Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

La última llave

ADRIAN

Cuando abro los ojos, estamos en una sala enorme, de piedra negra, pulida por algo que no es el tiempo. Los símbolos cubren cada pared, latiendo con una luz roja oscura que se mueve como sangre bajo la piel. En el centro, hay un círculo. Elara se queda completamente quieta a mi lado.

—Elara — la llamo.

Pero no me mira. Está mirando al frente.

Y cuando sigo su mirada… veo el círculo en el suelo, ennegrecido, como si hubiera ardido desde dentro.

Sangre. Mucha. Demasiada. Y en el centro…

Cuatro figuras. Mi corazón se detiene. No.

No puede ser. Pero lo es. Los reconozco sin haberlos visto nunca juntos.

Mi padre. Héctor, que ya no tiene ese aspecto con el que nos ha engañado a todos, Y dos más.

Sombras de poder. De ambición. De todo lo que nos ha llevado hasta aquí

—No… —susurra Elara.

Ellos nos miran.

—Habéis tardado menos de lo esperado —dice mi padre, con esa calma fría que recuerdo demasiado bien—. Pero al final… todo vuelve a su cauce.

Aprieto la mandíbula.

—Estáis muertos. — siseo entre dientes.

—El cuerpo, sí —responde el padre de Elara—. Pero lo que hicimos… trasciende eso.

El corazón me late descontrolado.

—Esto se acaba aquí —digo, dando un paso al frente.

Ellos ni se inmutan.

—No —dice mi padre—. Aquí es donde empieza de verdad.

Señala el círculo. La sangre en los símbolos se mueve.

—El fallo de aquel día fue simple. El poder no se ancló correctamente.

—Porque no éramos suficientes —añade el otro.

—Pero ahora sí. — añade Héctor.

El silencio se estira en la sala. Y empiezo a entenderlo todo.

—Dos portadores —continúa mi padre—. Dos mitades del mismo vínculo. Uno debe contener el poder, el otro… sellarlo.

Miro a Elara. Ella ya lo ha entendido.

—No puedes hacer nada— me dice Héctor— Nadie puede.

Silencio. El mundo parece inclinarse. Miro a Elara. Está completamente inmóvil.

—No… —susurra.

Pero sigue mirándolos.

—Dos linajes —continúa mi padre—. Dos sangres que nunca debieron separarse.

—Un vínculo —añade el otro— Forzado si hace falta.

Aprieto los puños.

— Dos hijos unidos por la sal.

La palabra cae como una sentencia.

—No como herederos —dice uno de ellos—. Si no como recipientes del poder.

El aire se vuelve irrespirable.

—Como anclas —corrige mi padre— Para sostener lo que no podemos controlar.

Miro a Elara. Su respiración se rompe.

—Nos crearon para esto… —susurra.

—¿Y eso cómo se hace? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

Mi padre sonríe. Y odio esa maldita sonrisa.

— Con un sacrificio — susurra.

El aire de la sala se congela.

—Uno de vosotros debe morir — dice una de las sombras.

Esas palabras me aplastan el pecho.

—El que quede —continúa— se convertirá en el ancla definitiva. El poder dejará de fragmentarse y todo se estabilizará.

—Todo estará bajo control —añade el otro.

Control. Esa maldita palabra que me persigue donde quiera que vaya. Miro a Elara. Está pálida.

—No lo hagas —le digo, en voz baja, porque ya sé lo que está pensando.

Ella me mira. Y en sus ojos no hay duda. Eso es lo peor.

—Adrian…

—Ni se te ocurra. — digo apretando los dientes.

Da un paso hacia el círculo. La agarro del brazo.

—No. — espeto.

—Es la única forma —dice, y no le tiembla la voz— Lo sabes.

La acerco un poco más a mí, y aprieto más fuerte.

—Tiene que haber otra forma.

—No la hay. — susurra, y los ojos se le llenan de lágrimas.

Silencio. Nuestros padres nos observan. Esperando. Como si esto fuera inevitable. Como si ya hubieran ganado.

