Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

La calma de la tormenta

ELARA

Apoyo los codos en la barandilla de La Dama Negra , dejando que el viento me enrede el pelo mientras el barco corta el agua con una suavidad que casi parece irreal después de todo lo que hemos pasado.

El sol está cayendo, tiñendo el horizonte de naranja y dorado, y por primera vez en mucho tiempo…

no siento prisa. Ni miedo. Ni esa presión constante de estar huyendo o luchando contra algo. Solo… vivo.

Respiro hondo, llenando los pulmones de aire salado, y cierro los ojos un segundo. Libre. La palabra todavía me resulta extraña.

—Te vas a acostumbrar —dice una voz a mi lado.

Sonrío antes de girarme. Adrian está apoyado contra la madera, mirándome como si ya supiera exactamente lo que estoy pensando. Ya no lleva ese peso en los hombros, esa tensión constante que lo hacía parecer siempre preparado para la batalla. Sigue siendo él… pero más ligero.

—No estoy segura de querer hacerlo —respondo, ladeando la cabeza—. Podría aburrirme.

Arquea una ceja.

—¿Tú? ¿Aburrirte?

—Oye, nunca se sabe.

Se acerca un poco más, apoyándose a mi lado en la barandilla.

—Siempre puedes empezar una pelea con alguien de la tripulación.

—Tentador.

—O lanzarte por la borda otra vez.

Lo miro de reojo.

—Esa es tu idea.

—No exactamente.

El silencio que sigue no es incómodo. Es tranquilo. Cómodo. De esos que no necesitan llenarse.

Miro el mar otra vez.

—Todavía no entiendo cómo no nos quedamos —digo al final.

Adrian no responde enseguida.

—¿Gobernar una isla maldita construida sobre un error de nuestros padres? —dice finalmente— Suena como el sueño de cualquiera.

Suelto una pequeña risa.

—Cuando lo dices así…

—Además —añade, girándose un poco hacia mí—, ya hemos tenido suficiente de destinos impuestos.

Asiento despacio. Eso sí lo entiendo. Demasiado bien.

Durante años todo parecía decidido antes siquiera de que pudiéramos elegir: la maldición, el vínculo, las expectativas, las decisiones de otros.

.. Pero ya no. Miro mis manos un segundo, como si aún esperara ver algo ahí.

No hay marcas. No hay cadenas. No hay nada.

Y aun así… Siento el vínculo. Sigue ahí.

Pero no como antes. No me exige. No me duele.

Es… tranquilo. Levanto la mirada hacia él.

—¿Lo notas?

Adrian sonríe levemente.

—Siempre.

Asiento.

—Es raro.

—¿Raro bien o raro mal?

Lo pienso un segundo.

—Raro… libre.

Eso le gusta. Lo veo en la forma en que su expresión se suaviza.

—Me quedo con eso —dice.

El barco se inclina ligeramente al cambiar el rumbo, y el sonido de las velas tensándose llena el aire. La tripulación se mueve con normalidad, sin tensión, sin esa sensación constante de peligro que antes nos seguía a todas partes. La vida sigue. Y nosotros con ella.

—Entonces… —digo, cruzándome de brazos, con una media sonrisa que no termino de disimular— ¿cuál es el plan ahora, capitán?

—Pensaba dejar de ser capitán —responde, como si no fuera gran cosa, casi con alivio.

Lo miro, sorprendida, intentando averiguar si habla en serio.

—Ah, ¿sí?

Se encoge de hombros, despreocupado.

—Podría acostumbrarme a no tener a todo el mundo esperando órdenes —añade, con un tono cansado.

—No creo que eso dure mucho —replico, ladeando la cabeza, escéptica.

—Probablemente no.

Se inclina un poco más hacia mí, acortando la distancia con intención.

—Pero esta vez… quiero elegir mi futuro.

Eso me hace sonreír, más de lo que esperaba.

—Vale, entonces reformulo la pregunta—digo, ajustando el tono—. ¿Cuál es el plan, Adrian?

Se toma un segundo para pensarlo, mirando el horizonte, como si de verdad buscara una respuesta ahí fuera.

—Ninguno.

Parpadeo, desconcertada.

—¿Ninguno?

—Ninguno —repite, mirándome ahora—. Vamos donde queramos. Cuando queramos.

Lo observo unos segundos, tratando de asimilarlo.

—Eso suena peligrosamente a libertad —comento, casi divertida.

—Lo es.

El silencio se instala entre los dos, pero no es incómodo. Y entonces sonrío.

—Me gusta —admito.

El viento sopla más fuerte por un momento, moviendo las velas, empujándonos hacia mar abierto, hacia lo desconocido. Pero esta vez no da miedo. Esta vez… es una elección. Adrian me mira de lado, atento a mi reacción.

—¿Te arrepientes? —pregunta, con un matiz serio.

—Ni un segundo.

Se acerca un poco más. Lo suficiente como para que el aire entre nosotros cambie.

—Bien —murmura.

—¿Por qué? —pregunto, curiosa.

Sonríe, como si guardara algo para sí.

—Porque no pienso soltarte ahora —dice con seguridad.

Suelto una pequeña risa, incapaz de evitarlo.

—Más te vale —respondo, entre divertida y desafiante.

Y entonces lo beso. Sin urgencia. Sin miedo. Solo porque quiero. Cuando me separo, apoyo la frente contra la suya, cerrando los ojos un segundo, disfrutando de la cercanía.

—Oye, Adrian… —murmuro.

—¿Sí? —responde, sin apartarse.

Sonrío.

Lo miro un segundo más, como si me costara encontrar las palabras. Pero esta vez no quiero callarme.

—Te quiero —digo al final, en voz baja, pero sin dudar.

Él se queda quieto un instante, sorprendido… y luego sonríe, de esa forma suya que me afloja todo por dentro.

—Ya lo sabía —responde sonriendo —. Pero me gusta oírlo de tus labios.

Noto cómo su mano encuentra la mía, entrelazando los dedos con calma.

—Yo también te quiero —añade después, más serio, sosteniéndome la mirada.

Alza la otra mano despacio y me aparta un mechón de pelo de la cara, con un cuidado que me desarma.

Sus dedos se quedan un segundo más de lo necesario, rozando mi mejilla.

Cierro los ojos un instante, inclinándome hacia su mano.

Se inclina y me besa otra vez, esta vez más despacio, como si no hubiera prisa para nada.

Abro los ojos y miramos el horizonte. Infinito.

Desconocido. Nuestro. Y esta vez… no hay destino esperándonos. Solo el camino que decidamos tomar.

Nos quisieron atar al destino, al linaje, a la sangre… pero al final, no fuimos nada de eso. Fuimos libres. Y eso… fue lo único que nunca pudieron controlar. Nunca entendieron que juntos… éramos la tormenta.

FIN