La pregunta va a ser jodida, lo veo venir—. Cuando nos conocimos, te dije que tenías que dominarme o yo te dominaría a ti. Y has estado imaginando cómo sería eso desde entonces.
—Pues no. —Me tiembla tanto la voz que parezco una niñita aterrorizada. Zeth hace un ruidito de desaprobación.
—Con lo bien que lo habías hecho hasta ahora diciendo la verdad…
No lo estropees, Sloane. Y, de todos modos, esa no era la pregunta.
Ya sé que la respuesta es sí. —Va descendiendo sobre mí mientras habla hasta que deja el rostro a un par de centímetros del mío.
Ladea la cabeza y luego desciende todavía más para acariciarme un lado de la cara con la nariz al tiempo que inhala despacio y luego exhala.
Su aliento caliente me hace estremecer tan violentamente que he de tensar los músculos para detener los temblores—.
No has sido capaz de dejar de pensar en mí.
Me tienes en mente todo el rato, te preguntas constantemente quién soy…
, dónde estoy…, qué estaré haciendo…, a quién me estaré follando…
—Exhala la última palabra directamente en mi oído y yo aprieto las piernas—.
Por la noche, cuando estás sola, cuando te tocas, soy yo quien hace que te mojes.
Y te lo has estado preguntando durante todo este tiempo.
Te has estado preguntando cómo habría sido esa noche si te hubiera dominado yo a ti.
Qué te habría hecho. Cómo te habría hecho mía.
Así que mi última pregunta para ti, Sloane, es la siguiente: ¿eres lo bastante fuerte para admitir que esto es lo que deseas?
¿Eres lo bastante valiente para descubrirlo?
Me siento completamente expuesta. Es como si Zeth hubiera encontrado el modo de entrar en mi mente y leer mis pensamientos más íntimos.
No tiene forma de saber todas esas cosas sobre mí, pero las dice con una certeza tan inequívoca que sé que sabe que son ciertas.
Y lo son. Mierda. Cierro los ojos y trato de respirar, a pesar del pánico.
Pánico porque tengo a Zeth encima de mí, porque es puro sexo y malignidad envueltos en un paquete irresistible, ardiente y tatuado.
—Yo… No deseo eso, Zeth.
Si le ha decepcionado mi respuesta, no lo demuestra. Se aparta un poco para darme espacio.
—Está bien. En ese caso, ha sido una visita agradable, Sloane. Pero si así son las cosas, creo que es hora de que te marches.
Me incorporo y lo observo. Habla en serio.
Va a dejar que me vaya. Bajo las piernas de la cama, despacio, tensa, preparada, por si es un truco.
Él se pone de pie, recoge su camisa y empieza a ponérsela.
La deja abierta para recoger los gemelos de un mueble oscuro.
Su silueta, los tatuajes, la cara, la camisa abierta…
Tiene una forma animal y profundamente sexual de moverse que es suya, que se ha ganado.
No es una pose. Salta a la vista. Él es así, y punto.
—¿Y bien? —pregunta.
—¿Qué…? —No consigo articular las palabras. Odio hasta haberlas pensado—. ¿Qué vas a hacer cuando me vaya?
Zeth vuelve hacia la cama y se pone delante de mí. Mis ojos quedan a la altura de su ombligo, que es absolutamente perfecto. ¿Cómo es posible que alguien tenga un ombligo tan perfecto? Dobla el dedo índice y me levanta la barbilla para que nuestras miradas se encuentren sobre el largo de su torso.
—Voy a salir ahí fuera, beber un poco de champán y luego voy a buscar a alguien que quiera jugar.
—¿Jugar?
—Sí. Y no al puto ajedrez, Sloane. Alguien que quiera que me la folle hasta que se le nuble la vista.
Alguien que me deje hundirle la lengua en el coño.
Alguien que me permita saborearla, que deje que la ate y la aterrorice.
Alguien a quien le guste todo eso. Tenía la esperanza de que esta noche fueras tú, pero…
Trago saliva.
Y luego trago saliva otra vez. Tengo la garganta como si hubiera inhalado el puto desierto del Sáhara. Tengo que irme de aquí antes de cometer alguna estupidez. Me pongo de pie tan rápido que Zeth ha de dar un paso atrás para que no me choque con él.
—Yo… Mañana trabajo… Yo… —Corro hacia la puerta, luchando por… ¿por qué? ¿Por encontrar fuerzas para marcharme?
—Ejem… —dice. Cuando me vuelvo, está bañado de luz amarillo pálido—.
Creo que te olvidas de algo. —Se inclina, coge mi maletín y me lo tiende.
Cuando ve la expresión de mi rostro, esboza una sonrisa de suficiencia—.
Sloane… Puedes quedarte si quieres, ¿sabes?
No hace falta que lo verbalices. Y no te hace débil. Te hace fuerte.
Vuelvo hacia él mirándolo directamente a los ojos. No puedo… No puedo hacerlo. Yo no soy así. ¿Verdad? Pero ¿acaso sé quién soy? Me tiende el maletín mirándome con una ceja enarcada.
—¿Qué va a ser, chica valiente? ¿Quieres el maletín… o me quieres a mí?
Ha dicho que no hacía falta que lo verbalizara.
Ha dicho que no me haría débil. Pero quizá…
Dios, quizá, solo por un segundo, quiera ser débil.
Llevo dos años siendo fuerte. Fui fuerte cuando se llevaron a Lexi.
Fui fuerte cuando entregué mi virginidad para encontrarla.
Fui fuerte cuando me di cuenta de que no podría salvarla.
Estoy hasta las narices de ser fuerte. Respiro hondo y cierro los ojos.
Ya estoy arrepentida de lo que voy a hacer.
Rodeo a Zeth y me siento en el borde de la cama.
Su voz grave rompe el silencio. Es un sonido profundo, eléctrico.
—Lo que yo pensaba.