Sangre y rosas 1 6 Sloane
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Lo perdemos.

A veces, por mucha sangre, sudor y lágrimas que viertas sobre alguien, todo lo posible no es suficiente.

Gary Saunders, de veintisiete años, se desangra en la mesa de quirófano mientras el doctor Massey y yo luchamos por salvarlo.

Sin embargo, sus órganos internos estaban hechos pedazos, y a veces no se puede hacer nada por evitarlo.

He aprendido a aceptar desenlaces como este.

No me siento culpable. Soy un ser humano, y mi capacidad tiene un límite.

Cuando cruza estas puertas, la gente se olvida de que están depositando su confianza en meros mortales.

Yo no soy Dios. Ni siquiera estoy cerca de obrar milagros.

Algunos días puedes salvar a gente, y esos son los días con suerte.

Los días buenos que te hacen sentir que el sol brilla un poquito más.

Pero luego también están los días de mierda. Los días como este.

Soy la encargada de comunicarle a la esposa embarazada de Gary que su marido ha fallecido.

Es un trabajo que me asignan a menudo. Mis colegas creen que tengo una habilidad especial para dar noticias terribles cuando en realidad soy igual que ellos.

Me duele muchísimo, como a ellos; la diferencia es que yo soy capaz de distanciarme del dolor.

Soy experta en distanciarme del dolor. Si fuese un deporte olímpico, tendría medalla de oro.

Me dirijo a la sala de espera para los familiares y llamo suavemente a la puerta.

Dentro, una mujer morena con barriga de embarazada se vuelve para mirarme…

y me da un vuelco el corazón. El historial médico que llevo en la mano se me cae al suelo.

—¿Lex? ¿Alexis? —Me doy cuenta de que me he equivocado una fracción de segundo después de que el nombre se me escape de los labios. No es ella.

Esta mujer es mayor de lo que Lex sería ahora, y tiene los ojos de un marrón diferente, un poco más claro, casi avellana. Me mira con el ceño fruncido.

—¿La conozco?

—No, no, perdone. Por un instante, me ha parecido que era otra persona.

—No pasa nada. Me alegro de ver a otro miembro de la raza humana.

Llevo horas esperando y nadie me dice nada.

¿Puedo ver a Gary ya? Se va a enfadar muchísimo si tiene que faltar al trabajo.

¡No ha estado ni un solo día de baja en su vida!

—parlotea. Está sonriente, y comprendo por qué: ha forzado una sonrisa en la cara para no echarse a llorar mientras esperaba sola en esta sala extraña.

Sin embargo, por mucho que se comporte como si no pasara nada… Lo sabe. O al menos lo sospecha.

—Lo siento, señora Saunders. ¿Puedo sentarme un momento con usted? —Y la farsa se desmorona. Cuando se deja caer en la silla, ya ha entrado en la primera fase del duelo: la negación.

—No, no… No, me dijeron que todo iría bien. Debe de haberse equivocado. Por favor… ¿puede ir a asegurarse de que es conmigo con quien tiene que hablar?

Soy la Parca. Una representación física de la muerte. Mi rostro es el que asociarán para siempre con la peor noticia que habrán recibido en la vida.

—Soy la doctora Romera, señora Saunders. —Cierro la puerta tras de mí para aislarnos dentro de la sala—. Soy una de las médicas que han operado a su marido. Me temo que sí, que es con usted con quien debo hablar. Lo siento mucho, pero Gary no ha sobrevivido a la operación.