Sangre y rosas 1 4 Zeth
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Dos años después

—Lo tuyo es de escándalo, Zeth Mayfair.

Esta mañana, la risa de Lacey me está sacando de mis casillas, joder.

Lleva toda la mañana tocándome las narices con las dos chicas con las que me ha visto salir del almacén a primera hora.

Haciendo chistes malos. Soltando comentarios mordaces.

Esta mujer no sabe cuándo cerrar el pico.

Llevamos veinte minutos encerrados en el coche, y a veces veinte minutos en un espacio cerrado con Lacey son el equivalente a veinte minutos en el puto infierno.

—¿Qué te parece si nos callamos un rato, eh, Lace?

—¿Qué te parece si me cuentas lo que ha hecho este tío? Y así me quedo calladita. Me parece un trato justo.

Lacey es diminuta. De niña sufrió desnutrición y no recibió el alimento que necesitaba para crecer, lo que significa que a duras penas me llega a la mitad del pecho.

Tiene el pelo largo, rubio y lo más liso que puede ser el pelo liso, y unos ojos de color azul aciano claro que, combinados con sus rasgos finos y sus pómulos marcados, le confieren un aspecto decididamente angelical.

Pero a mí no me engaña. Sé que esta chica vino directa del infierno para ponerme a prueba.

Hoy la habría dejado en casa, pero, claro, no es muy aficionada a quedarse sola en compañía de sí misma. Cuando se la deja a su aire, las cosas se salen de madre, y lo último que necesito esta noche es tener que ir de visita al hospital. No después de hacer lo que estoy a punto de hacer.

—Matthew ha sido malo. No necesitas saber más.

—¿Y cuándo no es malo Matthew? —Lace hace un mohín.

Al parecer, Matty y ella follaron un par de veces antes de que Lace se presentase en la puerta de mi casa como un gato callejero y se negara a irse.

Desde entonces se ha centrado en un tipo de presas más delicadas, o, dicho de otro modo, las hembras de la especie.

He de tener mucho cuidado con las tías que llevo a la nave industrial donde vivimos.

Si las pierdo de vista, aunque solo sean diez minutos, me las encuentro con las bragas en los tobillos y la cara de Lace enterrada entre sus muslos. La chica no conoce límites.

De todos modos, creo que aún no se ha olvidado del todo de Matty. Cuando le he dicho adónde íbamos, se ha quedado callada unos instantes y eso no pasa muy a menudo.

—No me montes un numerito, ¿vale? —le pido—. Espérame en el coche, como te he pedido. Tardaré como máximo diez minutos.

La verdad es que no tengo ni idea de qué ha hecho Matty. Lo único que sé es que me han mandado a hacerle una visita, algo que solo ocurre cuando alguien ha metido la pata hasta el fondo.

Charlie no es exactamente un hombre indulgente, pero solo saca sus juguetitos más caros para solventar sus problemas más caros.

¿Te has saltado un pago del préstamo? Charlie manda a Sam para que te libere del peso de unas cuantas uñas.

¿Has perdido un cargamento de coca que vale lo mismo que una casa de cinco habitaciones?

Entonces quien te hará una visita seré yo.

Cada uno vale para lo que vale, o eso dice Charlie.

Paramos junto al supermercado orgánico Stanton y pongo el coche en punto muerto.

Está lloviendo. Sorpresa, sorpresa. Bienvenidos a Seattle, cabrones.

El cristal se opaca en cuanto apago el limpiaparabrisas, asediado por las gotas de lluvia.

Por un instante, solo estamos Lace y yo en nuestro pequeño y jodido mundo.

—Me has entendido, ¿verdad? Quédate en el coche.

Levanta tres dedos para hacer el saludo de los boy scouts, lo que significa que no tiene ningunas ganas de obedecer pero que no quiere discutir.

—Lo pillo, jefe.

Me llama así desde el día en que empecé a pagarle para que blanquease mi dinero.

Podría haber contratado a los Vondy para que se encargaran de blanquear mis facturas, pero todo el mundo contrata a los Vondy.

Que una sola familia tenga acceso a las finanzas de todas las organizaciones criminales del noroeste del Pacífico nunca me ha gustado ni un pelo.

Además, Lacey necesitaba un propósito, aunque fuera ilegal.

—Ahora vuelvo. —Salgo del Camaro, cojo la bolsa de viaje negra que llevo en el asiento trasero y entro en el Stanton sin mirar atrás. En realidad, dudo mucho que hoy Lace me desobedezca. La lluvia le estropearía el pelo.

Dentro, Archie Stanton, el hermano de Matty, está detrás del mostrador, preparando una bolsa para una mujer con la espalda encorvada y una melena blanca peinada a la perfección. Seguro que es una peluca. Al verme, la bolsa se le cae y los tomates salen rodando y rebotando por el mostrador.

—Matty no está, Zeth. Se ha ido fuera con Cindy.

No le hago ni caso. Le pagan (y bien poco) para que mantenga una fachada respetable para la tienda, creíble, si me apuras, y eso significa interferir cuando uno de los miembros de la familia se mete en un lío.

Parece que me estaban esperando.

Voy directo hacia las puertas batientes que dan a la trastienda mientras Archie me sigue a toda prisa desde el mostrador, con el delantal verde sobre el hombro.

—Zeth, tío, lo digo en serio. Matty no está.

Pero cuando abro de golpe la puerta del despacho que está oculta al fondo de la trastienda, salta a la vista que Matty sí está.

