Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

El peso de la elección

ADRIAN

El silencio es lo primero que noto. No es la ausencia de sonido, es la ausencia de todo lo demás.

No hay voces, no hay presión, no hay nada empujando desde dentro.

Solo… paz. Respiro, y el aire entra limpio, sin resistencia.

Abro los ojos despacio y la luz me golpea primero.

No es roja ni oscura, es dorada, cálida, real.

Parpadeo varias veces hasta que el mundo encaja: el cielo es azul, el mar se mueve con normalidad, rompiendo contra la orilla como si nada hubiera pasado jamás.

Estoy tumbado sobre arena. Arena de verdad. Trago saliva y me incorporo de golpe.

—Elara— Su nombre sale de mi boca antes de pensar.

La busco con la mirada, desesperado, y la encuentro a unos metros, inmóvil. El tiempo se detiene. Me levanto como puedo, tambaleándome, y llego hasta ella en dos zancadas torpes, cayendo de rodillas a su lado.

—Elara… —repito, más bajo, con la voz tensa.

No responde. Se me encoge algo en el pecho. Le aparto el pelo de la cara con manos que todavía me tiemblan.

—Eh mi vida… no te mueras ahora…— murmuro, apoyando la frente contra la suya, sintiendo el frío de su piel y negándome a aceptar lo que eso significa. Nada.No se mueve. Silencio.

—Elara, por favor mírame… —insisto, aunque mi voz ya no suena firme. — ¡No puedes dejarme! por favor vuelve conmigo.

Siento ese vacío que empieza a abrirse en mi pecho, como si alguien hubiera arrancado algo esencial y lo hubiera dejado sangrando en silencio.

—No te atrevas… —murmuro, sin saber si le hablo a ella, al mar o a algo mucho peor— No te atrevas a irte ahora.

Cierro los ojos un instante y todo se vuelve más oscuro. Todo lo que hice. Todo lo que dejé atrás. Todas las decisiones que tomé creyendo que la estaba salvando… para esto.

Y entonces respira. Es mínimo, casi imperceptible, pero está ahí. Me quedo completamente quieto, como si cualquier movimiento pudiera romperlo.

—Vale… vale…— susurro sin aire, cerrando los ojos un segundo y dejando que un par de lágrimas me crucen el rostro.

Sus párpados tiemblan y, poco a poco, se abren. Sus ojos me encuentran primero confusos, luego claros, completamente presentes.

—Adrian… —susurra.

Se me escapa una risa rota, mezclada con algo que no sé ni nombrar.

—Sí… sigo aquí, te prohíbo morirte ¿me oyes? — respondo, apoyando la frente contra la suya otra vez, como si necesitara comprobarlo.

Parpadea, procesando mis palabras.

—¿…seguimos vivos? — pregunta, todavía aturdida.

Asiento despacio.

—Parece que sí.

Se queda mirándome unos segundos más, como si necesitara asegurarse de que no soy una ilusión, y entonces sonríe. Y eso es lo que me rompe del todo. Cierro los ojos un segundo, dejando que todo lo que tengo dentro salga.

—Pensé que…— empieza ella, pero no termina.

—Yo también— respondo, sin necesidad de que lo diga. — Pensé que te había perdido.

Nos quedamos en silencio, pero esta vez no pesa. Esta vez es tranquilo. Elara levanta ligeramente la mano y yo sigo el movimiento. Su muñeca está libre. El grillete ya no está… simplemente ha desaparecido.

—Se ha ido… —dice, como si aún no terminara de creérselo.

—Todo se ha ido— respondo.

Y es verdad. Lo noto dentro. No hay susurros, no hay sombras, no hay nada más. Solo ella y yo. Se incorpora despacio hasta sentarse a mi lado. Nos quedamos así, mirando el mar, respirando, dejando que el mundo vuelva a existir sin que nosotros tengamos que luchar contra él.

—Entonces… ¿hemos ganado? —pregunta al final.

Suelto una pequeña risa, sin apartar la vista del horizonte.

—No lo sé… —admito—. Pero sigues a mi lado, y ahora mismo… eso me parece suficiente victoria.

Asiente despacio. Nuestros hombros se rozan y, por primera vez, no hay nada detrás de ese contacto. No hay tensión, no hay algo tirando de nosotros, no hay necesidad impuesta. El vínculo sigue ahí, lo siento, pero ya no es una cadena.

—¿Lo notas? —pregunta, girándose ligeramente hacia mí.

Asiento.

—Sí… pero es distinto.

Me observa, esperando que continúe.

—Es nuestro — añado.

Ella niega suavemente, con una pequeña sonrisa.

—Antes también lo era… pero no lo entendíamos.

Se acerca un poco más.

—Ahora sí.

El viento mueve su pelo y el sol sigue subiendo, como si el mundo no hubiera estado a punto de romperse hace un instante. Todo sigue. Y nosotros también.

—Oye— dice de repente, con ese tono suyo que ya reconozco incluso antes de mirarla.

—Mmm.

—Si vuelves a hacer algo así de suicida sin avisar…

Arqueo una ceja.

—¿Sin avisar?

—Te tiro yo por la borda la próxima vez.

Sonrío, más tranquilo de lo que he estado en mucho tiempo.

—Lo tendré en cuenta.

Se inclina un poco más.

—Más te vale.

Y entonces la beso. Esta vez no hay urgencia, no hay desesperación, no hay miedo a que desaparezca en el siguiente segundo. Solo lo hago porque está aquí. Porque yo estoy aquí. Porque elegimos quedarnos. Cuando nos separamos, apoya su frente contra la mía.

—Adrian…

—¿Sí?

Sonríe levemente. Me mira como si necesitara asegurarse de que soy real. Como si tuviera miedo de tocarme y que desaparezca.

—Pensé que te perdía… —susurra.

Sonrío acercándome más.

—Pues vas a tener que esforzarte más para librarte de mí.

Niega suavemente y sus ojos se humedecen.

—No quiero librarme de ti. Nunca.

Eso… Eso me atraviesa el alma. Apoyo mi frente contra la suya otra vez, cerrando los ojos un segundo.

—Menos mal… —murmuro—. Porque yo ya no sabría cómo dejarte ir.

—Te elijo —añade—. A ti. Siempre.

Siento algo en el pecho que no duele. Arde. Pero no duele.

—Entonces estamos igual —respondo en voz baja—. Porque no hay ninguna versión de mí… en la que no te elija a ti.

—Adrian…

—¿Sí?

Sus ojos brillan.

—Esta vez es de verdad.

Sonrío, apoyando mi frente contra la suya.

—Siempre lo fue… —susurro—. Solo que ahora… por fin podemos vivirlo.

Por primera vez desde que empezó esta historia… No siento que estemos sobreviviendo. Siento que estamos viviendo. El mar nunca había sonado así. O quizá siempre lo hizo, pero yo no sabía escucharlo.