Sangre y rosas 1
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1 Sloane
Cuando digo que soy un fantasma, no lo digo en sentido literal.
Estoy vivita y coleando, o, al menos, algunos días el dolor que siento me basta para cerciorarme de que todavía tengo un corazón que late.
No, cuando digo que soy un fantasma, me refiero a que la gente casi nunca me ve.
Soy la chica que aparece de fondo. La veinteañera de altura y peso en la que nadie se fija jamás.
Voy por el mundo de puntillas, en silencio, con el semblante serio.
Paso días sin tener que saludar a nadie, o así ha sido durante los últimos seis meses.
No es habitual que me toque hablar con desconocidos, pero cuando lo hago, las conversaciones son sucintas.
La gente parece saber de forma instintiva que no estoy hecha para las charlas de ascensor. Y hoy no es una excepción.
—Aquí tiene la llave de su habitación, señorita Fredrich.
—La recepcionista del hotel Marriott del centro de Seattle desliza la tarjeta sobre el mostrador de mármol.
Una vez ha apartado la mano y está a una distancia segura, alargo la mía para cogerla—.
Gracias —añade. Con la mirada gacha, grapa los papeles de mi reserva—.
¿Viene por negocios o por placer? —La calidez de sus ojos se apaga cuando levanta la vista y repara en mi mirada vacía.
Su sonrisa se desvanece al instante, igual que la mantequilla de un cuchillo caliente.
—Negocios —respondo, y nunca había dicho nada tan cierto como eso.
—De acuerdo… Espero que disfrute de su estancia.
—Aparta la vista en cuanto llega al final del guion que tiene escrito.
No me pregunta por qué he aparecido en el hotel sin maletas ni por qué solo he reservado una noche.
Tampoco pregunta por qué he dejado en recepción una tarjeta extra para la habitación para un tal señor Hanson, aunque se supone que no debe hacerlo.
Eli me ha hecho un resumen de cómo va a funcionar todo esto y, de momento, todo está saliendo según lo planeado.
Cojo mi bolso, me aliso el abrigo y me dirijo al ascensor.
Veintidós, veintiuno, veinte, diecinueve, dieciocho…
Contemplo cómo los números se van iluminando uno a uno.
Los discos, del tamaño de una moneda, se van encendiendo y apagando uno detrás de otro, y el ascensor desciende hacia mí mientras yo espero, con impaciencia y sin pestañear.
No soy la única que está esperando a que llegue.
Si este fuera un edificio de oficinas o un centro comercial, iría por las escaleras, porque los espacios cerrados y yo no nos llevamos muy bien.
Pero como estoy en un hotel de cuarenta y siete plantas y he reservado una habitación en la número cuarenta y dos, me temo que tendré que soportar la presencia de unos desconocidos durante un rato.
Cuando se abren las puertas, entro la primera y me coloco en el fondo.
No quiero que los cuatro hombres de negocios que entran detrás de mí tengan que pasar por mi lado para salir y me rocen.
Ellos se quedan en alguna de las plantas del medio.
Encaja con ellos; es fácil ponerles la etiqueta de mediocres.
Llevan trajes mediocres. Los cuatro tienen cortes de pelo mediocres.
Quien ha reservado sus habitaciones ha sido un departamento de contabilidad, y los departamentos de contabilidad no se gastan el dinero en suites; se lo gastan en habitaciones dobles con camas separadas que tienen acceso al gimnasio y poco más.
«Nada de minibar para usted, señor Corporativo»…
Las puertas del ascensor se cierran y yo me retraigo en mí misma, presionando la espalda contra la pared del fondo.
Cierro los ojos y exhalo por la nariz. Dentro de poco todo habrá terminado, pero, por ahora, mi corazón no deja de dar saltos dentro de mi pecho.
El miedo de estar atrapada, de lo que estoy a punto de hacer, es como una serpiente enroscada y atenta que hace estragos en mis entrañas.
—Oye, ¿estás bien? Se te ve un poco asustada.
Uno de ellos me ha hablado. Cree que puedo estar nerviosa por el ascensor, lo que es cierto, aunque solo a medias.
Tiene los ojos marrones, un color cálido que me recuerda al chocolate derretido.
También tiene hoyuelos. Tendrá unos veintiocho años, más o menos mi edad.
Parece majo. Un chico majo, de esos con los que tal vez habría salido hace un tiempo, antes de…
en fin. Antes de que salir con alguien se convirtiera en algo imposible para mí.
Me obligo a mirarlo.
—Estoy bien, gracias.
—Me alegro. —El chico de los ojos de chocolate me sonríe—. A mi hermana a veces la ayuda respirar hondo. A ella tampoco le gustan los ascensores.
Es un chico dulce. Más dulce de lo que merezco teniendo en cuenta lo que me ha traído hasta aquí.
Lo recompenso con una frágil sonrisa —que él me devuelve— y entonces las puertas se abren y los cuatro se marchan.
Me meto las manos en los bolsillos para que dejen de temblarme.
Sola, subo dieciocho plantas más (lo que es mejor que estar atrapada con cuatro desconocidos, aunque sigue sin ser ideal), hasta que por fin es mi turno de bajar.
Este hotel se parece mucho a cualquier otro en el que me haya alojado. Lo único que lo diferencia de todos los demás, lo que lo definirá para siempre, es el propósito que me ha traído hasta aquí.
Estoy a punto de acostarme con un completo desconocido.
Y lo voy a hacer para encontrar a mi hermana pequeña.