Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Desembarco en el infierno

ADRIAN

La isla no ha cambiado. O quizá sí. Quizá soy yo.

La veo alzarse frente a nosotros como la recordaba…

pero más viva. Más hostil. Como si supiera que hemos vuelto.

Como si nos estuviera esperando. Isla de Sangre.

Su nombre nunca fue una exageración. El mar golpea los acantilados con violencia, levantando una espuma oscura que parece más densa de lo normal.

No hay luz cálida aquí; todo está cubierto por una penumbra rojiza, como si el amanecer se hubiera quedado atrapado en el cielo sin decidirse a salir.

Aprieto la mandíbula.

—Preparad el desembarco.

Mi voz suena firme, automática, pero por dentro todo está demasiado tenso. Escucho el movimiento de la tripulación a mi espalda: cuerdas tensándose, madera crujiendo y pasos apresurados. Nadie habla más de lo necesario. Todos lo sienten: este sitio no es normal. Nunca lo ha sido.

Busco a Elara sin darme cuenta. La encuentro cerca del mástil, más pálida de lo habitual, pero en pie.

El grillete brilla débilmente en su muñeca; ese metal extraño que Héctor juró que mantendría a raya las voces.

No las elimina. Nuestros ojos se cruzan un segundo.

Está aquí. De verdad. Pero sé lo rápido que todo puede torcerse.

Desvío la mirada antes de pensar demasiado. No puedo permitírmelo ahora.

—No la pierdas de vista —le digo a Jareck sin mirarlo.

—No pensaba hacerlo.

Al menos en eso coincidimos. El barco se acerca a una abertura entre los acantilados, lo bastante ancha para colarnos, pero lo suficientemente estrecha para sentir que entramos en la boca de algo que podría cerrarse en cualquier momento.

—Más despacio —ordeno.

El timón responde y La Dama Negra se desliza hacia dentro.

El mundo cambia. El sonido del mar se vuelve más profundo, como si resonara desde el corazón de la roca.

La luz cae varios tonos y el aire pesa. Lo noto en los pulmones.

En la piel. En los pensamientos. Miro hacia delante: una pequeña playa de arena oscura aparece entre las paredes de piedra.

No hay vegetación ni señales de vida. Perfecto.

—Ahí —señalo con el dedo.

Saltamos. Mis botas se hunden en la arena húmeda y extrañamente fría.

La tripulación empieza a desembarcar detrás de mí, formando posiciones sin necesidad de órdenes.

Son buenos. Saben dónde están. Observo a Elara; cada movimiento suyo está contenido, como si estuviera escuchando algo que el resto no podemos oír. Me acerco un paso.

—¿Sigues aquí? —pregunto en voz baja.

Sus ojos se clavan en los míos.

—Por ahora.

No me gusta esa respuesta, pero es la única que tengo. Un ruido a mi derecha me hace girar. Héctor está mirando la isla como si fuera la primera vez.

—¿Por dónde? —le pregunto.

No duda ni un segundo.

—Por ahí —dice, señalando un sendero apenas visible entre las rocas.

—Ni siquiera lo has pensado —le recrimino, frunciendo el ceño.

—No me hace falta.

Eso me gusta aún menos. Doy un paso hacia él.

—Dijiste que había un registro.

—Y lo hay —afirma.

—¿Y sabes exactamente dónde está?

Héctor me mira y sonríe. No es una sonrisa tranquilizadora; es una que confirma mis sospechas.

—Digamos que… esta isla guarda cosas para los que saben dónde mirar.

Silencio. La tripulación también lo nota. La tensión cambia. Esto ya no es solo la maldición; es algo más antiguo. Más personal. Me acerco un poco más a él.

—Empieza a hablar claro.

—Si hablo claro ahora… no salimos de aquí —advierte con la mirada endurecida.

Cada vez mejor. Aprieto la mandíbula, conteniendo la respuesta que me pide el cuerpo. Todavía no es el momento. Miro hacia el interior de la isla. El sendero se pierde en una zona oscura donde la roca se abre hacia algo que no alcanzo a ver, pero que siento esperándonos.

—Nos movemos —ordeno al final.

Héctor empieza a caminar y lo observo unos segundos. Entonces lo entiendo: no nos ha traído aquí para ayudarnos. Héctor ha venido a buscar algo, y nosotros somos parte del precio. Aprieto el agarre en la empuñadura de mi espada. No pienso perderlo de vista.

No llevamos ni diez minutos caminando cuando la isla empieza a respirar. Lo noto en el suelo, en la vibración de la roca bajo mis botas, como si algo grande se moviera muy por debajo. Levanto la mano.

—Alto.

