Sangre y rosas 1 2 Sloane #2
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2 Sloane #2

Contengo el aliento cuando vuelve a guiar mi mano hasta que le rozo el pelo con las puntas de los dedos. Luego la baja hacia su cara.

—Dime cómo crees que soy —me pide; su voz es como un gruñido que resuena. Me suelta la mano y he de inclinarme hacia delante para llegar bien hasta él. Me acerco un poco, sentándome en los talones para no perder el equilibrio, y luego llevo también mi otra mano a su rostro.

Tiene el pelo corto, un poco tieso a causa del gel con el que se ha peinado.

Tiene rasgos fuertes, pronunciados. La mandíbula es ligeramente cuadrada, y la nariz, bastante recta, salvo por una zona un poco plana cerca del entrecejo.

Tiene unas pestañas sorprendentemente largas, y los labios…

como yo pensaba. Tiene los labios carnosos y más suaves de lo que ningún chico tendría derecho a tenerlos, y menos aún un chico con semejante voz.

Siento un cosquilleo en las yemas de los dedos, que me indican que este chico tiene el rostro de un ángel.

Un ángel bárbaro, quizá como uno de esos que se dedicaron a sembrar la destrucción en Babilonia.

—¿Qué te parece? —pregunta.

—Debes de ser muy atractivo —admito.

Él gruñe.

—¿Y lo demás qué?

Presiona un poco mis antebrazos para que deslice las manos por su pecho, donde mis dedos se encuentran con una piel suave y unos músculos firmes y tonificados.

Mueve los pectorales cuando los recorro suavemente con las manos y sigo bajando.

Palpo tres protuberancias horizontales en la piel que no deberían estar ahí, a la derecha de los abdominales, con unos centímetros de distancia entre cada una de ellas.

Trazo círculos sobre ellas con el dedo, tratando de arrancarles la historia que esconden detrás, intentando descubrir de dónde vinieron.

Ahí hay una historia no contada de violencia, escrita en las líneas de ese cuerpo formidable.

Se estremece un poco mientras lo exploro, tanteando su piel con caricias suaves como una pluma, hasta que he recorrido por completo su abdomen definido y paso a los oblicuos.

Coge aire con fuerza cuando lo hago y se me escapa una sonrisa.

Una sonrisa sincera. Este chico tiene cosquillas.

No se ríe, ni me dice que no le toque ahí, pero el cuerpo se le tensa aún más cuando vuelvo a esa zona para comprobar la veracidad de mi teoría.

Paso a los hombros, que son fuertes y poderosos.

Le rodeo la nuca con los brazos para palparle los omóplatos.

Es enorme, pero lo cierto es que no me da miedo.

Debería tenérselo, sí, pero no se lo tengo.

El Valium ha aplacado el miedo que pudiera sentir, y además, según yo había imaginado, este tipo iba a querer ponerme las manos encima nada más entrar.

Iba a examinar y toquetear hasta el último centímetro de mi piel, e iba a querer ver, sin lugar a duda, lo que había comprado.

Pero, de momento, casi no me ha tocado… y lo poco que lo ha hecho, ha sido en la mano. ¡En la mano!

—¿Y bien? —pregunta.

—¿Cómo te hiciste las cicatrices?

—Me apuñalaron. —Lo dice así, como si nada. Guau.

—¿Estuviste a punto de morir?

—Sí.

—¿Te dolió?

—Sí.

Dejo caer las manos de sus hombros y busco de nuevo las cicatrices. Una, dos y tres. Bajo mis dedos, me parecen toscas, irregulares y terribles.

—¿Qué le pasó a la persona que te lo hizo? —Casi no se lo quiero preguntar. Desde que hemos empezado a charlar, hace unos cinco minutos, el hombre misterioso ha sido franco hasta extremos inquietantes, y me asusta que ahora su respuesta consiga por fin infundirme el miedo que debería tener.

—Lo que él mismo se buscó —contesta en voz baja.

Se mueve; las sábanas emiten un murmullo y los músculos de su abdomen se contraen bajo mis manos.

Cuando me toca el pelo, enredando los dedos en él, todavía estoy intentando decidir si lo que ha dicho significa que mató a la persona que lo apuñaló—.

Soy muy exigente con lo que quiero. Haz lo que yo te diga sin cuestionármelo y ninguno de los dos tendremos problemas, ¿de acuerdo? —murmura.

Un subidón de adrenalina prende fuego a todas mis terminaciones nerviosas.

Por fin una reacción apropiada para la situación en la que me encuentro.

¿Cómo narices me he metido en este lío? Con Valium o sin él, soy perfectamente consciente de que eso ha sido una amenaza.

Esto me viene muy grande, pero ya no hay mucho que pueda hacer al respecto. Además… Alexis. He de pensar en Alexis.

—Sí, puedo hacerlo —susurro.

—Bien. Túmbate bocarriba.

Lo suelto y, de repente, me siento como si estuviese a la deriva en mitad de un océano, ahogándome sin modo de salvarme.

La parte más inteligente de mi cerebro —la que sigue concentrada en mi supervivencia— me pide a gritos que me largue de aquí, y por primera vez la ira de Eli apenas basta para mantenerme pegada a esta cama.

Pero lo consigue la posibilidad de encontrar a Alexis.

Cuando tengo los músculos a punto de estallar, a punto de saltar, el chico me coge suavemente del tobillo derecho.

—¿Hoy te has tocado?

—¿Quieres… quieres decir…? —No soy tonta. Sé perfectamente lo que quiere decir.

—¿Te has llevado al orgasmo hoy? ¿Has jugado con tu coño?

