Sangre y rosas 1 16 Sloane #2
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16 Sloane #2

Quizá pensara que lo que sus invitados iban a hacer con la comida era…

en fin, comérsela. Mi subconsciente se ríe de mí a carcajadas, señalándome con el dedo.

«Estaba sentado en la oscuridad… esperándote. Sabe perfectamente lo que está pasando, estúpida».

—Vale. Me voy. Pero antes tienes que decirme una cosa, Zeth. ¿Está viva?

No me refiero a Carrie.

Me refiero a Alexis.

Mi fachada de testarudez se derrumba un poco.

En ocasiones me permito llorar desconsolada por haber perdido a Lex, sollozar hasta que me entran ganas de vomitar, pero no pienso desmoronarme así delante de él.

No pienso permitir que me vea tan débil.

Zeth resopla y hace algo inesperado: se quita la máscara poco a poco.

Detrás de él hay una cama. La distingo en la oscuridad cuando lanza la máscara encima y empieza a quitarse los gemelos que lleva en las muñecas.

—¿Qué… qué haces?

—Tienes que verlo —responde escuetamente.

La puerta sigue abierta tras de mí. Debería hacer uso de ella.

Debería dar media vuelta y salir de aquí.

Sin embargo, hay algo en sus ojos oscuros, que me acarician el rostro, que me enraíza donde estoy.

Desde que nos reencontramos, hace cuarenta y ocho horas, nuestras interacciones se han limitado a robos, amenazas y desafíos, pero ahora me da la sensación de que se está derrumbando una barrera entre los dos, de que estamos a punto de vivir un momento de sinceridad.

Y ese pensamiento, en sí mismo, es tan impactante que me entran ganas de salir corriendo y esconderme.

Se quita la chaqueta del traje y la cuelga en una butaca de respaldo alto de la que solo se distingue su sombra.

Luego se desabrocha la camisa. Mientras libera los botones uno a uno, desde el cuello hacia abajo, flexionando los músculos, la tela se le ajusta a los hombros y se le pega a los brazos.

Bajo la camisa lleva una camiseta de tirantes negra ajustada al torso, pegada a cada centímetro marcado y musculoso.

Parece un puto luchador de lucha libre. Tiene la piel clara, marfil marcado con pinceladas de tinta negra.

Me mira con el ceño fruncido y siento la necesidad de secarme las palmas sudadas contra el vestido.

Madre mía. Lo odio, pero su presencia es imponente, y magnética, y me mira como si ya estuviera dentro de mí, y… me desarma.

Con rápidos movimientos, se quita la camiseta, revelando una pared de músculos que se estiran y se contraen.

Cada una de sus partes individuales encaja en un conjunto, al compás único de sus movimientos.

Tiene cuatro o cinco tatuajes pequeños en el pecho, además de los del brazo, pero me cuesta distinguirlos con tan poca luz.

Sin embargo, sí veo con más nitidez una flor de lis que asoma justo encima de su cadera, y un águila con las alas desplegadas en el pectoral izquierdo.

Hay un texto escrito alrededor de su cuello, palabras con una caligrafía elaborada que no acierto a leer.

Da un paso hacia delante y yo doy otro hacia atrás, conteniendo el aliento.

Estoy al lado de la puerta: los movimientos de Zeth me han acabado llevando bajo la luz, si bien solo a medias.

La parte frontal de su cuerpo —su pecho, su abdomen definido, la «V» marcada que atraviesa sus caderas y desaparece bajo su cinturón— está bañada de la luz del pasillo.

El resto de su cuerpo queda oculto entre las sombras.

—Aquí —dice, señalándose el abdomen— es donde me apuñalaron la primera vez.

—Veo el color amoratado de la cicatriz que está señalando y mi cuerpo recuerda.

Recuerda el suyo. Si cerrase los ojos, sabría cómo es esa cicatriz al tacto.

He revivido el momento en que la acaricié tantas veces, cuando estoy sola en la oscuridad…

Siento un cosquilleo en los dedos con el eco de ese recuerdo, el eco de esa piel tersa y rígida—.

Estas dos son de la segunda vez —dice, recorriendo su propia piel con los dedos.

Esas cicatrices no son pulcras y cuidadas como la primera; son desiguales y de aspecto violento, de cinco centímetros de largo y casi púrpuras.

Son de cortes mal suturados. Es muy propio de mí que, mientras me está enseñando las cicatrices, mi monólogo interior, tan profesional como siempre, se dedique a criticar el trabajo de quienquiera que le salvara la vida. Yo lo habría hecho mucho mejor.

—Y aquí es donde me dispararon. —Se mueve para que la parte superior de su cuerpo quede bajo la luz y veo una herida roja e hinchada unos cinco centímetros por debajo de la clavícula.

