Sangre y rosas 1 2 Sloane
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2 Sloane

Después de entrar y colgar el abrigo detrás la puerta, ya casi estoy preparada. Me he puesto lo que me han dicho que me ponga: encaje negro. Eli, el detective privado que contraté para que encontrase a mi hermana, no me ha dado más detalles. Ha sido él quien ha organizado este encuentro.

«A veces con dinero no basta para encontrar lo que uno está buscando, preciosa. A veces hace falta un poco más de… persuasión para procurarte información de este tipo. Mire, ¿sabe qué? Le contaré lo que sé a cambio de un pequeño favor».

«¿Qué clase de favor?», pregunté yo.

«Si se abre de piernas para un cliente mío, le contaré todo lo que necesita saber». Y el cerdo asqueroso hasta se atrevió a sonreír. El muy insolente. «Vamos, señorita Romera… No me mire así. Quiere encontrar a su hermana, ¿no?».

Y al final accedí, porque tenía razón: quiero encontrar a Lex. Quiero que vuelva a casa sana y salva, y haré lo que sea por conseguirlo. Aunque después no sea capaz de vivir conmigo misma.

Además de la ropa interior, Eli me dijo que tenía que traer una cosa más.

Una cosa que llevo escondida en el bolsillo de la chaqueta.

La saco y me la pongo. Es una máscara de satén negro con los bordes de encaje rojo.

Al menos así me siento un poco más disfrazada.

Enciendo la luz del baño y empiezo a rebuscar en el bolso hasta dar con mi salvavidas: un bote de Valium.

Al sacarlo, oigo el traqueteo de las pastillas en su interior.

Lo bueno de ser una residente de quinto año en un gran hospital es que siempre, sin excepción, hay alguien disponible para recetarte medicación cuando la necesitas, y sin hacerte ninguna pregunta.

El Valium ni siquiera está a mi nombre. No aparecerá nunca en mi historial médico.

Me tomo una pastilla, lo justo para mantener la calma sin que me deje adormilada.

Luego me miro al espejo y me coloco la goma de la máscara por debajo del pelo.

«Estás horrible, Sloane».

Últimamente, es lo que me digo cada vez que contemplo mi reflejo.

Puede que sea cierto o puede que no. Llevo ya tanto tiempo mirándome en los espejos que mi reflejo ha perdido su sentido.

Lex siempre fue la más guapa de las dos.

Sí, claro, sé que tengo buen cuerpo. Eli dijo que esa era la única razón por la que estaba dispuesto a hacer negocios conmigo, porque mis tetas eran de verdad y tenía buen culo.

«Puede que haya tíos a los que su altura les incomode un poco, pero eso no se puede remediar…» .

Me concentro en las ojeras oscuras que me enmarcan los ojos e intento recordar que todo esto es temporal.

Que no es para siempre. Al fin y al cabo, soy médica.

El cuerpo no es más que una máquina, lleno de engranajes, piñones y partes que encajan y que siguen funcionando, trabajando en armonía para que tú sigas moviéndote.

Y el coito no es más que una función de esa máquina.

«Tú puedes, Sloane. Puedes hacerlo».

Pero cuando ni siquiera han pasado dos segundos de ese pensamiento…

«Lex no querría esto. No querría que te utilizaran y abusaran de ti, que te vendieras por tan poco».

Odio esa voz que hay dentro de mi cabeza.

Me dificulta mucho justificar por qué sigo adelante con todo esto, pero si estoy vendiendo mi posesión más valiosa no es por drogas o por dinero, ni siquiera por fama y fortuna, como hacen algunas chicas.

Yo lo hago por amor. Amor por Lex. Y cualquier hermana haría lo mismo.

Han transcurrido ya seis meses desde la desaparición de Alexis, pero no estoy más cerca de encontrarla.

Tengo la sensación de que esta es mi última baza…

Y Eli es listo. Me ha proporcionado la información justa para mantener viva mi esperanza, pero ni por asomo la suficiente para arriesgarse a que me desdiga de nuestro pequeño acuerdo.

Alguien llama a la puerta. Uno, dos, tres golpes.

—Hostia pu… —Me muerdo el labio inferior, atrapando la palabrota entre los dientes. Ha llegado la hora.

El señor Hanson debe de haber recogido la llave de manos de la alegre recepcionista, pero a mí ya me advirtieron de que llamaría a la puerta.

Eso me indica que el hombre con el que me voy a acostar está aquí y que he de quedarme en el cuarto de baño hasta que venga a por mí.

Cierro la puerta y, por un segundo, lucho contra el embate del miedo.

Si me encierro aquí dentro y me niego a salir, ¿cuánto tardará en cabrearse lo suficiente como para marcharse?

Aunque no puedo hacer eso. Eli no cumpliría nunca con su parte del trato; además, nada de esto importa.

Absolutamente nada. Solo es un medio para llegar a un fin.

Oigo el pitido electrónico de la puerta cuando reconoce la tarjeta.

Luego, el chasquido del pestillo al cerrarse.

Y después, silencio. El borde del lavabo se me clava en el dorso de los muslos de tanto apretujarme contra él, paralizada, antes de recordar que no debería hacerlo porque me dejará marcas en el cuerpo y eso va contra las reglas, incluso si son marcas temporales como esa.

Mi desconocido me quiere en perfectas condiciones.

Por suerte, la droga empieza a hacerme efecto: noto que me inunda una sensación de paz.

Algo bueno, porque quienquiera que esté ahí fuera se está tomando su tiempo para acomodarse.

