CAPÍTULO 28
El pasado siempre vuelve
ADRIAN
La oscuridad nos traga. Y cuando vuelve la luz… No es luz. Es fuego. Antorchas. Sombras moviéndose en las paredes de lo que parece un almacén viejo, lleno de barriles apilados, madera húmeda, olor a sal y a algo más. Algo que me revuelve el estómago. Elara se queda completamente rígida.
—No… no… no…
Su respiración se rompe. Miro a mi alrededor. Y entonces lo oigo. Risas. Graves. Sucias. Un sonido que no encaja con nada bueno. Se me hiela la sangre antes siquiera de ver nada.
—Elara —digo más bajo—. Quédate conmigo.
Pero ya no está conmigo del todo. Sus ojos están clavados en un punto detrás de los barriles.
—Ahí… —susurra—. Yo estaba ahí…
Sigo su mirada. Y veo un hueco entre la madera. Un escondite. Pequeño. Insuficiente. Perfecto para una niña aterrorizada. Aprieto la mandíbula.
—No tienes que volver a verlo —le digo.
Ella niega, está temblando. Las voces aumentan. Pasos. Un golpe. Un grito. El sonido me atraviesa como una cuchilla. No necesito ver más para entender lo que vamos a presenciar. Elara se encoge sobre sí misma.
—No pude salir… —susurra—. Si lo hacía… me encontrarían…
Me arrodillo frente a ella, agarrándole los brazos.
—Escúchame. Tenías diecisiete años. Sobreviviste.
—La dejé sola…
—No la dejaste —respondo con firmeza—. Te escondiste porque querías vivir.
Otro golpe. Otro sonido que no debería existir. Cierro los ojos un segundo, conteniéndome. Esto no va de lo que está pasando ahí. Va de ella.
—Mírame —insisto.
Le cuesta. Mucho. Pero poco a poco vuelve.
—No podías salvarla —digo, más bajo, pero sin dudar—. Y no era tu responsabilidad hacerlo.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—La escuché… —su voz se rompe—. Sabía que estaba ahí… y yo no hice nada…
Se queda en silencio. El mundo a nuestro alrededor empieza a distorsionarse, como si la escena no aguantara más. Las sombras se deforman. Las voces se vuelven ecos.
—Si hubieras salido… —añado—. Hoy no estarías aquí. Y yo… —mi voz baja un poco—. No te habría encontrado.
Eso la golpea el alma. Lo veo. Algo en ella cambia. Pequeño. Pero real.
—No fue tu culpa —repito.
Elara cierra los ojos con fuerza y las lágrimas caen.
—No fue mi culpa… —susurra, como si lo estuviera probando.
El mundo tiembla. Las paredes crujen. Las voces se rompen.
—Otra vez —le digo.
—No fue mi culpa.
Más firme. El suelo se abre en grietas de luz.
—Otra vez.
—¡NO FUE MI CULPA! —grita con fuerza.
Todo estalla. Silencio. Oscuridad. Y volvemos. El sendero. La isla. Pero Elara cae de rodillas. La sujeto antes de que golpee el suelo. Está temblando. Mucho más que antes. Pero sigue aquí. Sigue siendo ella.
—Dos… —murmura, sin aire.
Miro a Héctor. Esta vez no asiente. Esta vez… Parece preocupado.
—Esto va más rápido de lo que debería —murmura.
Miro a Elara. La ayudo a levantarse. Porque ahora ya lo sé. La isla no solo quiere probarla. Quiere quedarse con ella. Apenas tiene tiempo de sostenerse en pie cuando la isla vuelve a tirar de nosotros. Lo siento esta vez. Como si algo me agarrara desde dentro del pecho.
—Espera—empiezo a decir.
Demasiado tarde. El mundo se rompe otra vez.
Pero esta vez… Yo también caigo. El impacto es seco.
Cuando abro los ojos, el aire ya no huele a sal y piedra.
Huele a madera vieja, a ron barato… a puerto.
