Sangre y rosas 1 12 Sloane
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12 Sloane

—No puedo esperar un día más. Él no me dejaría aquí si supiera que estoy despierta. —Carrie está más alterada con cada minuto que pasa; está tan ansiosa que estoy contemplando la posibilidad de darle otro sedante solo para que se calme.

—Pues dame su número. Se lo haré saber. —Zeth. Se llama Zeth. Me resulta extraño tener un nombre que ponerle a su rostro, pero, al fin y al cabo, solo le puse rostro a la voz ayer, así que supongo que la situación al completo es extraña.

Carrie me echa una miradita que parece decir: «Buen intento, zorra».

—¿Y por qué no me empujas en una silla de ruedas hasta un teléfono de pago para que lo llame yo misma?

—Todavía no estás preparada para eso, Carrie. Estás demasiado débil.

Parece confundida.

—¿Carrie?

—Sí, Zeth me dijo que te llamas… —Me interrumpo al darme cuenta de lo estúpida que he sido.

Obviamente no me dijo su nombre real. ¿Por qué iba a hacerlo?

Pagó su tratamiento en efectivo (veintitrés mil dólares) y firmó los documentos como «K. Vonnegut», por el amor de Dios—.

¿Cuál es tu verdadero nombre? —Suspiro.

—Si Zeth dice que me llamo Carrie, me llamo Carrie. —Cruza los brazos por delante de su pecho y se mira con gesto sombrío las muñecas vendadas.

—Está bien, Carrie, no pasa nada si no quieres decírmelo, pero no vas a salir de esta habitación. Y más tarde, cuando baje la doctora Dixon, tendrás que contestar muchas preguntas.

—¿Es la loquera?

—Sí. Querrá saber por qué te hiciste esto a ti misma.

—¿Y quién dice que me lo hice yo? —Hace un puchero, como una niña malcriada, pero sus palabras me han acelerado el corazón.

—¿Por qué? ¿Lo… lo hizo Zeth?

—No, pues claro que no.

La chica está jugando conmigo. Y aunque, por una vez, hoy tenga tiempo, lo que no tengo son ganas de lidiar con ella. Prefiero ayudar a las enfermeras a cambiar las cuñas de los pacientes que soportar esta actitud.

—Está bien, lo que tú digas. Se lo puedes contar a la doctora Dixon cuando baje.

Carrie deja de fruncir el ceño y se incorpora, con el rostro inundado por fin de una emoción verdadera: miedo.

—¡No! Por favor… Yo… No puedo hablar con una psiquiatra.

No te vayas, por favor. —Alarga una mano hacia la mía, que tengo aferrada a los barrotes de la cama, y me coge débilmente de la muñeca.

Tardará un tiempo en recuperar la fuerza en las manos, teniendo en cuenta la profundidad de los cortes que se hizo—. Tú no lo entiendes —susurra.

—La doctora Dixon es fantástica, Carrie. Deberías confiar en ella. Tal vez pueda ayudarte.

—¡No puede! Por favor… Zeth es el único que puede. ¡El único! Lo necesito a él. Si me dejas aquí con esa psiquiatra, yo… te juro que la próxima vez no fallaré. Me mataré. Lo haré y será culpa tuya.

No suelo negociar con pacientes en situaciones como esta. Casi nunca están en condiciones de saber lo que les conviene, pero comprendo, al ver la desesperación que asoma a los ojos de Carrie, que me está diciendo la verdad. Se matará.

—Joder… —Exhalo y aprieto el puño—. Cuando me convertí en médica, hice una promesa, Carrie. Juré que mi prioridad sería no causar daños a mis pacientes, y considero que impedir que te visite la doctora Dixon es perjudicial para ti.

—¿Y consideras que morirme será perjudicial para mí? Porque es lo que va a pasar si esa zorra se atreve a intentar psicoanalizarme.

Joder, joder y joder. Me paso una mano por el pelo e intento pensar en una forma de convencerla de que está siendo una insensata. Pero no voy a lograr razonar con ella. Es evidente. Y es igual de evidente que necesita ayuda. Solo se me ocurre una forma de que las dos consigamos lo que queremos.

—Está bien. No te estoy diciendo que te vaya a ayudar a salir de aquí, porque no lo voy a hacer.

