2 Sloane #3
Desear esto me parece igual de peligroso, pero, de algún modo, también más seguro que todo lo anterior.
Quería que lo dominase, y a pesar de que me tiene atada, sigo pensando que es eso lo que desea.
Me preparo, esperando que esto sea lo correcto, y le exijo:
—Hazlo. Fóllame ahora mismo. No me hagas esperar.
El cuchillo desaparece. Él se levanta de la cama y lo oigo desabrocharse y quitarse los pantalones. El pánico me invade de nuevo cuando oigo el repiqueteo de otra hebilla.
—¿Preparada?
Ahora ya no puedo echarme atrás.
—Estoy preparada.
Y entonces hace algo que no se me había ocurrido. Que ni se me había cruzado por la mente. Me pasa una tira de cuero —su cinturón— por encima de la cabeza y me la aprieta bien.
«Ay, mierda. Ahora sí que estoy metida en un buen lío».
—Abre la boca.
—Yo…
—¡Hazlo! —Su tono de voz es firme pero amable a la vez.
Me acaricia un lado de la cara, un gesto destinado a tranquilizarme, un «sé que esto da miedo, pero confía en mí».
No obstante, ¿confiar en él? Tendría que estar mal de la puta cabeza para hacerlo.
Y, sin embargo, hago lo que me pide. Él se acerca y me mete la polla en la boca.
No tengo ninguna experiencia en este campo.
Dios, qué digo, si es mi puta primera vez.
¿Qué se supone que tengo que hacer? La tiene dura como una piedra y su sabor es limpio y ligeramente almizclado…
y es enorme. Casi ni me cabe en la boca, y sospecho que solo ha entrado la mitad cuando ya me ha golpeado el fondo de la garganta.
—¡Joder! —gime mientras se la chupo, haciendo vacío con los labios. Creo que eso lo he hecho bien. Echa las caderas hacia atrás y me la saca de la boca con un ruido húmedo y sordo.
—¿Todavía quieres que te la meta?
Sabe lo grande que la tiene. Se lo tiene muy creído.
Esto me va a doler más que ninguna otra cosa en esta vida, pero no quiero que se dé cuenta de que soy virgen.
Ni siquiera Eli lo sabe. Estoy segura de que, de haberlo sabido, le habría cobrado a este tipo mucho más dinero, y eso me revuelve el estómago.
—Sí —le digo—. Sí, te tengo muchas ganas.
—Bien. Aunque antes tendrás que ejercitar un poco la paciencia…
Todavía no he terminado con esto. —Me agarra del pelo, me levanta la cabeza para acercarme más a él y vuelve a metérmela en la boca una y otra vez, mientras presiona suavemente en el dorso de mi cabeza.
Yo me retuerzo sobre la cama, sorprendida de lo mucho que me pone.
Pero entonces tira del cinturón y yo me quedo sin palabras.
Sin palabras.
A pesar de la oscuridad, noto que se me nubla la vista. Me aprieta tanto la tráquea que no puedo respirar, y él sigue metiéndomela y sacándomela de la boca.
—Aguanta, ¿vale? —gruñe.
Mi estómago rebosa de miedo y excitación.
Es la misma expectación que experimentaba cuando era niña y estaba suspendida en la cima de una montaña rusa, solo que mil veces peor.
Y mucho más aterradora. Pero entre mis piernas, mi coño palpita mientras él sigue embistiéndome una y otra vez, tirando del cinturón con la fuerza exacta para que me llegue una pizca de oxígeno a los pulmones.
Él se estremece; su erección se endurece como el granito.
Creo que sé lo que va a pasar si no se detiene…
, pero se detiene. Jadeante, se aparta y se agacha junto a la cama para aflojar la hebilla y soltar el cinturón.
Tiene el rostro tan cerca del mío que siento la intensidad de su mirada, que está fija sobre mí, en la oscuridad.
No veo absolutamente nada, pero quizá él tenga mejor visión nocturna que yo.
—Tienes una boca perfecta —susurra. Y entonces hace dos cosas que me sorprenden.
Primero me acaricia la piel empapada en sudor casi con reverencia, apartándome el pelo de la cara.
Y después me da un beso tierno en la frente—.
Y ahora, como has sido tan buena chica, voy a hacer que te corras —me informa en voz baja.
Un temblor de expectación se propaga sobre mi piel, y él se ríe—. Estás siendo muy muy buena chica.