Muy cerca de haberle perforado un pulmón: un par de centímetros más y le habría causado daños graves, irreparables, tal vez. La herida es muy reciente.

Llamadlo curiosidad profesional, pero… tengo que saberlo.

—¿Cuándo te hiciste eso? ¿Por qué?

Zeth me coge de la mano y tira de mí. Mis pies tratan de quedarse anclados donde están, pero el resto de mi cuerpo va hacia él como si esto hubiese sido inevitable desde el principio.

Coloca mi mano sobre la herida de bala mientras me mira a los ojos.

Le arde la piel; está tan caliente que es como si me hubiera prendido fuego a la mano.

—Hará unas tres semanas —contesta en voz baja—. Y fue porque el tipo al que me mandaron matar no tuvo ganas de aceptar su destino sin protestar.

Joder. Intento apartar la mano, pero él me la coge con fuerza, pegándosela a la piel. No puedo escapar.

—Este es mi mundo —añade—. Un mundo de puñaladas y disparos. Es oscuro. Es aterrador. Muere gente. Si tu hermana ha caído en un mundo como este, ¿crees que habrá sobrevivido?

Se me llenan los ojos de lágrimas. Quiero pegarle.

Quiero asestarle un puñetazo en la cara con la fuerza suficiente para sentir cómo se rompen los huesos, los suyos o los míos, en realidad no me importa.

Y estoy tan furiosa que sí, le pego, pero con la mano abierta.

Lo abofeteo lo más fuerte que puedo, girándole la cara de golpe.

Me he hecho un daño de cojones. Cuando Zeth me encara de nuevo, de forma lenta y deliberada, el pánico ya se ha adueñado de mí.

Tiene una gotita de sangre en el labio inferior, donde le he partido la piel.

Se me para el corazón. Soy muy consciente de que acabo de cometer una estupidez. Una gran estupidez.

—Pensaba que no querías jugar, Sloane —gruñe.

Sin soltarme la mano, empieza a dirigirse al fondo de la habitación, tirando de mí.

Se me acelera el corazón. Me resisto, pero él no me suelta; es más, se inclina y me coge en brazos tan repentinamente que no me da tiempo ni a gritar.

Con tres largas zancadas, recorre la distancia que separa la cama de la puerta y me tira encima, todavía fulminándome con esos ojos casi negros.

—Te juro por Dios que si me violas, te mato —le espeto.

Zeth suelta un gruñido feroz que nace en lo más profundo de su garganta, salvaje y peligroso.

—Yo no fuerzo a las mujeres, Sloane. Si follamos, será porque tú quieras.

—Ya, ¿y por eso me acabas de tirar encima de la cama?

—Te he tirado encima de la cama porque acabas de pegarme, y eso no ha estado nada bien. Pero he decidido proponerte un trato.

Echo un vistazo a la puerta. Está a un poco más de tres metros de distancia, pero no conseguiré llegar sin que me intercepte.

—¿A qué te refieres con un trato?

Se agacha junto a la cama y yo regreso a aquella habitación de hotel.

Sin embargo, esta vez me fijo en su mirada cómplice e inquisitiva.

En esa mandíbula poderosa que avergonzaría a cualquier hombre en comparación, y que, unida a los otros rasgos únicos que componen su rostro —las cejas oscuras, el hoyuelo de la barbilla, los labios carnosos y unos pómulos que ya querrían la mayoría de las mujeres—,

lo convierten en el ser humano más hermoso que he visto en mi vida.

Pero no es su aspecto lo que me deja paralizada como una estatua.

Es cómo me mira, como si, en este momento, yo fuese lo único que existe en su universo.

—Te voy a hacer dos preguntas —me anuncia con cautela—. Luego puedes elegir quedarte aquí y hacer lo que yo te diga que hagas o marcharte. Puedes irte a casa y olvidarte de todo esto, y de mí, y de lo que has visto aquí esta noche. Será tu decisión.

No me lo tendré que pensar mucho. No creo que me esté mintiendo. Dejará que me vaya de aquí; lo veo en sus ojos.

—Está bien.

—Está bien —repite. Me invade un cosquilleo de nervios al ver que se incorpora y se sienta en el borde de la cama. Se inclina hacia mí y apoya la mano izquierda junto a mi cabeza para sostener su peso mientras se cierne sobre mí—. ¿Te has follado a alguien después de mí?

¿Qué clase de pregunta es esa? Espera a que le conteste mientras yo finjo indignarme por lo indigno de su pregunta, pero a él no parece importarle haberme cabreado. Se limita a esperar. Está bien. No tengo ninguna razón para mentirle.

—No. No me he acostado con nadie desde entonces.

Su única reacción está en sus ojos, que entorna, arrugando ligeramente las comisuras.