9 Sloane
¿Abrigo? Sí
¿Bolso? Sí.
¿Llaves del coche? Sí.
Veinte horas después de que haya empezado la jornada del infierno, por fin parece que ha concluido.
Siempre que me vuelvo a poner mi ropa de civil me siento un fraude, como si solo estuviese fingiendo ser un miembro funcional de la sociedad, alguien que se compra ropa en las tiendas de las grandes marcas y se acuerda de combinar la chaqueta con el bolso de mano.
Con lo que más cómoda me siento es con uniforme sanitario, pero la gente te suele mirar raro si vas a hacer la compra con la ropa del hospital.
—Buenas noches, Sloane. ¿Mañana trabajas? —Jerry, uno de los camilleros, pasa casi tanto tiempo en el hospital como yo. Es un chico joven, de unos veintidós años, y tiene una familia cada vez más numerosa a la que alimentar. Trabaja todas las horas que puede.
—Claro, Jer. ¿Nos tomamos un café?
Él me sonríe.
—Cuenta con ello. Después de esta noche lo voy a necesitar.
Ya veo la salida cuando empiezo a ponerme nerviosa.
Aquí es donde sucede siempre: los catorce pasos que separan la recepción de la entrada son como un foco mágico.
Nueve de cada diez veces algo o alguien irrumpe a través de esa puerta mientras yo me dirijo a la salida, y acabo teniendo que dar media vuelta.
Diez pasos.
Cinco pasos.
Contengo el aliento.
He llegado a la puerta. El viento otoñal de Seattle me golpea, azotando mi cabello, cuando las puertas se abren y revelan un cielo nocturno despejado y de color azul marino oscuro.
Suspiro de alivio. Lo he logrado. Soy totalmente libre durante siete horas enteras.
Y voy a pasar todas y cada una de ellas metida en la cama. Será maravilloso.
Cuando ya estoy en el coche, saliendo del aparcamiento, un Camaro negro tuneado dobla la esquina a toda velocidad, haciendo rechinar las ruedas contra el pavimento, y está a punto de chocarse conmigo.
Mierda. Frena. ¡Frena! ¡¡FRENA!! Los dos damos un volantazo y el muy gilipollas me roza la carrocería. Toca el claxon sin detenerse.
No sé quién está al volante de ese vehículo, pero está aterrorizado. Y solo hay una razón por la que un coche entraría a toda velocidad en el aparcamiento de un hospital, y es por una emergencia. Meto marcha atrás con tanta fuerza que sale humo de las ruedas de mi coche.
El Camaro se dirige a las puertas que yo acabo de dejar atrás y me golpea una oleada de remordimientos. En fin, ya me puedo ir despidiendo de esas siete horas. Maldita sea, ¿por qué siempre estoy tan empeñada en castigarme?
Treinta segundos después, ya he vuelto a aparcar y estoy entrando en el edificio.
Una enfermera está pidiendo asistencia por megafonía y un tipo vestido de negro está inclinado sobre una niña tirada en el suelo.
A su lado hay una manta empapada de sangre que ha quedado abandonada.
Le da una bofetada a la niña en la cara y yo me agacho a su lado sin pensar.
Lo cojo de la muñeca y le doy un empujón con tanto ímpetu que pierde el equilibrio y se cae de culo.
—Apártate de ella. Déjame ver.
Él suelta una exclamación gutural y entrecortada mientras yo echo un vistazo a la pequeña.
No es tan joven como pensaba en un principio, pero es muy menuda.
Tiene el pelo rubio pálido teñido de rosa a causa de la sangre y las caras internas de las muñecas hechas jirones.
Tardo un segundo en recuperar la compostura.
Si se ha hecho esto, está claro que estaba decidida a morir.
—¿Cuánta sangre ha perdido? —pregunto mientras compruebo su pulso.
Me inclino para acercarle la oreja a la boca, para ver si la oigo respirar.
Muy débilmente, pero sí, respira. Y también tiene pulso, aunque filiforme.
Alzo la vista; todavía estoy esperando una respuesta.
El chico que la ha traído está apoyado sobre los codos, mirándome con la boca abierta.
Tiene los ojos enormes, de un color tan oscuro que es casi negro.
Parece en estado de shock—. Escucha, de verdad necesito saber cuánta sangre ha perdido —insisto.
—No… No lo sé. Estaba en la bañera.
Susurra tan bajo que apenas lo oigo. Tiene la camiseta pegada a la piel, ajustada al pecho.
Así que la encontró en la bañera y se metió a sacarla.
