Sangre y rosas 1 15 Sloane
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15 Sloane

Debo de estar mal de la cabeza.

No solo no he hablado con la policía, sino que voy de camino a la dirección que me mandó Zeth y me he puesto el vestido más corto y ajustado que tengo.

No sé por qué, pero ese mensaje me pareció un desafío.

Se notaba que no creía que me fuese a atrever, y a mi vena más rebelde le han entrado ganas de hacerle una peineta.

Pero eso ha sido hace bastante rato. Después del peor día del mundo en el trabajo, porque me han interrogado sobre la desaparición de Carrie («Fuiste la última que la vio, doctora Romera. ¿Estás segura de que no dio a entender que pensaba irse?»

), lo último que necesito es pelearme con este tío.

Pero no soy tonta. Lo más probable es que eso ocurra, así que voy absolutamente mentalizada.

Dejo el coche a dos calles de allí y me dirijo al edificio.

¿Debería decirle a Pippa lo que estoy haciendo?

Si desaparezco y no se vuelve a saber nada de mí, al menos podría informar de dónde estaba la última vez que habló conmigo…

Pero no se lo puedo decir. Primero porque no tengo el puto móvil y no me sé de memoria los de los demás, y segundo, porque me echará la bronca del siglo por no haberle hecho caso.

Pulso el botón del 12C. Me pregunto si la chica estará aquí.

He traído el maletín de suministros médicos por si acaso; así podré echarle un vistazo a las heridas y cambiarle los vendajes.

Y también podré dejarle los antibióticos que, sin duda alguna, va a necesitar.

Oigo el ruido del interfono, pero nadie dice nada.

De todos modos, quienquiera que esté arriba pulsa el botón y la puerta vibra de forma estruendosa y se abre.

Subo cuatro plantas antes de que el sonido de la música y las risas llegue flotando por el aire.

Alguien está celebrando una fiesta. Un hombre solitario, con las manos juntas delante de sí, me observa acercarme desde el final del pasillo.

No tardo mucho en darme cuenta de que la música procede del apartamento al que voy, y de que el tipo trajeado está montando guardia en la puerta como un segurata. ¿Qué narices es esto?

—¿Puedo ayudarla en algo? —pregunta con voz grave y aterciopelada.

Tiene la piel marrón claro y los ojos de un sorprendente e intenso azul.

Lleva la cabeza rapada y medirá casi dos metros, así que resulta imponente y peligroso a la vez que refinado.

Como un estilete. Esbelto, bellamente construido… pero tan letal como cualquier espada.

—Yo… Zeth me dijo que viniera. —¿Por qué narices me habrá dicho que venga aquí mientras tiene montada una juerga? Debe de haber sido su forma de minimizar los daños, de asegurarse de que, como hay tanta gente delante, no le montaré un numerito por… en fin, por todo.

El portero me sonríe con educación.

—¿Me dice su nombre, por favor?

—Sloane. Sloane Romera.

No tiene delante una lista de invitados en una tablilla, ni tampoco lleva pinganillo, pero asiente al oír mi nombre, lo que me confirma que me están esperando.

—Bienvenida, doctora Romera. Soy Michael.

Si necesita algo durante la noche, no dude en venir a buscarme.

—Se hace a un lado y abre la puerta que hay tras él, tapándome con su cuerpo las vistas de la habitación.

Señala una mesa que hay detrás de la puerta con la palma de la mano hacia arriba y me sonríe cortésmente—. Elija una máscara, por favor.

¿Que elija una máscara? Enrosco los dedos de los pies dentro de los zapatos.

La última vez que me tuve que poner una máscara fue en el hotel, la noche que conocí a Zeth.

Al final no sirvió de gran cosa, porque la oscuridad era completa, pero la asociación hace que un terror líquido empiece a fluir por mis venas.

—Esto… No, prefiero no hacerlo.

Michael asiente con gesto comprensivo, como si no fuese la primera vez que tiene esta conversación.

—Lo siento, doctora Romera, pero sin la máscara no puedo dejarla entrar.

Pedazo de cabrón… Quiero recuperar mi móvil.

Quiero ver si Carrie, o como coño se llame, está bien.

Quiero descubrir lo que Zeth sabe sobre mi hermana.

Contemplo la larga mesa con los dientes apretados.

Quedan seis máscaras. Cuatro de ellas son más bien masculinas; las dos más femeninas son negras con remolinos dorados, y una de ellas tiene unas plumas de un color metálico entre negro, púrpura y verde.

Es bonita, así que me la pongo y Michael me concede el honor de ajustármela en el pelo.

Me da la impresión de que no es la primera vez que lo hace.

—Gracias por su comprensión, doctora Romera —dice.

Y entonces se aparta para dejarme ver la habitación que se abre tras él… y me da un vuelco el estómago.