Sangre y rosas 1 5 Sloane
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—Diez mililitros de epinefrina. Avisad a quirófano de que vamos para allá.

—Sí, sí… Yo me encargo.

Levanto la vista y veo que el residente de primer año, delgaducho y con un corte de pelo horrible, sigue ahí plantado, mirando fijamente al hombre que se está desangrando en la camilla, delante de él. El hombre dentro del cual tengo metida la mano hasta la muñeca.

—¿A qué esperas? ¡¡CORRE!!

Cada nueva hornada de residentes es una pesadilla.

Están tan verdes que no le sirven a nadie para absolutamente nada, y encima, entre los miembros cercenados, las víctimas de herida de bala y el mundo que se desmorona sobre nuestros hombros, se supone que tenemos que enseñarles cómo curar a la gente.

Se supone que se lo tengo que enseñar yo, lo que es una locura porque acabo de aprender cómo se hace.

—Está entrando en parada, doctora Romera.

¿Adrenalina? —pregunta la enfermera. Lo último que necesita este hombre es adrenalina.

Ya tiene el corazón lo bastante agotado.

Lo que le hace falta es que le reparen el agujero que tiene en la barriga.

Dios sabe cuántos órganos internos le ha destrozado la bala.

No lo sabré hasta que lo abra como es debido y limpie toda la sangre.

Ahora mismo no se puede saber nada salvo que este hombre va a morirse si no hacemos algo. Y pronto.

—No, al ascensor, rápido —le digo a la enfermera.

Ella asiente, desbloquea las ruedas de la camilla y empieza a dar órdenes a su equipo sin ni siquiera parpadear.

Grace es una auténtica profesional. Probablemente, sería capaz de salvar a este tío ella sola si tuviera que hacerlo, aunque la mitad de las enfermeras de este hospital serían capaces si llegara el caso.

Están extremadamente infravaloradas, mal pagadas y sobreexplotadas.

Guiamos la camilla hasta el ascensor a toda prisa, yo todavía con las manos dentro del paciente.

Mientras esperamos a que llegue, mirando fijamente la cuenta atrás de los números, me balanceo sobre los talones.

Los ascensores ya no me angustian. Ya van muchos viajes como este; me han insensibilizado respecto a los espacios cerrados.

El hospital solo tiene cuatro plantas, pero parece que pasa una eternidad antes de que se abran las malditas puertas.

Por fin se abren y de nuevo empezamos a correr contra el tiempo.

—¡Adentro, adentro! ¡Aparta! —El novato al que he mandado a avisar a quirófano, Mikey, creo que se llama, llega justo a tiempo, antes de que se cierren las puertas—. ¿Saben que vamos de camino?

—Sí.

—Está en parada, doctora Romera —dice Grace justo cuando los monitores de las pulsaciones y la presión arterial empiezan a pitar. Saco las manos del hombre, cojo a Mikey y lo empujo hacia el paciente.

—Aguántalo cerrado.

Cuando señalo las heridas del paciente, Mikey me mira como un conejito asustado delante de los faros del coche.

—¿Qué… qué quieres decir?

Le cojo las dos manos y las coloco donde necesito que estén.

—¡Quiero decir que aguantes los putos intestinos de este hombre dentro de su cuerpo!

No sé si Mikey obedece mi orden o no. No pierdo más tiempo. Me inclino todo lo que puedo sobre el paciente y empiezo con las compresiones en el pecho.

«Uno, dos, tres, cuatro, cinco…».

Las autoridades correspondientes decidieron hace un tiempo que no era necesario insuflar aire en los pulmones de un paciente en parada, que la prioridad número uno es conseguir que el corazón siga bombeando.

De todos modos, Grace se pone manos a la obra.

Empieza a ventilarlo con el ambú, forzando bocanadas regulares de oxígeno a entrar en sus pulmones, mientras yo continúo con mi tarea.

Las puertas se vuelven a abrir.

—Vale, adelante. —No puedo seguir con las compresiones y correr al mismo tiempo, así que me subo en la barra de metal que hay en la parte inferior de la camilla y sigo así hasta el quirófano.

Cuando estaba tan verde como Mikey, veía hacer esto a los médicos y nunca fui capaz de imaginarme lo bastante serena como para hacerlo.

Pero en los últimos cuatro años han cambiado muchas cosas.

La desaparición de Lex y mis intentos por dar con ella me han cambiado de una forma tan radical que ya no soy la misma persona que era entonces.

Ahora soy la clase de persona que debo ser para alcanzar la excelencia en este campo.

Fría. Calculadora. No permito que la presión pueda conmigo.

Hago lo que hay que hacer. Todo empezó en aquella habitación de hotel en la que vendí una parte de mí misma.

En la que apagué la parte de mí que me habría impedido hacer lo que fuera necesario.

La primera operación quirúrgica que llevé a cabo fue a mí misma. Me extirpé la debilidad del cuerpo con un bisturí romo y me regodeé en el glorioso vacío que quedó en su lugar.

Cuando llegamos al quirófano tres, el equipo de enfermeros ya nos está esperando.

Llevo doscientos cincuenta segundos manteniendo con vida a nuestro paciente, aún sin identificar.

Se nos acaba el tiempo. El doctor Massey ya está preparado para intervenir cuando aparecemos en la antesala esterilizada que separa el pasillo del quirófano.

Massey es bueno, es un as con las urgencias. Casi sonrío de alivio al verle la cara.

—Paciente no identificado, accidente de tráfico, lesiones internas desconocidas.

La presión arterial se ha desplomado entre la planta baja y el segundo piso.

—Massey asiente con el rostro oculto tras la mascarilla, pero detecto la seguridad en sus ojos, que me informan de que lo tiene todo bajo control.

—Ve a lavarte y entra en el quirófano de inmediato. Tiene pinta de ser un trabajo para dos pares de manos.

Los enfermeros de quirófano cogen la camilla y desaparecen por las puertas junto con mi paciente. Mi paciente, el mío. Cuando has tenido las manos dentro de una persona, se convierte en tu responsabilidad, viva o muera.

—Madre mía. —Mikey está a mi lado con los guantes de nitrilo manchados de sangre y el uniforme sanitario empapado de rojo. Parece que acabe de cometer una matanza—. Qué intenso.

—Querrás decir qué chapuza —le corrijo—.

No te puedes quedar paralizado, Mikey. Si dudas, te cobras la vida de alguien.

—Me siento como si le acabase de dar una patada a un cachorrito.

Mikey tendrá solo unos tres años menos que yo, pero, en nuestro mundo, tres años de experiencia son una vida entera.

Sin embargo, a mí no me va a ablandar mirándome con ojitos de cordero degollado.

Aquí no se nos permiten emociones como el arrepentimiento.

El arrepentimiento significa que hemos hecho algo mal, o que no hemos hecho lo suficiente.

Y en este hospital no hay margen ni para hacer las cosas mal ni para quedarnos cortos.

—¿Lo vas a salvar? —pregunta Mikey.

¿Podré salvarlo? ¿Podré hacer por este paciente lo que no pude hacer por mi propia hermana? Le digo a Mikey lo mismo que me digo a mí misma cada mañana antes de poner un solo pie en este hospital.

—Lo voy a intentar. Haré todo lo posible.