Vuelve a la cama y se coloca en posición, agarrándome por debajo de las caderas y alzándome hacia él.
Es una postura un poco molesta, ya que todavía tengo los tobillos atados a la cama, pero se me olvida toda la incomodidad cuando entierra la cara entre mis piernas y empieza a chuparme el clítoris otra vez.
—¡Aaah!
Es demasiado. Me elevo y me elevo, ascendiendo cada vez más mientras una sensación desconocida, insondable, se acumula entre mis piernas. Se despliega en suaves pinchazos mientras siento un cosquilleo en todo el cuerpo, cada vez más intenso. Y entonces…
Grito. Una liberación sin palabras. Gritaría el nombre de Dios, pero dudo mucho que diera su aprobación a esto.
No tengo ni idea de quién es este tipo, así que tampoco puedo gritar el suyo.
Así que grito por mí y por los fuegos artificiales que estallan en el interior de mi cerebro, por el incendio que me lame la piel, que me quema, que me deja ardiendo, hueca y agotada.
Me quedo sin fuerzas y temblorosa mientras él sigue lamiéndome el clítoris una y otra vez.
—¡Para! Dios mío, para, por favor, yo… Está muy sensible…
—Hum, qué egoísta… —murmura con la boca pegada a mi coño, haciendo que se tense y se contraiga una vez más—. No te olvides… Ahora me toca a mí.
Trastea con algo un momento… ¿Un condón? Joder, espero que sea un condón… Me baja las caderas y me embiste de repente, bien aferrado a mi pelvis, sin dejar que me mueva.
Oh…
Dios…
El dolor es casi paralizante. Es una sensación incómoda, una presión que no hace sino crecer y luego una liberación punzante y dolorosa que me revela que ya está hecho.
Se para de golpe.
—Pero ¿qué…? —Inhala profundamente y exhala—. Creo que no deberías haberlo ocultado —dice en voz baja. Luego suspira, como si estuviese decepcionado conmigo, lo que me parece lo más jodido y confuso del mundo—. ¿Estás preparada?
—Sí —susurro en voz baja.
—Intenta relajarte. —Me llena, me dilata, me completa.
Empieza despacio, con más suavidad de la que habría empleado si no acabase de desflorarme.
Al cabo de un rato, el dolor remite y se transforma gradualmente, hasta que, en lugar de tensarme con cada embestida, me abandono a ella.
Hacia el final, me está follando como un caballo desbocado, imparable y ardiente de necesidad. Se corre tan fuerte que ruge.
Yo no, por supuesto. Es mi primera vez, y el dolor se ha impuesto al placer.
Tengo la mente demasiado confusa para comprender lo que está ocurriendo cuando se aparta de encima de mí y se desliza hacia abajo.
Me acaricia la cara interna del muslo con los labios; me estremezco cuando me roza la entrepierna con los dedos, con cuidado.
No son caricias para excitarme; es más bien una disculpa.
Se desplaza en la oscuridad para desatarme los tobillos y las muñecas.
—¿Te ha gustado? —La gravedad de su voz me hace apretar los muslos.
—Sí… Sí, me ha gustado. —Lo que más me impacta, lo que más asco me da, es que le estoy diciendo la verdad. ¿Acaso estoy mal de la cabeza?
Él gruñe y me quita el cinturón de alrededor del cuello. Al liberarse esa presión, me siento como si estuviese flotando a un metro de la cama.
Permanezco tumbada y muy quieta mientras recoge sus cosas. Noto su presencia cuando empieza a ponerse la ropa a mi lado. Luego, cuando está vestido, se queda de pie junto a la cama y me roza la mejilla con las puntas de los dedos otra vez, con tanta suavidad que no llega ni a ser una caricia.
—Nos vemos. —Se dirige a la puerta, y cuando la abre, siento que está a punto de estallarme la cabeza por culpa de la luz del pasillo.
Y es justo entonces cuando el hombre misterioso hace una pausa y lo veo por primera y última vez.
Lleva una chaqueta de cuero gastado y una bolsa de viaje negra en la mano derecha, y me da la espalda.
Agacha la cabeza hacia su hombro. No me mira a mí.
Se queda ahí el tiempo suficiente para que distinga bien el contorno de su perfil, su pelo oscuro y alborotado, la curva protuberante de sus labios carnosos.
Y entonces se va.
Nunca descubro cuál es su nombre.