8 Zeth
Tengo quince minutos para llegar a casa antes de que Lacey empiece a subirse por las paredes.
He estado fuera todo el día, esperando para hablar con Charlie —era la primera vez que lo veía desde que Matty me pegó aquel balazo—, y mi invitada codependiente se ha vuelto todavía más codependiente durante ese tiempo.
En realidad, olvidémonos del prefijo. Es dependiente y punto.
Apenas he empezado a vislumbrar la superficie de la historia que la chica lleva a cuestas.
Me contó que habían pasado algunas cosas muy jodidas en su casa cuando era niña, pero sé que hay algo más.
Sé que ha tenido una infancia bastante peor que la mía.
Charlie es un cabrón perturbado y lleno de odio de lunes a domingo, pero me salvó la vida.
Si no me hubiera sacado de casa de mi tío a los seis años, ahora estaría muerto.
Sabes que tienes problemas graves cuando eres un jovencito impresionable y estás deseando que un narcotraficante inglés y psicótico venga a rescatarte.
Aunque no sé si eso es lo que desea Lace.
Lo único que sé es que se le va la olla cuando paso mucho tiempo fuera de casa.
Joder, si pudiera volver atrás en el tiempo, digamos quince meses, y tener una conversación con mi yo pasado, este me daría un navajazo en las costillas por haberme ablandado tanto.
Es que… hostia. Estoy volviendo a casa corriendo por una mujer. Y ni siquiera me la estoy follando.
El móvil de Lacey me da tono cada vez que la llamo, pero no contesta, y eso hace que me suden las manos como a un violador al que hayan mandado al talego.
Pasé una temporada en Chino. Digamos que fui testigo de primera mano de lo que les pasa a los tipos que fuerzan a otros, ya sean mujeres, niños o animales.
Lo que sea. Un violador en una cárcel como esa tiene los días contados.
—Vamos, Lacey, joder. Coge el puto teléfono.
—Pero no coge el puto teléfono. ¿Para qué cojones me molesté en dárselo?
Sobrepaso todos los límites de velocidad y me salto todos los semáforos en rojo que me encuentro de camino a casa, pisando el acelerador del Camaro a fondo.
Cuando por fin llego, ha empezado a llover.
La nave industrial es una fortaleza de dos plantas cuya intimidante silueta contrasta sobre el cielo teñido de tormenta.
Las enormes puertas de acero, cubiertas de pintura roja descascarillada, están cerradas y con las cadenas puestas, tal como las dejé, pero Lacey tiene llave.
Podría haberse marchado si hubiera querido, y, sin embargo, la música que se oye en el interior me dice que no se ha ido a ninguna parte.
Quizá sea la razón por la que no ha oído el móvil.
O eso espero. Y la esperanza es una hija de puta.
Sé que la he cagado en cuanto cruzo la puerta.
Está todo patas arriba: hay muebles rotos y tirados por el suelo, como si fueran pedazos de leña.
El televisor está roto, pero todavía funciona lo suficiente como para producir un ruido que te perfora los tímpanos y para ofrecer una imagen distorsionada.
Hay botellines de cerveza rotos por todas partes y ropa tirada también por todas partes, tanto mía como de Lacey. Mierda.
—¡Lacey! ¡LACE, ¿QUÉ COÑO ES ESTO?! —Cruzo el salón principal e irrumpo en mi cuarto.
A veces, cuando lo está pasando muy mal, se esconde en mi cama.
Yo nunca estoy metido en ella cuando lo hace, claro, pero ella dice que le infunde seguridad.
Pero no está en mi cama. Ni tampoco en la suya.
El pánico alcanza niveles estratosféricos cuando la encuentro en el baño.
Lo ha vuelto a hacer, joder.
Tiene la piel azulada y cetrina. Está flotando en la bañera, totalmente estirada, y el agua que rebosa está teñida de un ofensivo color carmesí. Me tiro al agua para sacar su cuerpo flácido. No pesa nada; es como un cuerpo sin vida en mis brazos.
—Que te den, Lacey. Que te jodan, en serio.
Se ha destrozado las putas muñecas. La envuelvo en una manta, la echo en el asiento del copiloto del Camaro y arranco. La llevo al único lugar en este planeta al que no quiero ir. El lugar al que me negué a ir cuando fui yo el que se metió en un lío.
Al hospital Saint Peter’s Mission of Mercy.