16 Sloane
Conocía la palabra, pero nunca lo había visto con mis propios ojos. Es una orgía. Una bacanal. Sexo en grupo. Después de eso, me bloqueo. No se me ocurren más palabras para designar lo que tengo delante.
Ante mí se despliega un enorme salón abierto en el que hay al menos cincuenta personas con distintos niveles de desnudez.
Algunos hombres siguen completamente vestidos y tienen mujeres hermosas —con los vestidos bajados para dejar los pechos al descubierto o subidos para exhibir los coños depilados— sentadas sobre sus piernas o arrodilladas en el suelo, a sus pies.
Mire donde mire, veo carne sujeta con ataduras de cuero.
Parejas que se besan, que se magrean, manos por todas partes.
Al fondo de la sala, un hombre echa la cabeza hacia atrás, extasiado, mientras una mujer de rodillas y completamente desnuda le chupa la polla dura como una piedra delante de todo el mundo.
Me quedo boquiabierta. Me vuelvo hacia Michael, que sigue ahí plantado, y este se encoge de hombros.
—Si está buscando a Zeth, lo encontrará en la habitación del fondo. Pero tendrá que cruzar el apartamento para llegar hasta allí. —Sonríe con una lentitud insoportable—. El jefe me pidió que no cerrara la puerta principal después de dejarla entrar. No la cree capaz de entrar.
En fin, pues en eso tenía razón. Esta mierda no es para mí. Niego con la cabeza y doy un paso hacia Michael y hacia la puerta abierta. El hombre se encoge de hombros otra vez.
—Me ha dicho que es una mojigata y que se jugaba el cuello a que se iba a marchar en cuanto viera… —Mira hacia la sala y esboza una sonrisilla de suficiencia—. En fin, todo esto.
—Es un hijo de puta arrogante —le suelto.
—Sin duda. Pero me temo que si se va, no le demostrará lo contrario. Solo hay una forma de afrontar esto… —Me guiña un ojo—. Vaya a cantarle las cuarenta. Se lo merece.
Lo miro con los ojos entornados.
—¿Has apostado dinero en esto?
Sonríe de medio lado.
—Mil dólares.
¿Mil dólares? ¿Zeth está tan seguro de mi reacción que se ha jugado tanta pasta? Eso debe de ser calderilla para él teniendo en cuenta que pagó la factura del hospital de Carrie en metálico, pero, en fin, de todos modos, perder ese dinero tiene que escocer.
Respiro hondo. «Ya has llegado hasta aquí. Ya has visto lo que está pasando ahí dentro. Lo único que tienes que hacer es ir a buscarlo».
—Está bien. —No me permito pensármelo más.
Doy media vuelta y me encamino directa hacia el pasillo que hay en el otro extremo del enorme salón.
Antes siquiera de ser consciente de lo que hago, estoy pasando por encima de los cuerpos que hay por el suelo.
Hago todo lo posible por mirar al frente, pero no puedo evitar que se cuelen algunas cosas en mi campo de visión.
Cosas que se quedarán grabadas a fuego en mi mente para siempre.
Cuando llego al pasillo, veo que tiene ocho puertas, cuatro a cada lado.
La mayoría están abiertas, pero hay algunas cerradas y al otro lado se oyen fuertes gemidos.
Gemidos de éxtasis y el golpeteo de la piel contra la piel.
Me da demasiado miedo abrir las puertas cerradas, así que me asomo a las abiertas, respirando hondo cada vez con el fin de prepararme para lo que pueda encontrar.
En la primera me reciben un nudo de brazos y piernas enredados, cuatro mujeres y dos hombres tan entrelazados que cuesta distinguir dónde terminan unos y dónde empiezan los otros.
Retrocedo lo más rápido que puedo. En la segunda habitación hay un grupo de hombres y mujeres, todavía con sus elegantes trajes y hermosos vestidos puestos, observando a una pareja que folla en el suelo.
Los mirones beben delicadamente de sus copas de champán mientras se tocan con sutileza.
Veo una mano deslizándose por debajo de un vestido, rozando la piel sensible.
Otra de manicura perfecta acaricia una erección por encima de unos pantalones de aspecto caro.
Un chico que lleva una ornamentada máscara de tigre con feroces rayas doradas se vuelve y me ve.
Da un trago de su copa, deja de acariciar el pecho expuesto de su compañera y me tiende la mano.
Ah, no. Ni de coña.
Me largo pitando de ahí y me dirijo a la última puerta de la derecha. Por un instante, tengo la sensación de que está cerrada y me preparo para dar media vuelta, pero enseguida soy consciente de mi error. La puerta está abierta de par en par. Lo que pasa es que las luces están apagadas.
«Serás hijo de puta…».
Agarro con fuerza el asa del maletín y, tras respirar hondo una vez más, entro.
—Estás enfermo, ¿lo sabes? —Le digo a la oscuridad.
Un suave ruido me da la bienvenida, seguido de un destello de movimiento.
Sí, las luces están apagadas, pero detrás de mí el pasillo está iluminado, así que la oscuridad no es tan profunda como la última vez.
Puedo ver lo suficiente para distinguir la figura acechante que se me acerca poco a poco.
—Sé que no soy normal, si es eso a lo que te refieres. —Una terrorífica máscara de diablo emerge poco a poco entre las sombras. Zeth va vestido de negro de pies a cabeza. Lleva un traje precioso; se nota a pesar de la falta de luz.