La yonqui hecha mierda de su mujer está de rodillas haciéndole una buena mamada, con el vestido de rayas blancas y negras tan subido que se le ven las nalgas.

La cara de sorpresa que pone a Matty no tiene precio.

Está tan perplejo que tarda un par de segundos en darle un golpecito a Cindy en el hombro para que pare, y ella tarda aún dos segundos más en dejar de mover la cabeza arriba y abajo.

—Guárdate la polla, Matty. Tenemos que hablar.

—Lo último que quiero ver justo después de cenar es su puta polla.

Dirijo la mirada al techo mientras él se sube la cremallera.

Cindy se pone de pie, apoyándose en la mesa de Matty con una mano para no caerse mientras con la otra se baja el vestido.

Tiene los ojos inyectados en sangre y la mirada perdida. En otras palabras: va colocadísima.

—¿Qué coño te crees que haces, Zeth? —dice arrastrando las palabras—. No puedes entrar aquí cuando te dé la puta gana.

Su marido le da un manotazo en el dorso de la pierna.

—Calla, zorra. Cuidado con cómo le hablas a mis socios. —La mujer se queda como si le hubieran tirado un cubo de agua fría encima. Una chispa de vida se prende en sus ojos.

—Que te follen, Matty. Tengo cosas mejores que hacer que quedarme aquí de pie todo el día a defenderte.

—Estabas de rodillas, si no recuerdo mal.

Y ahora largo de aquí. Zeth y yo tenemos que hablar.

—O no tiene ni idea de por qué estoy aquí o está intentando congraciarse conmigo.

Da igual. A mí no me va a ganar comiéndome la oreja.

Hacerme la pelota no le va a servir de nada.

Arrugo la nariz cuando Cindy se marcha indignada del despacho.

Al pasar me da un golpe con el hombro, y miro a Matty con una ceja enarcada.

—Qué mala actitud —comento.

—Qué mal todo —replica. Hace diez años, Matty y Cindy eran como Bonnie y Clyde, pero él se ha convertido en un mujeriego de pacotilla, y ella, en una adicta.

No obstante, Matty sigue siendo guapo, que es la única razón por la que Lacey se fijó en él.

Es así de superficial, es parte de su encanto.

Matty se apoya en el respaldo del sillón de cuero y me mira.

—¿Sabes por qué te ha caído este marrón, Zeth? —me pregunta.

—¿Debería?

Él se encoge de hombros.

—Normalmente, la gente sabe por qué tiene que matar a alguien.

Así que sí que sabe por qué estoy aquí. No me sorprende. No cabreas a Charlie hasta este punto sin ser consciente de que tendrás que pagar las consecuencias.

—No formo parte de lo que considerarías el… círculo íntimo. A mí me dan una dirección y unas instrucciones, nada más.

—Y un maletín lleno de pasta, ¿no?

Ahora me toca a mí encogerme de hombros. No tiene sentido ser modesto.

—Exacto.

—Bueno, pues ¿qué te parece si yo te ofrezco dos maletines llenos de pasta, Zeth? ¿Si te contrato para que vuelvas por donde has venido y acabes con todo esto de una vez por todas?

—¿Quieres contratarme para que me cargue a Charlie?

—¿Por qué no? —Menuda sangre fría tiene este hijo de puta.

Está forrado (tal vez los ochenta hayan quedado atrás, pero la cocaína sigue siendo la droga más popular de Seattle), así que dudo que esta sea la primera vez que intenta comprarse el favor de alguien…

Pero seguro que es la primera vez que le dicen que no.

Lo que pasa es que yo no hago favores. Y no necesito su dinero.

Dejo la bolsa encima de la mesa, abro la cremallera y saco mi puño americano preferido.

Matty sigue sin parpadear siquiera. Debe de tener unas pelotas de hierro, el muy cabrón.

—Yo trabajo para Charlie. Lo sabes perfectamente, Matt. Y tengo otras cosas que hacer esta noche, así que atemos los cabos sueltos cuanto antes, ¿te parece?

La razón por la que Matty está tan tranquilo aparece en su mano una fracción de segundo después. El muy hijo de puta ha tenido una pistola debajo de la mesa todo este tiempo. Una Desert Eagle de calibre 50. Nada mal. Me apunta con ella con el brazo extendido, a la altura del hombro.

—Es una pena que no quieras encargarte del asunto por mí. Charlie lleva años hundiendo a esta ciudad en la ruina. Es hora de que se retire. Y también es hora de que tú te largues, Zeth. ¿Estamos?

A lo largo de los años, me han apuntado con muchas pistolas.

La intención de un hombre siempre está ahí, a la vista, en el brillo de sus ojos.

Es tan fácil de leer como las páginas de un libro.

Algunos solo quieren asustarte lo bastante como para que recules.

Otros están tan desesperados por esconder su propio miedo que se olvidan de hacerte creer que van en serio.

Y para esto tienes que ir en serio. Y otros son depredadores.

Fríos como un témpano. Gente que ha apretado el gatillo montones de veces sin haber dudado ni un segundo.

Este cabrón es un depredador.

Jamás lo habría dicho. Aprieto los dedos alrededor del puño americano, mirándome la mano. Ya no hay mucho que pueda hacer. Pasará lo que tenga que pasar.

—Ahora es cuando me disparas, ¿no?

—Supongo —responde.

No sé quién, en no sé qué lugar, dijo algo una vez que sentí la necesidad de tatuarme en el pecho durante una borrachera: «Es lo que hay».