CAPÍTULO 26
Confesiones en la penumbra
ELARA
No debería sentirme así de descolocada y, sin embargo, aquí estoy, caminando por la cubierta como si el suelo no fuera del todo firme, como si el mar se hubiera metido dentro de mí y no terminara de calmarse.
Respiro hondo, dejando que el aire salado me llene los pulmones, pero no arrastra nada de lo que llevo encima.
Ni lo que ha pasado. Ni lo que hemos dicho.
Ni todo lo que ha cambiado en cuestión de minutos.
Me tapo el cuerpo como puedo con lo que queda de mi camisón y apoyo las manos en la barandilla.
Me quedo mirando el horizonte. Cierro los ojos un segundo, apretando los dedos contra la madera.
Maldito sea. ¿Por qué tenía que decirlo así?
¿Por qué tenía que mirarme de esa forma, como si no hubiera nada más en el mundo?
Porque lo peor no es que lo haya dicho. Es que le creo.
Exhalo despacio, pasando una mano por mi cara, intentando ordenar las ideas, pero es inútil.
Todo se mezcla en mi cabeza: la taberna hace diez años, las discusiones, la casa de Héctor…
la forma en que le hablé, la forma en que lo herí.
Y luego esto. Todo esto. No puedo quedarme solo con lo que ha pasado ahora, no sería justo para él.
Trago saliva, sintiendo cómo algo se me queda atascado en el pecho.
Tengo que decirlo. Tengo que arreglarlo.
Pero cuando intento ensayar las palabras en mi cabeza, suenan mal, forzadas, como si no fueran mías.
“Lo siento”. Tan fácil. Tan absurdo. Y aun así… imposible.
—Genial, Elara —murmuro por lo bajo, dejando escapar una pequeña risa sin humor— Sabes pelear con medio mundo, pero no sabes decir esto.
Levanto la vista y lo veo a unos metros, de espaldas, apoyado también en la barandilla, mirando al mar como si necesitara lo mismo que yo.
Espacio. O quizá aire. O quizá… distancia.
Y eso me aprieta algo en el pecho porque no estoy acostumbrada a eso con él, a que haya distancia entre nosotros.
Doy un paso hacia delante… y me detengo.
Joder. ¿Por qué es tan difícil ahora? Antes solo tenía que provocarlo, atacarlo y, responder. Era fácil. Era terreno conocido.
Pero esto… esto es otra cosa completamente distinta.
Esto es elegir. Y no esconderse detrás de ninguna excusa.
Respiro hondo otra vez y, esta vez, no me detengo.
Camino hacia él, notando cómo cada paso pesa más de lo que debería.
Cuando llego a su lado, no lo miro enseguida.
Me apoyo en la barandilla, dejando un pequeño espacio entre los dos, aunque sé perfectamente que podría cerrar esa distancia en cualquier momento. Soy una cobarde.
—Oye… —digo al final, sin apartar la vista del mar.
Noto cómo gira ligeramente la cabeza hacia mí, aunque no llego a mirarlo todavía. Trago saliva.
—Lo de ayer… —empiezo, y ya sé que no es suficiente.
Aprieto los labios, obligándome a seguir.
—En la casa de Héctor… yo… —me quedo a medias un segundo, frustrada conmigo misma—. No debería haberte dicho algunas cosas.
Por fin lo miro. Suelto el aire con fuerza, negando levemente con la cabeza.
—Joder, qué mal se me da esto…
El silencio se estira entre nosotros, pero esta vez no me escondo. No aparto la mirada.
—No sé pedir perdón —admito al final, con voz más baja, pero firme—. Pero lo estoy intentando.
El viento pasa entre nosotros, moviendo ligeramente mi pelo, llevándose cualquier excusa que pudiera quedarme. Y por primera vez desde que empezó todo… No tengo ni idea de qué va a hacer. Ni de qué quiero que haga.
—Elara… —da un paso más cerca, y susurra en voz bajita—, cuando llegaste a aquella taberna de mala muerte, yo ya sabía quién eras.
Pero no sabía cómo eras. No sabía que discutirías conmigo cada vez que te llevara la contraria.
No sabía que caminarías por las cubiertas como si el viento te obedeciera.
No sabía que cuando sonríes… todo lo demás deja de importarme.
Hace una pausa, respirando hondo.
Mi pecho se aprieta. Odio que sus palabras me afecten.
—¿Por qué nunca me lo dijiste…? —pregunto, con voz temblorosa.
Ahora su silencio es distinto.
—Porque… si te decía que nuestros padres querían prometerte conmigo antes de conocernos… habrías huido—dice, y su voz casi se quiebra.
Aprieto la mandíbula. Tiene razón. Lo odio por tener razón.
—Quería que eligieras quedarte conmigo —continúa—. No porque la sangre te obligara, ni porque mi padre lo ordenara… sino porque tú quisieras, ¿me entiendes? — dice, con un pequeño temblor en la voz.
Lo observo por un momento. El heredero perfecto. El hijo obediente. El hombre que carga decisiones que no tomó.
—¿Y tú… tú elegiste? —pregunto, bajando la voz.
Su respiración se vuelve más pesada.
—No… al principio no. Pero ahora sí. Elijo esto. Te elijo a ti… aunque rompa cada plan que mi padre trazó —dice, y un brillo intenso se refleja en sus ojos. —Ese maldito plan murió cuando abandoné ese barco… —continúa.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
—Al principio… acercarme a ti sí era una idea impuesta. Algo que me dijeron que ocurriría algún día… que nuestros apellidos volverían a dominar juntos, que tu sangre y la mía estaban destinadas a gobernar —susurra, mirando a la nada.
