14 Zeth
Me paso el día siguiente con un subidón de adrenalina constante esperando a que llegue la hora.
De todos modos, hacia finales de mes siempre me pongo un poco ansioso, básicamente porque estas fiestas satisfacen un poco mis gustos más particulares.
También asisto a veladas que organizan otros —Matty solía organizar una de lo más guarra—, pero no es lo mismo.
Cuando son bajo mi techo, siento que las cosas están bajo mi control.
Consigo lo que quiero de quien yo quiera.
La liberación que siento no es la misma cuando yo no soy el único amo al que obedecer.
No es que no deje que asistan más tíos… Eso no funcionaría.
Pero todos los que están en mi lista de invitados saben muy bien quién es el jefe, y así es como necesito que sea.
Ya casi ha oscurecido cuando me monto en el Camaro y voy para allá.
Lace está tumbada en el asiento trasero, dormida.
No pienso dejarla sola ni un segundo, aunque eso implique que tenga que pasarse la noche metida en una habitación con Michael vigilándola todo el rato.
Suena el aviso de una notificación en el móvil, lo que la hace refunfuñar adormilada.
Me saco el que llevo en el bolsillo izquierdo mientras trato de recordar si es el mío o el de Sloane.
Es el mío, y curiosamente la alerta, un email, es de Michael.
Recibido el 21/02/14 a las 19:21
Oye, jefe, para que lo sepas. Todavía no he encontrado nada sobre la chica. Si Charlie la ha enterrado, la ha enterrado bien hondo. Algunos de los chicos de Rufus la están buscando también. No tienen ningún nombre. Llegaré en una hora.
Puede que llame a Charlie mi jefe, pero cuento con un montón de chavales que se reservan ese nombre para mí.
Hace ocho años que tengo en nómina a Michael, que es hábil con los puños y tiene los nervios de puto acero.
Después de la no muy sutil amenaza de Charlie en nuestra última reunión, sé que debe de haber alertado a algunas personas de que estaba metiendo las narices en sus asuntos.
Pero yo siempre he mantenido a Michael alejado de Charlie.
No estarán vigilando a un cabrón de Luisiana de casi dos metros.
Me guardo el móvil y proceso la información que me ha dado: que aún no sabe dónde está la chica, ni ha encontrado ningún otro dato que confirme que todavía existe, pero que está en ello.
Al final acabará encontrando algo. Es cuestión de esperar.
Llegamos al apartamento poco después. Aparco el Camaro en el estacionamiento subterráneo y cojo en brazos a Lacey con cuidado de no despertarla.
De camino al ascensor, me rodea el cuello con los brazos.
Cuando llego a la cuarta planta, me encuentro la puerta abierta y a Ganya metiendo dentro de la casa cajas de botellas de vodka del pasillo.
—Pensaba que al principio de la noche te gustaba que las chicas estuvieran conscientes, Zee.
Lo fulmino con la mirada, pero ignoro la pulla y entro.
Me encamino al pasillo del lado este del enorme apartamento de seis habitaciones y dejo a Lacey en la última de ellas, asegurándome de que la puerta cierre bien.
No sería la primera vez que tenemos problemas con visitantes indeseados que se toman demasiadas libertades.
La puerta se cierra con llave, así que la dejo dormir y después compruebo que el resto del piso esté preparado.
Las máscaras ya están dispuestas en una mesa, al lado de la puerta principal.
El tema de este mes es el oro, así que casi todas son blancas o negras y están cubiertas de purpurina dorada, o lo que sea esa mierda que ponen en las máscaras venecianas.
Cojo la más fea que encuentro —una de diablo, con cuernos y la boca curvada hacia abajo— y me la reservo para luego.
Me complace descubrir que todo está organizado y donde tiene que estar.
Hay luces tenues y un resplandor tostado de color miel que arroja tantas sombras como luces, fruta cortada y otros dulces dispuestos en bandejas para los invitados, y particiones de seda en las esquinas más discretas de las habitaciones para que la gente pueda tener un poco de intimidad si la desea.
La mayoría de los asistentes no la necesitan, pero por si acaso.
Los invitados empiezan a llegar, ataviados con esmóquines y vestidos de noche brillantes, y el pelo recogido en moños elegantes que piden a gritos que los despeinen.
Nadie dice su nombre. Las máscaras están en su sitio.
Voy a prepararme, tratando de mantener la mente clara.
Pero mis putos pensamientos son un no parar.
¿Vendrá? ¿Se atreverá? Y, si es así, ¿qué coño hará cuando vea todo esto?