La columna se detiene al instante. Silencio. Demasiado silencio. Ni viento, ni mar. Nada.

—¿Lo oís? —pregunto en voz alta.

—No oigo una mierda —murmura uno de los hombres de Héctor.

—Exacto.

Eso es lo que no me gusta. Miro alrededor.

Las paredes de roca se han cerrado, formando un pasillo natural que apenas deja pasar la luz.

Todo tiene ese tono rojizo, como si camináramos dentro de algo vivo.

Entonces oigo un susurro. No viene de fuera; viene de dentro de mi cabeza. Aprieto los dientes. Otra vez no.

—Adrian…

Me giro de golpe. Elara está unos pasos atrás, rígida, con la mirada fija en un punto inexistente. Mierda.

—Elara.

No responde. El grillete en su muñeca brilla, pero no parece suficiente.

—Elara, mírame.

Parpadea y, tras un par de segundos, me enfoca.

—Estoy… —traga saliva—. Estoy bien.

Mentira. La conozco demasiado. Antes de que pueda decir nada más, otro susurro atraviesa el aire. Esta vez todos lo oyen. Un marinero se gira en redondo.

—¿Quién ha dicho eso?

Nadie responde porque nadie lo ha hecho. Las sombras parecen moverse contra la lógica de la luz.

—Capitán…

Me giro. Uno de los hombres señala hacia atrás. Donde debería estar el camino por el que vinimos, solo hay roca sólida. Sellada. Como si nunca hubiera existido. Nadie respira.

—Esto no estaba así —dice Jareck, tenso.

Lo sé. La isla no quiere que salgamos.

—Seguimos —digo.

—¿Estás loco? —salta uno de los hombres de Héctor—. ¡El camino ha desaparecido!

—¿Tienes otra opción?

No responde porque no la hay. Un sonido seco rompe el aire y veo a Elara doblarse, llevándose la mano al pecho.

—¡Elara!

Llego a ella en dos zancadas. Su respiración es demasiado rápida.

—No… no… —susurra—. Están… más cerca…

El grillete vibra físicamente, como si algo dentro de ella estuviera empujando para salir.

—Mírame —le digo, agarrándole la cara—. Quédate conmigo.

Sus ojos verdes se clavan en los míos, pero no son del todo suyos.

—No puedes pararlo… —dice una voz que no es la suya.

Se me hiela la sangre. Aprieto el agarre.

—Sí puede.

Parpadea. Un segundo después, vuelve.

—Adrian… me están enseñando cosas… —dice temblando—. No son recuerdos… son miedos.

El Espejo de Sangre. Ha empezado. Miro a Héctor y él ya me está mirando, como si hubiera estado esperando exactamente esto. Un grito corta el aire. Uno de los hombres cae de rodillas agarrándose la cabeza.

—¡Sácala de mi cabeza! ¡Sácala!

Se levanta de golpe y retrocede hasta chocar contra la roca. Y entonces… desaparece. La piedra se lo traga sin más. Se hace un silencio absoluto. Miro a Héctor.

—Dime que eso no es lo que creo.

—La isla no mata… te enfrenta a lo que no puedes sobrevivir.

Miro a Elara. Sigue temblando entre mis manos y hay miedo real en su mirada.

—Adrian… si pierdo el control…

—No lo vas a perder.

—Y si lo hago…

—Me perderé contigo.

La isla vuelve a susurrar. Más fuerte. Más cerca.

Y esta vez… Dice mi nombre. El cambio no es inmediato.

Es peor. Es lento. Como si la isla respirara hondo…

y exhalara sobre nosotros. El aire se espesa.

La luz se apaga un poco más, y durante un segundo tengo la sensación de que todo se inclina, como si el mundo perdiera el equilibrio.

Parpadeo. Y ya no estamos en el sendero. Aprieto la espada al instante.

—Formación—empiezo a decir, pero me detengo.

No hay formación, ni tripulación, ni Jareck, ni Héctor.

Solo… una casa. Se me corta la respiración.

No. No puede ser. La reconozco. Es la casa de Héctor.

Lo que significa que... Miro a mi lado. Elara está a unos pasos de mí, completamente inmóvil.

Más pálida que nunca. Más pequeña. No físicamente.

Pero sí de alguna forma que no sé explicar.

—Elara…

No responde. Su mirada está clavada en la puerta. Una puerta de madera vieja, desgastada, entreabierta. Desde dentro… Se oyen voces. Gritos. Un golpe seco. Ella da un paso hacia delante.

—No —digo, agarrándole el brazo—. No entres.

Ni siquiera me mira.

—Tengo que hacerlo…

Su voz es apenas un susurro. Y entonces lo entiendo. Esto es un recuerdo. Es su padre. Es una herida en su alma.