—Te irás —dice ella, muy bajo— Y yo me quedaré. Eres el único que puede sostenerlo sin romperse.

—Y tú eres la única razón por la que querría hacerlo. — susurro.

Se queda quieta y me mira de verdad.

—No pienso vivir en un mundo sin ti —añado.

El aire cambia. Algo en el círculo reacciona.

—Esto no es una elección emocional Adrian —interviene mi padre— Es una decisión necesaria.

Lo ignoro. Solo la miro a ella.

—Escúchame. No vamos a jugar a su juego.

—¿Y cuál es la alternativa? —susurra.

Sonrío. Pero no es una sonrisa bonita. Es una decisión.

—Ninguna. — digo con firmeza.

—¿Qué? — Parpadea sorprendida.

La acerco más a mi cuerpo.

—No elijo vivir sin ti. — susurro mirándola a los ojos.

—Adrian…

—Y no voy a elegir que tú vivas sin mí. —añado.

Su respiración se rompe.

—Eso no funciona así…— espeta mi padre.

—Claro que no. — murmuro.

Miro el círculo. Miro a nuestros padres.

—Porque esto no está diseñado para que nos sacrifiquemos los dos.

Silencio. Y entonces lo digo.

—Si el poder necesita un ancla… —continúo— no se la vamos a dar.

Elara me mira, entendiendo lo que estoy diciendo.

—Lo liberamos… —susurra.

—O nos llevamos todo con nosotros.

Nuestros padres reaccionan por primera vez.

—No puedes romper lo que sois. — dice Héctor.

—Mírame hacerlo. — sentencio.

A mi lado, Elara cae de rodillas.

—Adrian… —su voz es apenas un hilo.

Me agacho con ella.

—Estoy aquí. — susurro ayudándola a levarse.

—Eso os destruirá —dice Héctor.

—Perfecto. — sentencio.

La miro. Doy un paso hacia ella sin dudar

—Esta vez no pienso marcharme, esta vez decidimos juntos. — digo mirándola a los ojos.

Las voces gritan. La sangre asciende por las paredes. Todo se está desmoronando.

—Adrian… —susurra.

—Elige —le digo tendiendo mi mano para que la agarre. — ¿Vienes conmigo?

Sus ojos se cierran un segundo. Las voces intentan colarse en su mente de nuevo. Lo veo. Lo siento. Pero entonces… Respira hondo. Y cuando vuelve a abrirlos… Hay algo nuevo. Algo que no estaba antes. Las voces chillan. Y entonces… agarra mi mano y dice:

— Somos lo que elegimos ser.

Eso es suficiente. La beso. Luego agarro su mano con fuerza y damos un paso juntos dentro del círculo.

La sangre del suelo comienza a ascender.

Las voces regresan. Más fuertes que nunca.

Intentan separarnos. Nos agarran. Nos rompen.

Pero no nos soltamos. Nos abrazamos como nunca antes lo habíamos hecho.

—¡DETENEOS! —grita mi padre.

Por primera vez… no siento miedo.

—Ahora —le digo.

Elara cierra los ojos. Y en vez de resistirse al poder… se abre. Yo hago lo mismo. El poder no encuentra ancla. No encuentra forma de contenerse en ninguno de los dos. No encuentra control. Se desborda. La sala se agrieta. Los símbolos estallan. Las voces se desgarran entre sí.

—¡NO! —gritan ellos.

Todo estalla. Las grietas no desaparecen.

Se abren más. Como si hubiéramos roto algo que no debía romperse…

o despertado algo que llevaba demasiado tiempo esperando.

El suelo bajo nuestros pies deja de ser roca.

Late. Literalmente. Un latido lento, profundo, como el de un corazón enterrado.

Pero ya es tarde. Porque nunca contemplaron esto.

Nunca contemplaron que elegiríamos perdernos juntos antes que sobrevivir separados. La luz nos envuelve y todo desaparece.