El calor me explota en las mejillas. Nadie me había preguntado eso nunca.

—No, no lo… No lo he hecho —contesto tartamudeando.

—Bien. Así estarás mucho más dulce. —En lugar de cogerme de la cinturilla del tanga y bajármelo, me lo aparta hacia un lado.

Se me quedan las piernas rígidas al notar su aliento caliente sobre mi carne expuesta.

¿Qué se supone que tengo que hacer con las manos?

Esto, para mí, es territorio inexplorado, y un territorio muy vasto.

Cuando un chico te hace esto, normalmente es porque se ha portado muy muy mal contigo y necesita compensarte. Al menos, eso es lo que dice Pippa.

—¿Quieres que te chupe? —Se le ha puesto la voz aún más grave, aderezada con la promesa del sexo.

—Quiero lo que tú quieras —contesto sin aliento. Al fin y al cabo, para eso paga. Eso es lo que me ayudará a recuperar a Lex. Me agarra con fuerza la pierna y aprieta hasta que grito.

—No vamos a jugar a eso. Domíname o seré yo quien te domine a ti, y créeme… Eso no te va a gustar.

«Mierda».

—¡Sí! Quiero que me chupes.

Suelta un gruñido de satisfacción y reacciona de inmediato, colocándose entre mis piernas.

Cuando saca la lengua y me lame, se me tensan los músculos.

Está caliente y… y me gusta. ¿Qué narices me pasa?

No debería reaccionar así. Siento el calor de la vergüenza en las mejillas.

¿Qué clase de persona disfruta de que un completo desconocido le haga sexo oral?

¡Y encima en estas circunstancias! Pero no puedo evitarlo.

Siento como si me estuvieran acariciando todo el cuerpo, de los pies a la cabeza.

Mueve la lengua con maestría, aplicando una sutil presión sobre mi clítoris y chupándolo a un ritmo constante que hace que oleadas de placer rompan a través de mí. Estoy a punto de dejarme llevar, de conseguir que la tensión de mis brazos y mis piernas desaparezca, cuando deja de lamerme y succiona.

—¡Joder!

No se detiene. Gruñe cuando me aprieto contra él, frotándome contra su boca con descaro. Nunca había sentido nada parecido. Es… increíble. Jadeo y gimo como un animal cuando se aparta y me acaricia desde las rodillas hasta la cara interna de los muslos. Me arranca las bragas con un único movimiento.

—¿Cuántas ganas tienes de que te folle?

No estoy aquí porque quiera follármelo. Mi trabajo consiste en hacerle pensar que eso es lo que quiero, pero cuando murmuro mi respuesta, me doy cuenta de que la línea entre lo fingido y lo real es muy difusa.

—Muchísimas. Tengo muchísimas ganas.

—Ábrete de piernas —ordena. Obedezco mientras me pregunto qué va a pasar ahora.

La habitación es como un agujero negro, está tan oscura que no distingo ni siquiera su sombra mientras se mueve por la cama.

Oigo una cremallera y luego un repiqueteo metálico, como la hebilla de un cinturón.

Me muerdo el labio inferior y espero a que haga lo que está a punto de hacer, presa tanto de la preocupación como de la curiosidad.

Me ata la pierna izquierda, rodeándola con algo ancho, que primero aprieta bien y luego amarra a la cama.

Después repite la operación con la derecha y por último, con cuidado, hace lo mismo con las muñecas.

Estoy tumbada en la cama como una estrella de mar, completamente vulnerable.

Estas sujeciones no son ninguna broma. Están hechas para que quien esté sometido a ellas no pueda irse a ninguna parte…

y está claro que yo no voy a ser la excepción.

Hace seis meses, tal vez habría rezado una oración.

Ahora, en cambio, gimoteo, en parte por el miedo y en parte por la expectación.

Se sube a la cama y se arrodilla a mi lado. Su aliento me acaricia de nuevo. Me tenso cuando noto algo frío y duro sobre el estómago.

—¿Sigues siendo una chica valiente?

—Sí —contesto con una exhalación.

No me informa de lo que va a hacer. El objeto frío y duro que me presiona la piel viaja lentamente hacia arriba hasta quedar justo debajo de mis pechos.

Boqueo como un pez fuera del agua y trato de quedarme muy quieta, porque ya he entendido de qué se trata: es un cuchillo. Y, encima, está afilado de cojones.

Me levanta el sujetador desde la parte central del aro y entonces, con un movimiento ágil y limpio, me lo parte en dos, dejando mis pechos libres.

¿Me ha cortado el sujetador? Me ha dejado expuesta.

Aterrorizada. Excitada. Y muy confundida.

No puedo pensar con claridad, joder. Mi hombre misterioso se sube a horcajadas sobre mí y la tela áspera de sus pantalones se desliza sobre mis costados.

Acerca el borde frío y afilado del cuchillo a mi pezón izquierdo y siento que el pánico me atraviesa.

—No te muevas —susurra. Y no lo hago. Soy la persona más quieta que ha existido nunca.

Se inclina y me toca; su mano por fin encuentra mi pecho—.

Eres perfecta, joder. Y qué bien te portas.

—Y de repente tengo el pezón dentro de su boca, y me lo lame y me lo chupa, y es lo más ardiente que he sentido nunca.

Arqueo la espalda sobre la cama y se ríe—. ¿Quieres que te la meta?

—Sí.

—¿Estás segura? Cuidado con lo que deseas…

Lo que deseo es la muerte, y todos los días.

Deseo dolor y sufrimiento y sangre, y que caiga la desgracia sobre las cabezas de quienes se llevaron a mi hermana.