Si no me hubiera tomado la pastilla, creo que cuando se decidiera finalmente a llamar a la puerta, yo ya habría estado a punto de salir corriendo.

—Sal. Apaga la luz primero —me ordena la voz.

Es áspera y ronca, ¿quizá la voz de un fumador?

De puta madre. Voy a tener que pasarme las próximas dos horas con la lengua metida en la garganta de un fumador y luego me voy a tener que lavar la boca con lejía.

Apago la luz, abro la puerta… y me quedo perpleja ante lo que me encuentro al otro lado.

Nada.

Absolutamente nada. La habitación está oscura como la noche.

—¿No has encontrado el interruptor? —me atrevo a preguntar.

—No lo toques. Ven aquí y punto —me dice la voz.

Parece joven, y está solo. Aunque no estaba esperando a más de un hombre, claro.

Eli me juró que solo sería uno. Y únicamente esta vez.

Entro con cautela, arrepentida por no haber prestado más atención a cómo estaban dispuestos los muebles antes de encerrarme en el cuarto de baño.

Cómo no, me golpeo un dedo del pie con Dios sabe qué y siseo de dolor.

—¿Estás bien? —Parece que le haya hecho gracia, lo que me resulta irritante. ¿Quién se divierte viendo cómo una chica se rompe un dedo del pie?

—Bueno… es que no veo nada de nada —mascullo.

—Me temo que de eso se trata. Ven aquí.

Si supiera dónde es «aquí», quizá me sentiría un poco menos confundida.

Lo vuelvo a intentar y esta vez consigo ir hasta la cama, trastabillando, pero sin chocarme con nada más.

Cuando me subo al colchón, que se hunde bajo mi peso, todavía me estoy preguntando dónde narices está él.

No estoy ni la mitad de asustada de lo que lo debería estar.

Es más, me siento hasta un poco emocionada.

—Siéntate en medio de la cama con las manos detrás de la espalda —susurra. ¿Me va a atar? Eso debería preocuparme. Me preocuparía fuera cual fuese la situación.

—¿Necesitas un nombre? —Eli me indicó que debía preguntárselo.

Un ruido grave, profundo y áspero rompe el silencio. Se está riendo.

—¿Te estás ofreciendo a revelarme tu verdadero nombre?

—Eli me dijo que eso va contra las normas.

—Entonces no. —El colchón se hunde de nuevo. Se está moviendo, se está acercando. Su aliento cálido me roza la piel del cuello cuando habla—. No pienso llamarte Melody, o Candy, ni cualquier otro nombre falso. Mejor seamos dos desconocidos durante un rato. ¿Te parece?

—Sí, sí… Supongo.

En la oscuridad, mi piel ha cobrado vida.

Y también el resto de mis sentidos. Mi nariz no hace más que hablarme en susurros, transmitiéndome notas de menta y del océano.

Sea quien sea, este tipo huele increíble.

No huele en absoluto a tabaco, lo que significa que esa voz…

esa voz es cien por cien natural. Me descubro sintiendo curiosidad por él, aunque con un desapego total.

—¿Habías hecho esto antes? ¿Así? —me pregunta.

—Nunca. —El aliento se me queda atrapado en la garganta.

Estoy tan aturdida que me cuesta pensar; la falta de luz en la habitación hace que se me acelere el corazón.

Este tipo podría ser un asesino en serie.

Podría serlo también con las luces encendidas, pero entonces al menos tendría la oportunidad de verlo en sus ojos y largarme por patas.

El chico misterioso exhala y otra oleada cálida me acaricia el pecho. Se me endurecen los pezones a pesar de no tener frío. Esto no me había pasado nunca. Jamás. Probablemente, porque nunca había estado tan cerca de un chico.

—Ponte las manos en el regazo —me ordena y yo lo hago. Me sobresalto al notar su mano sobre mi pierna—. ¿Estás asustada?

—No.

Se echa a reír; es un sonido malévolo y cruel. Su mano me recorre la pierna con suavidad hasta que encuentra la mía y me rodea la muñeca con los dedos.

—Eres más valiente que la mayoría de las chicas.

—¿Haces esto con muchas chicas?

—Con algunas.

En fin, al menos es sincero. Me coge de la mano, se la acerca y noto la aspereza de su barba sobre la piel sensible de la cara interna de la muñeca.

—Hueles a flores —dice—. ¿Qué perfume llevas?

—Afresia —contesto.

—Huele a limpio. No es demasiado empalagoso. Me gusta.

«Cómo me alegro de tener tu aprobación», pienso, y me entran ganas de reír.

Me roza la cara interna de la muñeca con la punta de la nariz, y enseguida le sigue el suave tacto de sus labios.

Apenas es un beso, de tan suave y liviano, pero me dice mucho de él.

Que tiene los labios gruesos y que sabe ser amable con la boca.

Eso es inesperado. Me muevo en la cama, nerviosa, preguntándome adónde se dirige esto. Adónde irá su boca después de esto.

—¿Alguna vez has pensado en cómo sería la vida si fueses ciega? —pregunta con su voz ronca.

—¿Por qué? ¿Eres ciego?

—No. Responde a la pregunta.

—Supongo. Alguna vez.

Guía mi mano hacia arriba y luego me la coge con las dos suyas y me abre los dedos, de forma que la palma queda abierta.

Lo hace despacio, recorriéndome la piel con los dedos callosos, y no puedo evitar estremecerme.

Es una caricia muy simple, pero su forma de hacérmela se me antoja íntima y considerada; no me está agarrando y tocando solo porque sí.