7 Zeth
Charlie se fue de Inglaterra en los ochenta, pero treinta años no han bastado para borrarle el acento cockney. Cuando lo conocí, tardé mucho en entender qué narices me estaba diciendo, pero ahora lo entiendo a la perfección.
—¿Es que tengo que limpiarte las orejas, muchacho? Cómo odio repetirme. Mi negocio de importación y exportación no es asunto tuyo.
Ahora que lo miro, sentado detrás de esa imponente monstruosidad de escritorio, es fácil entender por qué los chavales más jóvenes se cagan de miedo.
De hecho, hasta los más viejos se cagan de miedo.
Es como una especie de Robert De Niro hipertrofiado, solo que mucho más imponente.
Ya está rondando los setenta, pero el tío sigue follándose a todo lo que se mueve, esnifándose cualquier cosa que sea mínimamente blanca y polvorienta y matando a cualquiera que lo mire de reojo.
Sin embargo, fue él quien me introdujo en este mundo de violencia, así que yo no me siento intimidado por él.
Han pasado tres semanas desde lo de Matty. Tres semanas desde que me sacó la bala del hombro un idiota que no hacía más que balbucear porque tenía tanto miedo que no podía ni mirarme a los ojos. Tres semanas que me he tomado para recuperarme y husmear un poco.
—Ni siquiera sabía que tenías un negocio de importación y exportación, Charlie. Yo pensaba que les comprabas el producto a los Lockland. O a los Black Talons cuando no te quedaba más remedio.
Abre un cajón de su escritorio y saca una cajita de madera con una flor de lis grabada en la tapa.
Esa caja es, para mí, casi una reliquia de mi infancia.
Charlie solía sentarme en su rodilla y enseñarme a liarle los porros.
Siempre los ha guardado en esa caja. Aunque no me ha pedido que se los líe desde que tenía diez años. Han pasado veintitrés desde entonces.
—Hay muchas cosas sobre mis negocios que no sabes, Zeth.
No es culpa tuya, lo sé. Después de acogerte bajo mi protección, me pasé años observándote, pensando en mi fuero interno: ¿dónde encajará mejor en mi organización este chavalín cuando ya le hayan crecido pelos en los huevos?
Observé y observé. Y tomé notas. ¿O no? Si hubieras mostrado aunque fuese un mínimo de instinto para estos asuntos, te habría involucrado en esa parte del negocio y estarías al tanto de mis actividades paralelas.
Y de todo lo que tiene que ver con ellas.
Pero no es eso lo que vi en ti, ¿o no, Zeth?
Lo que vi fue a un cabrón salvaje con un pronto de cojones, así que pensé que era mejor usarte para otras cosas.
Otras cosas que llevan bastante tiempo ya financiando tus correrías.
El mensaje está muy claro: no muerdas la mano que te da de comer. A Charlie siempre le han gustado los refranes. No cagues donde comes. A caballo regalado no le mires el diente. Te haces una idea. Así que, sin levantar la voz, respondo:
—Valoro mucho todo lo que has hecho por mí, Charlie. Ya sabes que no va de eso.
Termina de liarse el porro. Se lo pone en la boca, aprieta los labios y lo alisa, compactándolo y sellándolo.
Cuando se lo enciende, el aroma dulce y pegajoso de la marihuana se eleva por la estancia.
Contiene el humo en los pulmones antes de exhalar y me clava una mirada penetrante, con los ojos azules como el hielo.
—¿Y de qué va entonces, exactamente?
—De las chicas. De secuestrar y vender chicas, de robarlas de sus casas.
—No te tomaba por un tipo tan sentimental, Zeth.
—No soy sentimental. Basta con no ser un monstruo.
Esa frase le arranca una sonrisa de oreja a oreja.
—Los dos sabemos que eso es precisamente lo que eres. Un monstruo.
Puede que sea cierto, pero hasta yo tengo mis límites. Y, para mí, traficar con chicas para prostituirlas es, sin duda, pasarse de la raya.
—Dime la verdad, ¿quieres? ¿Hablaba en serio Matty cuando me dijo que llegó al puerto un contenedor tuyo lleno de chicas muertas?
Charlie se quita un poco de tabaco de la lengua y lo tira.
—Si insistes en saber la verdad, pues vale, sí. Diecisiete putas muertas. Tuve que untar bien a las autoridades portuarias para hacerlas desaparecer. Un lío de cojones.
Aunque ya sabía que era cierto antes de que me lo confirmara, una pequeña parte de mí estaba deseando estar equivocada. Me levanto de golpe de la silla, que sale despedida hacia atrás y cae al suelo con un fuerte estrépito. Charlie observa mi reacción sin inmutarse.
—¡Me mentiste, joder!
—¿Tengo yo alguna obligación contigo, Zeth? —me pregunta tranquilamente.
Aprieto los dientes.
—No.
—¿Te debo algo?
—No.
—¿Entonces qué te hace pensar que me voy a prestar a un interrogatorio como este?
Y encima viniendo de ti. Ya me pareció que se te había aflojado un tornillo cuando me preguntaste por las chicas la última vez.
Tenías esa cara de puto loco… —Me señala con poco entusiasmo y hace una mueca—.
Esa cara que solo se te pone cuando tienes algo bien metido por el culo, con los ojos inyectados en sangre.
—Mandaste secuestrar a una chica. Una chica de Seattle, hace dos años y medio.
¿Dónde está ahora? —Apoyo las manos en el escritorio de Charlie.
Estoy haciendo todo lo posible para contener a la criatura salvaje que habita dentro de mí y que está ansiosa por darle una paliza.
Charlie sonríe con benevolencia, como si mi ira le resultara enternecedora.
Como si yo fuera un cachorrito enseñándole los dientes. El muy hijo de puta…
—No me llevo a chicas de aquí. No cago donde como, eso lo sabes perfectamente.
«¿Ves?».
—Pensaba que sabía muchas cosas sobre ti, pero al parecer estaba equivocado.
—Pero ¿qué coño te importa a ti una zorra que se llevaron hace dos años? —Tira el porro en el cenicero de cristal gigantesco que le hace de centro de mesa.
—Para mí, no significa nada.
—No obstante, sí que significa algo para otra persona, ¿o no? ¿Para quién? ¿Esa zorrita a la que hace un tiempo tienes metida en casa?
Sabe que Lacey existe, pero nunca la había mencionado antes. Se siente tan por encima de ella que ni repara en su existencia.
—No. Esto no tiene nada que ver con ella.
Charlie gruñe.
—En cualquier caso, no puedo ayudarte, hijo. Yo no sé nada de ninguna puta desaparecida. Yo en tu lugar me olvidaría del asunto. Me da en la nariz que llevas dos años arrastrando esta mierda… y si sigues arrastrándola mucho más tiempo, me parece que tú y yo vamos a tener un problema.
Ladeo la cabeza, tomando en consideración la expresión amenazante en el rostro de Charlie. Oh, él y yo ya tenemos un problema. Lo que pasa es que él todavía no lo sabe.