—Elara… —insisto, más bajo—. Es él, ¿verdad?

Su respiración se quiebra.

—Sí…

Otro golpe dentro. Se me revuelve el estómago.

—No estás sola. Estoy contigo.

Parece oírme, pero niega despacio. Se suelta y entra. La sigo. El interior huele a humedad y a algo roto. En la penumbra vemos a un hombre y a una niña. El golpe llega antes que el sonido y la niña se tambalea. Se me tensa el cuerpo.

—No…

Elara se queda congelada. Es la mujer que conozco y la niña de entonces al mismo tiempo.

—No te muevas… —susurra, como si hablara consigo misma—. Si no me muevo… no se enfada…

El hombre vuelve a alzar la mano.

—¡Eres igual que tu madre! —escupe—. ¡Igual de inútil!

Y la golpea. Avanzo para interponerme, pero mi mano atraviesa el brazo del hombre. No es real.

—Joder…

Elara da un paso más.

—Papá… por favor… —suplica la niña.

Se me hiela la sangre al reconocerlo. Es Héctor. Siempre fue él. La niña mira justo hacia donde estamos nosotros.

—Nos puede ver —murmuro.

El golpe vuelve. La niña cae al suelo. Algo en mí se rompe.

—Basta —gruño, aunque no sirve de nada.

Elara cae de rodillas.

—No hice nada… nunca hice nada…

Me arrodillo frente a ella y le agarro la cara.

—Mírame.

Le cuesta. Mucho. Pero lo hace.

—No eres esa niña.

Niega con fuerza.

—Sí lo soy… —su voz se rompe—. Siempre fui la que no era suficiente para él…

—No.

Acerco más mi frente a la suya.

—Esa niña sobrevivió.

Silencio. El mundo tiembla a nuestro alrededor. Los gritos se distorsionan.

—Esa niña aguantó a un hombre que no merecía llamarse padre —continúo—. Y aun así sigue en pie. Esa niña se levantó. Se convirtió en alguien que no vuelve a agachar la cabeza.

Sus ojos se llenan de algo distinto. Duda. Rabia. Vida.

—No soy débil… —susurra.

—Nunca lo fuiste.

La escena empieza a romperse. Literalmente. Las paredes se agrietan. Las voces se deforman. La figura del hombre se retuerce, como si algo lo estuviera desgarrando desde dentro.

—¡No! —grita él—. ¡No puedes salir de aquí!

Elara se levanta. Lentamente, pero con firmeza.

—Lo hice—dice— Ese día dejé de ser tu hija.

Y esta vez… Es ella. El mundo estalla. Oscuridad. Silencio. Y de golpe… Volvemos. El sendero. La roca. La tripulación. Pero no todos. Falta gente. Elara se tambalea. La sujeto antes de que caiga. Su respiración es errática. Pero sus ojos… Están claros.

—Uno… —murmura.

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

Traga saliva.

—He superado uno.

Miro a Héctor. Esta vez no lo veo igual. Ni como líder, ni como guía. Lo veo como el monstruo que es. Él sostiene mi mirada… y no la aparta.

—El Espejo no muestra todo a la vez… —dice con calma— Te rompe por partes.

Aprieto la mandíbula.

—¿Y tú sabías lo que iba a ver? —pregunto, tenso.

Un segundo de silencio.

—Sabía que vería la verdad —responde.

Miro a Elara. Luego vuelvo a él.

—Es tu hija.

Héctor no lo niega, ni se justifica. Solo asiente despacio. Hijo de puta.

—Voy a matarte hijo de puta. — siseo entre dientes.

Miro a Elara. Sigue en pie. Sigue aquí. No lo pienso. Ni un segundo. Lo suelto todo y avanzo hacia él. Un paso. Otro. La rabia me empuja más rápido que cualquier idea coherente.

—¡Adrian, no! —la voz de Elara me alcanza, rota.

No me detengo. Héctor ni siquiera retrocede. Me mira. Quieto. Como si lo estuviera esperando. Eso me enfurece más. Alzo el puño.

—Te juro que...—

No llego a terminar la frase. El aire cambia de golpe. Como si el mundo respirara hacia dentro. Todo se detiene un instante extraño, imposible. Y entonces Elara se tensa en mis brazos antes incluso de que el entorno desaparezca.

—No… —susurra.

El suelo desaparece bajo mis pies. La luz se rompe. Y Héctor… Héctor se disuelve delante de mí antes de que pueda tocarlo. Maldita sea. Aprieto los dientes mientras todo se deshace otra vez. Pero esta vez es distinto. Más frío. Más… contenido. Como si algo mucho peor estuviera esperando.