Suresh Patel, uno de los médicos de guardia, llega un segundo después y me ayuda a subir a la chica a una camilla.
Tiene la temperatura corporal muy baja, y sus constantes vitales son muy inestables.
Le doy un cincuenta por ciento de posibilidades de sobrevivir, y eso siendo generosa.
De nuevo absorbida por el hospital, trabajo para salvar a la diminuta mujer.
Pasan horas. Le transfundimos varios litros de sangre y nos vemos obligados a envolverla en cuatro mantas antes de que su temperatura aumente lo suficiente como para atrevernos a llevarla a quirófano para arreglar el desastre que se ha hecho en las muñecas.
Cuando voy en busca del tipo que la ha traído, ya son las cinco de la madrugada. Lo encuentro sentado en un pasillo, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Levanta la mirada, me ve y entonces hace algo completamente inesperado: se pone de pie y se larga. Y muy rápido.
—¡Perdona…! ¡Eh! —Se detiene, pero no se da la vuelta de inmediato. Espera unos instantes, como si se estuviera preparando—. Necesito que me des algunos detalles sobre tu novia. No puedes irte y dejar que se despierte sola.
Por fin se da la vuelta. Tiene los dientes tan apretados que se nota cómo le palpita el pulso en las venas de la frente.
Se limita a mirarme fijamente. La camiseta ya se le ha secado, pero sigue tan pegada a su cuerpo que no consigo apartar la vista, y, además, como tiene las mangas un poco arremangadas, quedan a la vista unos bíceps fuertes y cubiertos de tatuajes.
La tinta azul, roja y negra baja por sus brazos trazando unas ondas.
Lleva el pelo casi negro despeinado y todavía mojado, con mechones tiesos que apuntan en todas direcciones.
Está buenísimo. Me regaño a mí misma al darme cuenta de cómo lo estoy mirando.
«Estás enfadada con él, Sloane, ¿o no te acuerdas? Se estaba largando. Iba directo hacia la puerta».
—¿Te crees al menos capaz de contextualizar un poco la situación antes de que desaparezcas en el atardecer?
O amanecer —le espeto. Él parpadea y cruza los brazos por delante de su pecho.
Abre la boca para contestar, pero cambia de opinión.
Frunce el ceño y se vuelve hacia la puerta; es evidente que todavía está considerando largarse.
El muy cabrón—. Pensándolo mejor, si esto ha sido culpa tuya, igual sí que es mejor que te vayas —le suelto.
La chica no tiene moratones en el cuerpo, pero he visto suficientes casos de violencia doméstica para saber que no siempre es física.
Es posible que este tío le haya hecho la vida tan imposible a esa chica que, simplemente, haya querido ponerle fin.
Además, las cicatrices que lleva en los brazos también cuentan una historia. Este no ha sido su primer intento.
El tipo alto, guapo y misterioso me fulmina con la mirada con tanta furia que reconsidero mi sugerencia anterior. Se encara conmigo de verdad, como si ahora estuviera decidido a quedarse, y, por fin, dice:
—No —gruñe—. No soy su novio. Y no la voy a dejar sola.
Me da un vuelco el estómago.
Esa… esa voz…
Santo Dios…
Me llevo un dedo a los labios y analizo hasta el último milímetro de su rostro.
—¿Te conozco? —susurro.
Una sonrisa cruel se le dibuja en la boca.
—No.
Me embarga el alivio, pero mi cuerpo no acepta su negativa.
—Juraría que reconozco tu voz.
—Nací aquí. Hablamos todos igual, cariño.
—Se empeña en negarlo, pero con cada palabra que pronuncia se me retuercen un poco más las entrañas.
Oigo esa voz en mis sueños. La reconocería en cualquier parte.
Sé que no me equivoco. Estoy segurísima de que no me equivoco.
Es… es él. El chico que ha traído a esa chica menuda y rota es el mismo que me ató y me folló hasta hacerme perder el sentido hace dos años.
El chico que me robó la virginidad. Sus ojos taciturnos se clavan en mí con tanta intensidad que comprendo que está esperando a que yo caiga en la cuenta.
—Yo… Necesito saber quién es tu amiga —balbuceo, y él sonríe. Y ver la sonrisa de este tío es algo traicionero y salvaje, que quita el aliento. Es un gesto tan incisivo que podría desollar a un hombre.
—Se llama Carrie.
—¿Tiene seguro?
Niega con la cabeza. No aparta los ojos de los míos.
—Pagaré yo.
—Tendrás que ir a hablar con recepción y darles los datos de tu tarjeta de crédito. Y tu nombre.