Parpadeo. Y veo un barco. No es el de mi padre, ni El Viento Gris ni La Dama Negra .
Uno peor. Más sucio. Más descuidado. Y la veo a ella.
Elara. Pero no la de ahora. Más joven. Más dura por fuera.
Más rota por dentro. Se mueve por cubierta con esa forma suya de aparentar que no necesita a nadie, que nada le afecta.
—¿Cuándo es esto…? —murmuro.
A mi lado, la Elara real se queda completamente inmóvil. Sus ojos están clavados en la escena. Oscuros y vacíos.
—Cuando te fuiste —añade, sin mirarme.
El golpe es directo. No tengo tiempo de responder. La escena sigue. Un grupo de hombres la observa. Demasiado. De esa forma que conozco. Que odio. Se me tensan todos los músculos del cuerpo.
—No… —murmuro.
Elara a mi lado da un paso atrás.
—No quiero esto. Pero la isla no escucha, nunca lo hace.
La Elara del recuerdo se ríe de algo, empuja a uno de ellos, mantiene esa fachada perfecta de control.
Pero yo lo veo. Lo que hay debajo. El cansancio.
La rabia. El vacío. Y luego… El momento cambia.
La luz cae. La cubierta se vacía. Y todo se vuelve más estrecho.
Más oscuro. Un pasillo. Una puerta. Elara se queda paralizada a mi lado.
—No…
Su voz no sale del todo.
—Estoy contigo —le digo, agarrándole el brazo.
Pero ya está pasando. La escena no espera. Las sombras se mueven. Las voces cambian. Se vuelven más bajas. Más peligrosas. No necesito ver más. Lo entiendo. Demasiado rápido. Demasiado claro. Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me duele.
—Basta —gruño—. Basta ya.
Pero no sirve de nada. Elara se encoge, como si estuviera volviendo a sentirlo todo.
—No tenía a nadie… —susurra—. No había nadie…
Ahí está. La consecuencia de mis actos. La soledad. La caída. Me coloco frente a ella, obligándola a mirarme.
—Mírame.
No quiere. Pero la obligo suavemente. Sus ojos se clavan en los míos.
—Te fuiste.
No es un reproche. Es una verdad. Y me pesa como una condena. Asiento despacio.
—Sí.
No voy a mentirle aquí. No en esto.
—Y eso… —trago saliva—. Eso es culpa mía.
El aire se tensa entre nosotros.
—Pero lo que te hicieron… —continúo, con la voz más grave— no fue porque tú hicieras nada mal.
Sus ojos tiemblan.
—Me lo busqué…
—No. — La corto con firmeza. —No.
Me inclino hacia ella.
—Te hicieron daño porque eran unos cobardes.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Las sombras empiezan a distorsionarse. La escena se resquebraja. Su respiración se engancha.
—No me rompieron… —susurra despacio.
—No.
—No pudieron conmigo…
—Nunca pudieron.
El mundo se quiebra. Las voces se rompen. Las sombras desaparecen.
—Dilo —le pido.
—No pudieron conmigo.
Más firme.
—Otra vez.
—No pudieron conmigo.
La isla grita. Literalmente. Todo desaparece. Volvemos. De golpe. El sendero. La roca. El aire pesado. Pero esta vez… Yo también estoy respirando como si hubiera corrido. Miro mis manos. Siguen temblando.
—Tres… —murmura Elara.
La miro. Está hecha polvo. Pero en pie. Otra vez. Héctor nos observa. Más serio que antes.
—Esto ya no es solo su prueba —dice.
—Lo sé.
Porque ahora lo tengo claro. La isla no solo quiere romperla a ella.
Quiere que yo me rompa con ella. Aprieto la mandíbula.
Pues va lista. Porque esta vez… No me voy a ir.
Esta vez no caemos. Nos arrastran. Es distinto.
No es un recuerdo. No es un trauma. Es… algo más profundo.
Más antiguo. Siento cómo el aire desaparece de golpe, como si alguien me hubiera metido bajo el agua. Intento respirar, pero no entra nada.