Eso va en contra de todo lo que represento como profesional sanitaria.

Necesitas al menos tres días más de reposo absoluto, y tenemos que comprobar la movilidad de tus manos para asegurarnos de que ningún tendón haya sufrido daños permanentes.

Pero… te voy a dejar mi teléfono y pasaré tres horas fuera, haciendo mis rondas de la tarde.

Y no te obligaré a ver a la doctora Dixon, pero quiero que a cambio te visite mi amiga.

Puedo pedirle que te vea de forma extraoficial para que no tengas que darle tus datos.

Ella niega con la cabeza antes de que termine la frase.

—Son todos iguales. Tu amiga no va a ser diferente, ¿vale?

Es evidente que no la voy a convencer. Está muy decidida.

—¿Cuántos años tienes, Carrie?

Responde a regañadientes, pero solo después de darle varias vueltas a mi pregunta y de decidir que proporcionarme esa información no le va a acarrear ninguna consecuencia.

—Veintiséis.

Asiento.

—Tenemos la misma edad. Y dime, Carrie… ¿Cuánto tiempo hace que te sientes… —«Suicida. Inútil. Aplastada por el caos de la vida»— así?

—Siempre me he sentido así.

No es que con su fanfarronería consiguiera ocultarme la verdad, pero ahora ha dejado de fingir por completo. No es más que una chica destrozada en un mar de sábanas de hospital, aferrada a mi muñeca todavía, como si necesitase el contacto físico para no ahogarse en ellas.

—Así que llevas veintiséis años sintiendo una desesperación tan terrible que quisiste terminar con tu vida.

A mí me parece horrible. Cuando miras hacia el futuro, ¿te imaginas sintiéndote así durante otros veintiséis años?

—Le tiembla el labio inferior, pero guarda silencio—.

¿No sería mejor que vieras a alguien que pudiera ayudarte a superar lo que te hace sentir así, sea lo que sea?

De ese modo, dentro de veintiséis años, podrás mirar atrás y ver la luz que ha iluminado tu vida, y no solo la oscuridad.

Carrie se queda en silencio con la mirada fija en sus rodillas, tapadas con las mantas. Si tuviera que apostarme algo, no me habría jugado dinero a que mi discursito tendría efecto, pero la chica me sorprende encorvando los hombros, derrotada.

—Vale, está bien. Iré a ver a esa amiga tuya. Una vez. Pero si no dice más que chorradas, me largo.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo. Y ahora dame el móvil.

—Vale. Acuérdate de dejarlo en el cajón de la mesita cuando termines. —«Cuando te vayas». No me puedo creer que haya accedido a esto.

A pesar de la mala sensación que se me clava en las entrañas cuando le doy el móvil, también siento que tengo tres pequeñas victorias en mi haber.

La primera es que me ha prometido que buscará ayuda.

Puede que no la cumpla, pero, si lo hace, tendré que rogarle a Pip que la acepte como paciente.

Sea como sea, esa semilla ya está plantada, y tengo esperanzas de que germine.

La segunda victoria es que saldrá de aquí hoy mismo, veinticuatro horas antes del plazo prometido por Zeth para venir a por mí.

Y la tercera es que probablemente la chica esté demasiado abrumada como para darse cuenta de que está tecleando el número de teléfono de ese cabrón en mi móvil.

Y tener su número será una gran victoria.

Habré recuperado mi poder. Una pequeña parte, al menos.

Y por fin tendré algo de ventaja sobre él.

Algo que podré darle a la policía si lo necesito.

Hago mis rondas vespertinas, con cuidado de evitar el ala este de la uci, donde está ingresada Carrie.

Lo último que quiero es encontrarme con Zeth cuando venga a sacarla a hurtadillas del hospital.

Al final de mi jornada, a las siete de la tarde, vuelvo a su habitación a buscar mi móvil.

Tal y como sospechaba, la cama de Carrie está vacía y la ropa destrozada que trajo ayer ha desaparecido.

Sin embargo, cuando abro el cajón de la mesita de noche, mis preciosas victorias se marchitan al instante.

Mi móvil no está donde le pedí que lo dejara. Se lo ha llevado.

«Mierda».