Esboza una sonrisilla de suficiencia y baja la vista hacia los zapatos. Luego vuelve a alzar la mirada hacia mí y me contempla desde debajo de esas cejas tan oscuras.
—Pagaré en metálico. Y no hay ninguna necesidad de que sepas mi nombre. Lo mejor es que te olvides de que he estado aquí.
Da un paso atrás, todavía con los brazos cruzados, y es entonces cuando actúo sin pensar. Una parte de mí ya se está preguntando dónde estará el teléfono más cercano para llamar a la policía, pero la otra lo sigue pasillo abajo. Maldito sea mi estúpido cuerpo…
—¡Espera! Yo… Nomehagashaceresto —balbuceo.
Me sonríe con suficiencia.
—¿Hacer el qué?
—¡No lo sé! Yo… Fuiste tú. Admítelo. Admite que fuiste tú.
Se le borra la sonrisa y su mirada se torna fría y calculadora.
—Yo no le he hecho daño a Carrie.
—No me refiero a eso y lo sabes.
Hace una mueca, y con ese gesto desaparece cualquier duda que podría haber seguido albergando. Porque esos labios… Quizá la oscuridad no me permitió verlos en su día, pero sin duda los sentí. Es él. Y ahora se da cuenta. Ha comprendido que estoy segura.
—Quizá sí sepa a qué te refieres. Eso no cambia el hecho de que deberías olvidar que he estado aquí. Es lo mejor para todos los implicados. No te conviene conocerme, cariño.
Su arrogancia no tiene precedentes. Doy cuatro pasos a toda prisa y le clavo un dedo en el pecho.
—¡Tú!
Visto tan de cerca, es tan alto que da miedo.
—Yo —admite.
Le hago la pregunta que lleva dos años grabada a fuego en mi mente.
—¿Tuviste algo que ver con la muerte de Eli?
Aparta la vista y se muerde el labio inferior. Es el «sí» más claro que he visto en mi vida.
—Digamos que… Eli y yo tuvimos un desacuerdo.
—¡Mierda! Lo sabía. ¿Te llevaste tú los documentos de Lex?
Es como el doctor Jeckyll y Mr. Hyde. Un minuto está ahí plantado, mirándome como si yo fuera un genio y pudiese desaparecer en una nube de humo de un momento a otro, y al siguiente en su expresión no queda más que la ira más pura y descarnada.
Me coge de la muñeca y, veloz como un rayo, me empuja contra la pared.
A estas horas de la mañana el pasillo está desierto, así que estoy completamente sola.
Vulnerable. Me aprieta el cuello con la mano, con la fuerza justa para que me cague de miedo.
—¿Te gusta esta sensación, Sloane?
Cuando oigo mi nombre salir de su boca se me llenan los ojos de lágrimas. Ha sabido quién soy yo desde el principio. Niego con la cabeza y, con voz ahogada, contesto:
—No.
—Entonces tendrás que tratar a Carrie. Asegúrate de que se ponga bien.
Vendré a buscarla dentro de dos días. No dejes que se le acerquen los putos loqueros.
Que los de psiquiatría no le pongan las manos encima o me cabrearé mucho.
—Presiona su cuerpo contra el mío. Es como un muro de músculos y testosterona.
Estoy demasiado asustada para hacer cualquier cosa que no sea asentir, pero entonces algo cambia.
Quizá me esté engañando a mí misma, pero juraría que se le suaviza la mirada—. ¿Te acuerdas? —susurra.
Asiento.
—¿Y cuando cierras los ojos?
Sé lo que me está preguntando.
—Sí —contesto.
—Pues hazlo. Cierra los ojos. —Me aprieta un poco más el cuello y doy un respingo. Miro largo rato a las profundidades insondables de sus ojos y entonces, igual que hice la última vez, le obedezco. Cierro los ojos.
Cuando sus labios rozan los míos con suavidad, se me queda la mente en blanco.
Respira de forma acelerada, jadeante, caliente contra mi boca.
Tiene un efecto devastador en mí. ¿Qué coño se supone que tengo que hacer?
¿Debería besarle? ¿Darle un rodillazo en las pelotas?
Pero entonces él toma la decisión por mí, porque saca la lengua y recorre con ella mis labios entreabiertos, con cuidado, con afecto, como si me estuviera saboreando.
Reacciono sin pensar. Me pongo de puntillas y me inclino hacia él. Sin embargo, no me besa.
—Dos días, Sloane. Dentro de dos días vendré a por ti —susurra.
Y entonces solo sé que me estoy resbalando por la pared hacia el suelo. Cuando abro los ojos, lo único que veo son sus botas negras alejándose.