Sangre y rosas 1 4 Zeth #2
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4 Zeth #2

En realidad, sé que quien lo dijo fue Billy Pilgrim, de Matadero cinco, de Vonnegut, pero hago como si no.

Eso implicaría admitir que leí un libro en el instituto antes de abandonar, pero qué más da.

Mientras la bala atraviesa el aire, me doy cuenta de la puta perfección de esa frase.

Es lo que hay. Que me disparen aquí, esta noche, tiene algo de inevitable… Algo de obvio e irremediable.

El dolor se propaga por mi cuerpo como una lanza caliente e implacable.

La bala me impacta en el pecho, cinco centímetros por debajo de la clavícula…

y sobra decir que duele como su puta madre.

Matty parece perplejo al ver que sigo en pie.

Si yo fuera él, ya me habría disparado otras cinco veces; me habría fundido todo el cargador solo para asegurarme de que la palmara del todo.

El muy hijo de puta va a desear haberlo hecho.

Me abalanzo encima de la mesa y le arranco la pistola de la mano.

—La has cagado, Matty. La has cagado. —Le estampo el puño en la cara con una fuerza brutal.

Oigo el crujido del metal aplastando el hueso, el ruido de la piel y los músculos al separarse…

No creo que vaya a acostumbrarme nunca a esto, pero en momentos como este me permito disfrutarlo un poco.

Solo un poco. Al fin y al cabo, debemos intentar disfrutar de nuestro trabajo, y el dolor siempre despierta mi lado más oscuro.

La cabeza de Matty retrocede con violencia mientras le pego un puñetazo tras otro.

Cuando el tipo se desploma, flácido, tengo las manos, la camiseta, la chaqueta, los vaqueros y todo lo demás cubierto de sangre.

Me río como un desquiciado al ver que a él se le forman burbujas de sangre en los labios.

—No fue culpa mía —balbucea. Le he roto los dientes y no vocaliza bien, pero entiendo lo que dice—. Si metéis a gente dentro de contenedores sellados durante tr… tres días… pues l… la palman, Zeth. ¿Qué culpa tengo yo de eso?

Los burritos que me he comido hace una hora se me revuelven en el estómago. ¿De qué coño habla? Alzo el puño para volver a clavárselo en la boca, pero… no soy capaz. De puta madre.

—¿Qué gente?

—La… la que Charlie mete por el puerto. Las chicas. En los… contenedores.

Suelto a Matty. ¿Chicas en contenedores? Charlie me prometió hace dos años que no comerciaba con chicas. Con drogas y armas sí, pero me juró que nada de trata de personas.

—¿Y para qué está moviendo chicas? —Me presiono el hombro con la mano y hago una mueca. Como ya no le estoy infligiendo dolor a nadie, el que yo siento empieza a intensificarse.

—¿Y a ti qué te parece? —replica Matty con voz ronca—. Se saca veinte mil por cabeza si puede demostrar que aún están… están… intactas. —Se atraganta con la sangre que se le acumula en la boca. Gotea por su barbilla, manchándole la camiseta, que ha quedado para el arrastre.

—Eso es mentira.

—No —contesta, y le creo.

Mierda.

Ha sido Charlie quien me ha estado mintiendo todo este tiempo.

Una parte de mí quiere creer que esto es nuevo, pero conozco bien a mi jefe.

Tiene carrera, máster y un puto doctorado en mentir, sobre todo cuando hay dinero de por medio.

Ni de coña rechazaría veinte mil pavos por una donnadie que pudiera sacar de la calle.

Me da vueltas la cabeza; el dolor que irradia de mi hombro me desorienta.

Sin embargo, a pesar de la neblina que ralentiza mi cerebro, no dejo de darle vueltas: «¿Tenía yo razón sobre la chica, entonces? ¿Fue Charlie quien se llevó a su hermana hace casi tres años?» .

La primera vez que la vi estaba trabajando en el turno de noche en el hospital.

Se acababan de cargar al comemierda de mi tío; lo habían dejado tieso.

Se suponía que después de algo así no tenían que encontrar el cuerpo, pero lo habían encontrado, y me había tocado a mí ir a identificar el cadáver.

O lo que quedaba de él, mejor dicho. Saltaba a la vista que Sloane era como un pajarillo con el ala rota.

Una belleza discreta. Luminosos ojos marrones, pelo castaño ondulado.

Pero lo que me fascinó fueron las ganas de luchar que percibí en sus ojos.

Me cautivó, me hipnotizó en diez segundos exactos.

Nos encontramos de frente por el pasillo mientras ella esperaba el ascensor, y nuestras miradas se cruzaron.

Yo me sentí como si me estuvieran destripando de arriba abajo, pero me di cuenta de que ella ni me veía.

Estaba presenciando algún horror lejano que yo solo acertaba a adivinar. Y a mí no me gustaba adivinar.

Así que me propuse descubrir todo lo que pudiera sobre ella.

Y fue así como me enteré de que su hermana había de­saparecido.

