Sangre y rosas 1 11 Sloane
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11 Sloane

La mañana se me hace interminable porque trato de alargar las rondas todo lo posible.

Hago lo que está en mi mano para que las necesidades de mis demás pacientes me ocupen más tiempo del necesario, pero llega un momento en que ya no lo puedo seguir posponiendo.

He hecho todo lo que tengo que hacer, y como el doctor Patel hoy libra, la chica es mi responsabilidad.

Cuando entro en la habitación de Carrie, la encuentro dormida.

No está sola: la acompaña Kim Dixon, de psiquiatría.

Es una mujer encantadora. Cálida, maternal…

Es la primera persona a la que mandan cuando hay que evaluar a algún crío.

Carrie no es una niña, pero han debido de pensar que responderá mejor a una figura maternal.

—Hola, Sloane —susurra, metiendo el historial de Carrie de nuevo en el cajón que hay a los pies de la cama—. Me han dicho que con esta obraste un milagro.

—Lo hizo casi todo Suresh. —Sonrío, respondiéndole con el mismo afecto con el que me trata ella.

—Pobre chica —añade mirando a Carrie. La pobre ha vivido días mejores. Tiene unas ojeras muy marcadas y todavía está blanca como el papel—. Estoy aquí esperando a ver si decide despertarse. ¿Tienes idea de cuánto tardará?

—Ya no está sedada. Podría tardar un par de horas más… O un día, o más. Estaba bastante mal.

Kim se abraza a sí misma y hace un ruidito de desaprobación, todavía observando a la joven con el ceño fruncido. Siempre se toma estas cosas muy a pecho, aunque no conozca de nada al paciente.

—La gente siempre dice que el suicidio es la salida más cobarde, pero no podrían estar más equivocados.

Hacen falta unos nervios de acero para proponérselo y llevarlo a cabo de la forma en que lo ha hecho ella.

Es bueno que esté aquí, donde puede disfrutar del descanso que necesita.

Espero que desarrolle una perspectiva diferente sobre las cosas.

Tendrá todo un equipo de personas a su disposición, esperando para ayudarla.

Unos ojos marrón oscuro asoman a mis pensamientos. Trago saliva con dificultad, aunque no haya nada que me bloquee la tráquea. «No dejes que se le acerquen los putos loqueros. Que los de psiquiatría no le pongan las manos encima o me cabrearé mucho».

—Tiene suerte de haber acabado en el Saint Peter’s —susurro—.

No podría estar en mejores manos. —Mi mente se adentra en derroteros muy oscuros cuando me preocupo.

Tal vez Alexis esté viva. Tal vez esté sufriendo, igual que Carrie.

Quién sabe por qué cosas horribles habrá tenido que pasar…

No quiero ni pensarlo. Quizá también ella esté postrada en algún sitio, recuperándose tras tratar de poner fin a su vida.

Pero no la habrían llevado a un hospital; allí tendría demasiadas oportunidades de pedir ayuda. Demasiadas salidas por las que escapar.

Lex no habrá tenido la ayuda de una mujer como Kim, y ese pensamiento me provoca una tristeza devastadora. Ese chico, sea quien sea, está loco si cree que le voy a devolver a Carrie así como así. Loco de atar.

—Oye, Kim… La verdad es que no tengo ni idea de cuándo se le van a pasar los efectos del sedante, pero de momento ya he terminado mi trabajo. Salvo que surja una emergencia, tengo un poco de tiempo para quedarme con ella. ¿Por qué no vuelves a tu consulta? Iré a buscarte si se despierta.

Kim me sonríe como si yo fuera la persona más considerada del mundo.

—Gracias, Sloane. Tengo un montón de papeleo, y si no me encargo pronto de él lo único que va a hacer es crecer. ¿Tienes mi busca?

Le contesto que sí y se marcha, tras darme un cariñoso apretón en el brazo.

La chica está despierta. Lo sé perfectamente.

De hecho, lleva despierta un buen rato. Se está haciendo la muerta, sopesando la situación y probablemente tratando de decidir si estar consciente es seguro para ella.

Kim no ve pacientes cuando despiertan de la anestesia todos los días, como yo.

Carrie respira de forma superficial, acompasada y controlada, y no de la forma profunda y regular propia de los pacientes que están fuertemente sedados.

Cojo el sillón que hay junto a la ventana para acercarlo a la cama y me siento.

Desde allí, observo a Carrie mientras trato de decidir cuál es la mejor manera de proceder.

—Esta mañana he ido a tomar un café con una amiga —le digo—.

A veces es un poco estirada, pero siempre ha estado a mi lado cuando la he necesitado.

Así que hoy le he contado algo un poco turbio sobre mí.

Ha sido una conversación que llevaba tiempo pensando en mantener con ella, pero estaba esperando al mejor momento para sacar el tema, ¿sabes?

Lo de poner excusas se me da bastante bien.

Siempre acababa convenciéndome de no contárselo, así que, como hago con todo, lo he dejado para el último momento, hasta que ha pasado algo que me ha hecho pensar que ya no tenía elección.

Me ha dado muy buenos consejos que tenían todo el sentido del mundo, y mientras venía al trabajo, no hacía más que preguntarme: «¿Por qué no has podido tomar esa decisión tú solita, Sloane?»

. —Me apoyo en el respaldo del sillón y veo que a Carrie le tiemblan los párpados.

Me está escuchando—. Pero a veces cuesta mucho hacer lo que sabemos que debemos hacer, ¿verdad?

Cuesta tomar las decisiones que sabemos que son inevitables.

Estamos tan obcecados con nuestros propios problemas que no le vemos salida al lío en el que estamos metidos.

Es más fácil cerrar los ojos y seguir a ciegas, porque estamos demasiado asustados para reconocer que tenemos un problema.

La oscuridad que creamos nosotros mismos es mejor que la oscuridad que nos espera si abrimos los ojos.

Al menos, cuando somos nosotros mismos quienes nos encerramos en esa oscuridad, nos da la sensación de que tenemos el control.

No responde. No soy psiquiatra, así que no estoy cualificada para tratar de deshacer los enredos vitales de esta chica.

Pero siento mucha curiosidad por ella, por la razón por la que es tan importante para él, por saber quién es para él.

Por saber cómo acabó trayendo su cuerpo casi sin vida a mi sala de urgencias.

—¿Sabes qué? —prosigo—. Si estás asustada…

Si estás en una situación de la que crees que no hay escapatoria, deja que te lo diga ya…

Siempre hay una escapatoria. Siempre hay una salida.

Si necesitas algún lugar adonde ir, alguien con quien hablar, solo tienes que decírmelo. Yo puedo encargarme de que lo tengas.

Sus párpados vuelven a moverse. Esta vez abre los ojos.

Tiene los iris azul claro, del color del hielo compactado.

Como un iceberg. Y sus ojos están llenos de lágrimas.

La mayoría de la gente se volvería para mirarme, pero ella no lo hace.

Se queda mirando el techo; su pecho sube y baja mientras lucha contra sus emociones.

—No necesito tu ayuda. No necesito ningún lugar adonde ir. —Las lágrimas empiezan a brotar por las comisuras de sus ojos, y a perseguirse las unas a las otras por las sienes mientras caen hacia sus orejas—. Solo necesito a Zeth.