Sangre y rosas 1 3 Sloane
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Eli no me contesta al teléfono. Llevo tres días llamándole y Eli, el mentiroso, manipulador y asqueroso de Eli, no me contesta al teléfono.

Solo he estado en su despacho una vez. Es un estudio oscuro y deprimente que está encima de una licorería en Rainier Valley y apesta a comida china rancia.

Pero desde que salí de la habitación de ese hotel estoy que me subo por las paredes, y ya no lo soporto más.

Esta mañana me he saltado las rondas en el hospital y he recorrido toda la ciudad a pie para descubrir qué narices está pasando.

«Eres una idiota. Te ha engañado. Te has acostado con un completo desconocido, has renunciado a una parte de ti misma que nunca vas a recuperar. Jamás. ¿Y ahora qué?».

¿Y ahora qué? Solo tendré una respuesta a esa pregunta cuando haya hablado con Eli.

Las escaleras que llevan hasta su despacho están cubiertas de hielo compactado y resbalan, así que las subo con todo el cuidado posible, conteniendo el aliento con cada paso que doy.

Su coche de mierda está aparcado en el estacionamiento de abajo, así que sé que está aquí.

Lo que no sé es lo que le voy a decir. Tampoco es que pueda amenazarlo con ir a la policía si no me da la información que me prometió.

Con eso no conseguiría nada. No tengo forma de demostrar que hice un trato con él, y encima Eli es detective privado.

¿Me creería la policía a mí antes que a él?

Abro directamente, a sabiendas de que, si llamo a la puerta, lo único que conseguiré será cagarme de miedo y salir huyendo. Empiezo a hablar desde el umbral en cuanto lo veo ahí, sentado en su silla.

—¿Qué narices pasa, Eli? He estado llamand… —La lengua se me queda pegada al paladar; mi cerebro cortocircuita. Esto… Esto no puede estar pasando—. Oh… Oh, Dios mío.

Lo primero que me golpea es el hedor. Santo cielo, el hedor…

Intento respirar por la nariz, pero el aire me escuece.

Me tapo la cara con las manos, tratando de asimilar la escena con la que acabo de encontrarme.

Eli ya era un hombre corpulento, pero ahora la gruesa barriga se le ha hinchado hasta alcanzar unas dimensiones grotescas, y está apretujada contra la mesa.

Como médica residente he visto lo mismo en otras ocasiones, sobre todo en la morgue.

Se llama fase enfisematosa. Todos los gases y las bacterias que hay ahí dentro quieren salir, y, basándome en la pinta que tienen, lo van a conseguir más pronto que tarde.

Eli lleva tres días sin contestar a mis llamadas porque está muerto.

A juzgar por el aspecto que tiene su despacho, alguien tuvo un arrebato de furia.

Las paredes y la mesa están cubiertas de sangre, y también la alfombra, donde las manchas están ya resecas y han formado una costra.

Eli tiene la boca abierta en una especie de lúgubre bostezo y los ojos en blanco.

Toda su piel ha adquirido un tono gris enfermizo salvo la de las manos, que están sobre la mesa y cuyos dedos se han teñido de un morado negruzco debido a la acumulación de sangre que se le ha coagulado en las palmas.

Me empiezan a caer las lágrimas enseguida, pero consigo recuperar lo suficiente el control de mí misma como para entrar en el despacho y situarme frente al hombre que me robó la virginidad con engaños.

No lloro porque me entristezca su muerte.

Seré fría, pero me alegro de que lo hayan matado apuñalándolo con su propio abridor de cartas (que todavía lleva clavado en el pecho).

Si lloro es porque está muerto. Porque ahora nunca podrá decirme dónde está Alexis.

Nunca sabré si me dijo la verdad. Si está viva.

Pero esto no puede terminar así. Me niego a aceptarlo.

Por aquí tiene que haber algo, algún modo de descubrir cuál era la información que me iba a dar.

Me quedo bloqueada unos instantes al comprender lo que me va a tocar hacer.

He visto cosas mucho más espantosas que el cadáver de Eli, pero no es su aspecto lo que me hace sentir que esté a punto de desmayarme.

Es mi ira. Me siento tan enfadada, tan engañada, tan furiosa que me asusta lo que pueda llegar a hacer si me acerco a él.

Ya está muerto. No podrían detenerme por volver a apuñalarlo, pero…

No. No quiero la sangre de este muerto en mis manos.

Cojo aire, lo retengo y doy un tímido paso al frente.

Tengo que hacerlo y punto. Por Alexis. Todo lo hago por Alexis.

Quizá Eli tuviera la información guardada en algún archivador, en algún sitio.

Es lo que haría cualquier detective pri­vado, ¿no?

Aunque Eli no era solo eso. Era también un proxeneta y un traficante.

No creo que las tareas administrativas ocuparan los primeros puestos en su lista de prioridades.

Mientras contemplo el desastre de su despacho, siento que me da vueltas la cabeza.

Me subo en una silla volcada para llegar al pequeño armario archivador de tres cajones.

No está cerrado con llave. El primer cajón está combado y abollado, como si alguien lo hubiera abierto con una barra de hierro.

Está lleno de carpetas. Me da un vuelco el corazón cuando abro el segundo y veo una en la que está escrito el nombre de mi hermana: «Alexis Romera. Desaparecida».

Con dedos temblorosos, la saco del cajón…

y se me cae el alma a los pies. Está vacía.

No hay nada dentro. Ni una triste hoja de papel.

—¡No, no, no! ¡No puede ser!

Las demás carpetas sí que contienen algunos documentos.

Información sobre fianzas penales y esposas adúlteras.

La única que está vacía es la de Lex. ¿Por qué, joder?

Encima de la mesa no hay nada, y tampoco en el suelo.

No hay cajones escondidos que puedan contener la información que busco.

No hay nada. Alguien se la ha llevado, y no tengo ni idea de quién puede ser.

De repente, ya no puedo contenerme más. Los últimos tres días por fin se abaten sobre mí como una losa, y vomito la tostada seca que me he comido para desayunar con tanta violencia que me irrita la garganta.

Salgo del despacho de Eli sollozando. Me siento inútil. Impotente. Débil.

—Lo siento, Lex. No sabes cuánto lo siento, joder.

No puede oírme, pero pronuncio las palabras de todos modos.

Si las admito en voz alta, consigo hacerlas mías en lugar de esconderlas, en lugar de permitir que me sigan quemando por dentro.

La he fallado. Ya no me queda ninguna esperanza de encontrarla.

Y lo peor de darme cuenta de eso es… que siento alivio.

Me atraviesa como una larga exhalación, propagándose desde mi cabeza hasta mis pies.

Ya no hay nada más que pueda hacer. La responsabilidad ya no es mía.

Soy la peor persona del mundo. Ni siquiera me molesto en informar a la policía de la muerte de Eli.

Lo dejo ahí, para que se pudra.