De que alguien la había secuestrado por la calle, con solo veintiún años.

La familia de Sloane era cristiana hasta el tuétano: llevaban anillos de pureza, cantaban himnos todos los domingos, no bebían…

el paquete completo. Pero, tras el secuestro de su hermana, Sloane había dejado de ir a la iglesia.

Había dejado de llevar el crucifijo que yo sabía que le había regalado su madre.

Había dejado de creer porque le costaba demasiado mantener viva su fe después de que algo tan terrible le hubiese destrozado la vida.

Y, por si todo eso fuera poco, en un gesto muy propio del hijo de puta ruin que soy, le había robado la virginidad. Aunque eso había sido por error.

Me había enterado de que Eli Harris la estaba chantajeando cuando había ido a pagarle a Charlie lo que le debía.

Como todo Dios en Seattle, tenía que pagarle a Holsan a cambio de su protección.

Mientras saldaba sus cuentas, se puso a presumir sobre el trato que había hecho con ella: a ese cabrón asqueroso le parecía graciosísimo vender a Sloane al mejor postor, un tipo al que yo conocía porque su reputación le precedía.

Un hombre al que le gustaba machacar a golpes a las mujeres mientras se las follaba.

Pagué mucho dinero para ocupar su lugar.

Doblé la cantidad que Eli pagaba cada mes a cambio de protección.

Sin embargo, Eli me dijo que la chica estaba acostumbrada a vender su cuerpo a cambio de información.

Que le gustaba hacerlo. Que había sido ella quien le había propuesto el trato.

Y yo no tenía nada en contra del trabajo sexual.

Me parecía la profesión más honrada del mundo.

El problema fue que el puto Eli me mintió.

Por supuesto que me mintió. A esa mujer ni siquiera la había tocado ningún hombre todavía.

Eli la manipuló para que aceptase el trato, igual que me manipuló a mí para hacerme creer que el trato era lo que no era, y como resultado acabé robándole la virginidad a Sloane Romera.

Aquello fue culpa mía. Pero también fue culpa de Eli… Y me encargué de que pagara por ello.

Antes de matarlo, lo obligué a contarme todo lo que sabía sobre la desaparición de Alexis Romera.

El chuloputas dijo que había sido Charlie.

Yo no lo creí, pero aun así me encaré con mi jefe para preguntárselo.

Charlie se ofendió muchísimo porque me atreviera a sugerir una cosa así.

«Tú me conoces demasiado bien para esto, hijo. Es cierto que he hecho algún que otro trato cuestionable, pero los coños no me interesan. Esa mierda trae demasiado mal karma. Y ahora lárgate de aquí, hostia».

Tuve mi noche con Sloane y luego corté todos mis lazos con ella.

La dejé sin forma de conseguir la información que Eli le había prometido.

Fue duro, sí, porque ella cumplió con su parte del trato y nunca obtuvo la pista que buscaba, pero, joder, al menos me encargué de que disfrutara.

Me encargué de que nunca tuviera pesadillas con mi cara cada vez que cerrase los ojos.

Podría haberme ido de aquella habitación.

Podría haberla dejado en aquel hotel todavía virgen, todavía intacta.

Pero, claro, ¿cómo lo iba a saber? No tenía ni idea de que era virgen.

Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde.

—¿Estás seguro de lo que dices? —Aprieto más el cuello de Matty, que tengo agarrado con la mano, y casi se le salen los ojos de las órbitas.

—¡Sí, tío, sí! ¡Estoy seguro!

«Que te follen, Charlie». Me inclino para recoger la pistola del suelo, donde se le ha caído a Matty. Una Desert Eagle. No suelo matar con armas de fuego, pero a veces, si quieres una obra de arte, no te queda más remedio que hacer una excepción.

—¡Zeth! ¡Zeth, tío, no lo hagas! Lo siento, ¿vale? ¡Siento haberte disparado!

Las súplicas me incomodan, pero lo hago de todos modos. Aprieto el gatillo y la cabeza de Matty sale despedida hacia atrás como si su cuello no tuviera huesos, soltando un buen chorro de sangre y de trozos de hueso, como pedacitos de porcelana rota.

—¿Por qué he de tener razón siempre?

Me vuelvo y veo a Lacey en el umbral de la puerta, con una mano en el esternón. Está empapada hasta los huesos y jadeante.

—Lacey…

—No te preocupes —me interrumpe—. Ya lo sabía.

—Entra en la habitación y observa a Matty confundida, con las cejas juntas y la boca fruncida en un mohín.

Me gustaría pensar que es el primer muerto que ve, pero no soy tan ingenuo.

Me mira y me tiende la mano—. Vamos. Tenemos que llevarte al hospital.

No acepto su mano.

—No, ni hablar. No pienso ir al hospital.

Ni de coña me arriesgo a volver a ver a Sloane. No hasta que oiga una confesión salir de la boca de Charlie. Aunque tenga que sacársela a golpes, pienso enterarme de cuál es la verdad.