Sus ojos oscuros brillan detrás de la máscara, aguzados y hambrientos.
—Me has sorprendido, Sloane. Me gusta que me sorprendan —añade con voz ronca.
—Pues tú también me has sorprendido, aunque en mi caso no puedo decir que me guste.
Se ríe. Su voz es tan profunda y potente que reverbera hasta en las plantas de mis pies.
—Deberías abrir un poco tu mente. Nunca se sabe lo que te puede gustar hasta que no lo pruebas.
—Sé exactamente lo que me gusta, Zeth, y estar rodeada de cincuenta personas desnudas restregándose no me gusta.
Cuando pronuncio su nombre, veo un destello de irritación en los ojos que me miran tas la máscara. Se acerca a mí, alarga una mano y me acaricia la mandíbula. Mientras me toca la piel, parece pensativo, intrigado por mi quietud. Porque no soy capaz de moverme.
—Si no te gusta mirar, Sloane, siempre puedes unirte.
Le aparto la mano de un manotazo y lo fulmino con la mirada, también desde detrás de la máscara.
—Devuélveme mi móvil.
Me contempla un segundo y, con una sonrisa de suficiencia, mete la mano en el bolsillo de sus pantalones y saca mi teléfono.
Me lo ofrece, pero estoy convencida de que lo va a alejar de golpe en cuanto yo haga ademán de cogerlo, de modo que opto por tender la mano con la palma hacia arriba para esperar que lo deje ahí.
Hace un mohín al ver que le he estropeado el juego, pero me da el móvil.
Lo meto en el maletín, al que todavía sigo aferrada como si me fuera la vida en ello.
—Si he venido esta noche es para que sepas que no te tengo ningún miedo, Zeth. Y porque quiero saber qué información tienes sobre mi hermana.
—¿En serio? —Mira el maletín que tengo en la mano—. A juzgar por la maletita, diría que sabías de qué iba esta pequeña reunión que nos hemos montado y que has traído algunos juguetes.
Recuerdo su bolsa negra, la que llevó al hotel, y aprieto los dientes.
—¿Como la tuya? Yo no soy la pervertida que va por ahí con una bolsa llena de accesorios para bondage.
Zeth baja la mirada, ladeando la cabeza de forma calculada. Su bolsa negra está en el suelo, a mi izquierda, junto a la puerta. Me estremezco al verla.
—Mi bolsa de juguetitos es un poco más grande que la tuya, Sloane. Y ahí dentro no hay solo accesorios de bondage. Quizá tengas el valor suficiente de abrirla y ver qué más hay…
Las infecciones son uno de los principales problemas tras una cirugía.
Los médicos dedicamos mucho esfuerzo a asegurarnos de que no aparezcan, de que las heridas que hacemos o tratamos de reparar se mantengan limpias, pero a veces ocurren, aunque vayamos con todo el cuidado del mundo.
Las heridas se infectan. Los órganos se inflaman.
El cuerpo rechaza sus nuevos miembros. He sido testigo de ello incontables veces, pero nunca lo había experimentado de primera mano.
Hasta ahora, quiero decir. Zeth está haciendo una carnicería en mi pecho, que está abierto de par en par, y mi corazón ya está inflamado.
Bombea bajo mis costillas, luchando contra esa sensación extraña y ajena con la que me está infectando.
—No pienso tocar esa cosa. Y lo que he traído es mi maletín de material sanitario para atender a Carrie. —Pongo énfasis en el nombre falso que me dio para que sepa que estoy al tanto de su mentira. Él ni se inmuta.
—«Carrie» está durmiendo. Pero estás invitadísima a jugar a los médicos conmigo…
Con la inspiración adecuada, sé ser muy buen paciente.
—Levanta la mano despacio, igual que te acercarías a un caballo nervioso.
Mi madre me enseñó cómo hacerlo cuando era pequeña.
«Deja que te vea la mano, cariño. Deja que vea que no le vas a hacer daño».
Sin embargo, la chispa de diversión en los ojos de Zeth me asegura que él sí me va a hacer daño a mí.
De un modo u otro. Que quiere poner mi mundo patas arriba.
Alza la mano hacia mi pómulo y me ofrece una caricia delicada como una pluma, nada que ver con el modo en que me tocó en el hospital. Sin embargo, la gentileza de ahora no compensa la brusquedad de entonces.
—No pienso jugar a nada contigo, Zeth. Si te importa algo Carrie, deja que la vea. No tiene las muñecas curadas. Necesita medicación y que le cambien los vendajes.
—Está tomando amoxicilina y se le cambian los vendajes tres veces al día.
Más si es necesario. Tiene puesto un gotero para que le ayude a recuperar el plasma que ha perdido y está haciendo reposo absoluto.
Y ahora mismo está durmiendo —gruñe. Lo he cabreado, salta a la vista.
Trago saliva al ver que avanza un poco hacia mí, inclinándose para que su cuerpo quede más cerca del mío.
Treinta centímetros nunca me habían parecido tan cortos—.
Y ahora, Sloane, si no te importa, estoy celebrando una fiesta.
Si eres una cobarde y te vas a largar, te sugiero que lo hagas ya, antes de que empiece a subir la temperatura.
¿Antes de que empiece a subir la temperatura?
¿No le parece que en su salón está ya lo bastante alta?
Yo creo que tiene más o menos los mismos grados que la superficie del sol…
Quizá no haya salido todavía de este cuarto.
Quizá no tenga ni idea de lo que está ocurriendo.