10 Sloane
El café del Fresco’s de hoy está especialmente malo, pero tampoco es una gran sorpresa.
Aquí todo está malo. No me sorprendería que el bagel que me he obligado a engullir como desayuno estuviera hecho con serrín.
Pero no importa. Por más que haya centenares de cafeterías mejores en la zona de Seattle, para Pippa y para mí el Fresco’s es una tradición.
Quedamos aquí desde que éramos un par de estudiantes que apenas llegaban a final de mes y que solo podían permitirse su café filtrado.
Mi mejor amiga aparece tan inmaculada como siempre: lleva el pelo peinado hacia atrás en un moño bajo clásico y un traje pantalón con la raya en los lugares exactos en los que debe estar.
En cambio, yo, con mis pantalones arremangados y mi camiseta de manga larga arrugada, tengo pinta de llevar tres días durmiendo con la ropa puesta.
Pippa entra como una exhalación en la cafetería y le sonríe a Marcus, el barista, que le llevará su expreso doble de siempre a la mesa sesenta segundos exactos después de que ella se siente. Coloca su bolso Louis Vuitton en el banco que hay frente a mí y se sienta con elegancia.
—Buenos días. Mira que eres cara de ver. —Ha pasado una semana desde la última vez que nos vimos. Para nosotras, es como si fuera una vida entera. Me guiña un ojo mientras se acomoda en la silla—. ¿Qué es tan urgente para que no pueda esperar? Esta tarde tengo a los pirómanos.
Pippa se decantó por la psiquiatría en lugar de por la medicina.
Nos graduamos a la vez. Hace catorce meses, consiguió el certificado de la Junta de Medicina Psiquiátrica, y ahora trabaja en una consulta en el centro donde trata a pacientes cuya sentencia contempla la asistencia obligatoria a terapia en alguna de sus variantes.
Como Pip es bastante obsesiva-compulsiva, agrupa las citas de los pacientes en función de los crímenes que hayan cometido.
Los lunes recibe a los acusados de violencia doméstica.
Los martes, a los ladrones. Los miércoles, a los pirómanos.
Y así sucesivamente. Son muchos los criminales violentos que entran en su consulta.
Podría haber elegido tranquilamente dedicarse a las amas de casa deprimidas y amantes del Prozac, pero ella quería algo más.
Me dijo que se sentía mejor si ayudaba a quienes realmente lo necesitaban.
Me quedo mirando el fondo de mi taza de café vacía. De repente, ya no estoy segura de si debo contarle lo que ocurrió ayer. Pero… creo que lo necesito. Es mi mejor amiga, pero, además, siempre ha sido capaz de ver las cosas con imparcialidad. Y eso es justo lo que necesito ahora mismo.
—Si te dijera que tengo un paciente con un problema sobre el que necesita hablar, ya sabrías que en realidad estoy hablando de mí, ¿no?
—Sí.
—Bueno. Vale. Pues entonces no me molesto en soltarte el rollo.
Marcus le trae el café a Pip. Ella da un traguito y me mira con una ceja enarcada.
—Sí, nos ahorraría un poco de tiempo.
—Bueno, pues… —Se lo tengo que soltar y punto—. Me acosté con un tío.
Escupe el café en la tacita.
—¿Qué? ¿Quién? ¡¿Cuándo?!
Ah, mierda. Esto va a ser un desastre. Pip siempre bromeaba con que moriría virgen.
—No es reciente. Fue… Fue hace dos años.
Se queda rígida. La expresión de incredulidad que lucía hace unos segundos se vuelve de escarcha. Está enfadada. Sabía que se enfadaría. Deja el café sobre la mesa, con la mirada fija en él.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque no… Porque no era algo que se cuenta mientras compartimos una tarrina de helado, Pip. Y tampoco es algo de lo que me sienta muy orgullosa.
—¿Qué quiere decir eso? Por Dios, no te atacaron, ¿verdad?
—No, no, claro que no. Pero… —Esta es la parte en la que o bien le cuento toda la verdad o me decanto por una versión más edulcorada.
Al final, soy una cobarde. Ella jamás pensaría mal de mí por lo que hice, pero no soy capaz de enfrentarme a la vergüenza que me supondría admitirlo.
Vendí mi virginidad a cambio de información.
Información que ni siquiera recibí, lo que, en otras palabras, significa que la vendí a cambio de nada—.
No conocía al chico. No sé ni cómo se llamaba.
Yo… estaba borracha. Lo hicimos en la oscuridad.
Ni siquiera podría decirte qué aspecto tenía hasta ayer.
Pip cierra los ojos y se presiona la frente con las puntas de los dedos.
«Por favor, no pienses que soy una guarra. Por favor, no pienses que soy una guarra».
—Sloane…, madre mía. —Suelta un gemido.
—Ya lo sé, ya lo sé.
—No sé ni por dónde empezar.
—¿Y si empezamos después de la parte en la que me juzgas?
—Ay, cariño… Yo nunca, jamás, te juzgaría. Es solo que… Es solo que quería algo especial para ti. Ya sabes, romanticismo, rosas rojas, champán, fuegos artificiales…
Empujo las migas del bagel que me quedan en el plato, que sigue sobre la mesa, y hago un puchero.
—Fuegos artificiales sí que hubo, créeme. Ni rastro de las otras cosas, pero fuegos artificiales sí.
Suspira y alarga las manos para apartar mi plato y cogerme la mano por encima de la mesa.
—Entonces llevas dándole vueltas a esto dos años y no me lo has contado… ¿por qué?
—Porque… porque no fue sexo normal.
Pippa me mira como si no lo entendiera, pero enseguida veo cómo le cambia la cara.
—O sea… que dejaste que te follara un tío cualquiera… ¿al que le gustaban las cosas raras?
—Más o menos.
—Y un momento… Antes has dicho que no supiste qué aspecto tenía hasta ayer. ¿Qué pasó ayer?
—Vino al hospital. Una amiga suya intentó suicidarse.
Exhala.
—Para esto voy a necesitar otro café. —Se va a pedir otro café para ella y otro para mí, y cuando vuelve tiene más preguntas preparadas—. No lo entiendo. ¿Cómo supiste que era él?
—Tiene una voz muy reconocible. Así que me armé de valor y le pregunté si había sido él, y… En fin, no lo negó.
—Vale, entonces, dejando al margen la conversación evidente que no deberíamos necesitar, esa referente a tomar decisiones con sentido común, ¿por qué este tipo te ha puesto tan nerviosa? ¿No habías tenido noticias suyas desde que ocurrió todo esto?
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
—Pues que… Me besó, más o menos. O estuvo a punto de hacerlo. Creo que más bien me lamió.
—¿Que te lamió? ¿Dónde? ¿Qué clase de persona hace eso?
Ignoro su retahíla de preguntas.
—Y fue mientras… —Respiro hondo. Allá vamos—. Y fue mientras me tenía, digamos, inmovilizada contra la pared… y agarrada del cuello.
Pippa aprieta los dientes.
—Así que sí, te atacó.
—Fue más bien una amenaza.
—¿Y por qué coño tendría que amenazarte?
—No quiere que ingresen a su amiga en psiquiatría. Supongo que cree que podré tirar de algunos hilos y conseguir que se corra un tupido velo sobre el incidente.
Pippa resopla.
—Pues te deseo suerte con eso, amiga. Si una chica intenta suicidarse, está obligada a, por lo menos, varias sesiones con un profesional. Pero, a lo que íbamos, ¿te lamió a la fuerza?
—No. Yo… Bueno, se lo permití, más o menos.
—Joder, Sloane. No sé, a mí todo esto me parece casi un motivo para llamar a la policía. ¿Por qué narices le dejaste hacerlo? ¿Está desequilibrado? ¿Lo estás tú?
Me río con amargura.
—Es una posibilidad, en ambos casos.
Ella entrelaza los dedos y frunce el ceño. No debería fruncir el ceño. Con eso revela demasiado.
—Ya sabes lo que te voy a decir, ¿verdad?
—Sí, sí. Ya lo sé. —Suspiro. Todo esto me supone un peso insoportable sobre las espaldas. Me siento mejor al haber compartido una parte de lo ocurrido, aunque todavía no he terminado—. Hay algo más, Pip. Puede que este hombre sepa algo sobre Alexis.
Esa información la deja petrificada. No suelo hablar sobre Lex. Casi nunca menciono siquiera su nombre, así que el hecho de que lo haya sacado a colación es importante.
—¿Cómo es posible? —pregunta. Salta a la vista que está haciendo todo lo posible por mantener la calma—. ¿Es que tuvo él algo que ver con su desaparición? Dios mío…
—No. Al menos, no lo creo. Yo… La verdad es que ahora mismo no puedo explicártelo.
Eso no le gusta un pelo. Resopla y me mira como si me hubiera vuelto loca.
—Esto me da muy mala espina, Sloane. Al margen del hecho de que no sabes nada sobre ese tío…
—Hace una pausa, como si se le acabase de ocurrir algo—.
¿Ahora sí sabes al menos cómo se llama? —Niego con la cabeza.
Está horrorizada—. Vale. O sea que no le ha dicho nada a la policía sobre el secuestro de Lex y tú no quieres contarme por qué crees que puede que tenga esta información misteriosa.
De eso deduzco que debe de estar metido en algo turbio.
Estará de mierda hasta el cuello, no tengo ninguna duda. ¿E intentó estrangularte?
—Ya lo sé. —Visto así, la verdad es que sí que parece horrible.
—Entiendo que quieras encontrarla, Sloane, pero ese tío parece peligroso. Me parece más probable que te apuñale a que te ayude a encontrar a Lex. Quiero que te mantengas alejada de él, ¿de acuerdo? No quiero que tengas nada que ver con él. Te lo pido por favor, Sloane. Hazlo por mí.
Escondo la cara en la taza de café. Sabía que actuaría así.
Sabía exactamente lo que diría, y estoy bastante aliviada, si soy sincera.
Ahora tengo un motivo para evitarlo como a la peste, aunque quizá posea alguna información acerca de dónde está mi hermana.
Debería contarle a la policía que ayer casi reconoció haber matado a Eli, y así ellos se podrían encargar del interrogatorio.
Yo no tendría por qué implicarme de ningún modo.
—Vale, sí, tienes razón. Me mantendré alejada de él —le digo, pero, por alguna razón, omito el detalle de que mañana volverá a venir al hospital. No le cuento que prometió que vendría a buscarme.
Siento una especie de inquietud alojada en las entrañas, una mezcla de culpa y expectación.
Nunca he sido dada a mentir ni esconder cosas, y hasta a mí me preocupa que lo único que le he ocultado en la vida a mi amiga está relacionado con este hombre.
¿Me estoy buscando un problema guardando secretos?
Aunque me parece una pregunta fútil. Cuando se trata de él, me da la sensación de que los problemas me encontrarán haga lo que haga.