Me quedo mirándolo, atenta a cada palabra.
—Mi padre no solo era ambicioso… —añade—. Era… asfixiante. Cada decisión, cada error, cada respiración tenía que estar a la altura de lo que él esperaba. Nunca fui suficiente… nunca fui el hijo perfecto. Siempre había algo que corregir, algo que aplastar —su voz se quiebra un poco.
No lo interrumpo.
—Crecí sintiendo que mi vida no me pertenecía… que era una extensión de su voluntad, un instrumento —dice, bajando la mirada.
Aprieto los puños. Sus palabras se me clavan en el alma.
—Y entonces apareciste tú.
Bajo la mirada un segundo.
—Eras tan diferente… No pedías permiso, no buscabas aprobación de ningún hombre. Te enfrentabas al mundo como si no debieras cuentas a nadie —murmura respirando hondo.
Levanto la vista y clavo mi mirada en sus ojos azules.
—Sí… en un principio vi en ti una salvación. —susurra—. Subir a ese barco contigo fue para mí una escapatoria del infierno donde estaba.
Se queda unos segundos en silencio.
—Empecé a buscarte, porque cuando estaba contigo, el ruido de mi padre que llevo en mi cabeza se apagaba un poco… sus expectativas… sus órdenes… su sombra…
Lo miro fijamente ante su confesión.
— Cuando hablábamos, cuando discutíamos, cuando me retabas… sentía que podía elegir quién quería ser… no quién él quería que fuera. — se pasa una mano por la cara y continúa —Al principio no era amor… era… alivio —confiesa, casi en un susurro.
Trago saliva con dificultad.
—¿Yo era tu refugio…? —pregunto, con miedo.
—Eras mi posibilidad —espeta firme pero suave.
—Eso no era justo para mí —digo, bajando la voz.
—Lo sé… no es justo cargar a alguien con su rescate… y por eso tenía que decírtelo, No quiero que pienses que te amo solo porque me sacaste de mi miseria.
Veo cómo se le humedecen los ojos.
—¿Por qué me amas ahora…? —pregunto, sin apartar la mirada.
—Porque no me salvaste Elara… me obligaste a salvarme a mí mismo —responde, con un hilo de voz ronco por la intensidad.
Parpadeo sorprendida.
—No me protegiste del mundo… me enfrentaste a él. Me hiciste cuestionar todo lo que me enseñaron… me hiciste elegir.
Doy un paso hacia él.
—Y me enamoré perdidamente de ti en el proceso —susurra mientras una lágrima le cruza el rostro.
Su respiración se acelera un poco. Me sostiene el rostro con ambas manos y apoya su frente contra la mía.
—Nunca fuiste mi vía de escape —susurra—. Eres mi igual, Elara… mi desafío… mi hogar cuando todo arde.
—Nunca quise ser tu cura —digo despacio, dejando que unas lágrimas me traicionen.
—No lo eres —responde atrapándolas con el pulgar y con un hilo de voz.
—No quiero que me necesites para respirar.
—No te necesito para respirar —responde—. Te elijo para vivir, ¿entiendes?
Lo miro unos minutos.
—Te odio un poco por no contármelo —susurro bajito.
Me deposita un suave beso en la frente y vuelve a mirarme. Cierra los ojos con fuerza y puedo notar como lucha por no derrumbarse. Lo noto tenso, aunque intenta parecer sereno. Siempre intenta parecer más fuerte de lo que se siente. Y esta vez me toca a mí.
Respiro hondo y me aparto despacio. Me apoyo un segundo en la barandilla y vuelvo a mirarlo.
—Ahora me toca hablar —digo.
Él me mira con esa atención absoluta que me desarma. Nunca he sido buena confesando cosas. Prefiero atacar antes que mostrar una herida. Prefiero la ironía antes que la vulnerabilidad. Pero con él… ya no quiero fingir.
—Durante años me convencí de que no necesitaba a nadie… que, si era lo bastante fuerte, lo bastante fría, nadie podría hacerme daño —empiezo, bajando la voz.
Levanto la mirada hacia él.
—¿Sabes qué es lo peor… de todo esto? —susurro.
Adrian levanta la vista hacia mí, atento.
—Que cuando te vi por primera vez… no pensé en nada, ni en capitanes, ni en ninguna de esas malditas historias que nos perseguían —digo, con un hilo de sonrisa.
Sacudo la cabeza lentamente, recordándolo.
—Solo vi a un idiota en una taberna… —susurro.
Sus labios se curvan un poco.
—Tenías esa sonrisa de idiota… —continúo—. Esa sonrisa que parecía decirle al mundo entero que nada podía tocarte…
Lo miro un instante más, como si estuviera viendo aquella escena otra vez.
—Estabas apoyado en la barra, riéndote, como si todo te perteneciera. El mar, la taberna… hasta el aire —susurro.
Bajo la mirada a mis manos.
—Y yo entré pensando que sería una noche más… una parada más en un puerto cualquiera —mi voz se vuelve más baja —Pero entonces… me miraste —añado, con voz temblorosa.
Levanto los ojos hacia él.
—Y maldita sea, Adrian… en ese momento pensé que eras el hombre más insoportable que había visto en mi vida —digo, casi riendo por lo bajo —Tan seguro de ti mismo… tan arrogante… tan… peligroso.
El silencio se estira entre nosotros.
—Y aun así… —añado finalmente— no pude dejar de mirarte.
Trago saliva.
—Porque había algo en ti que me hacía sentir… viva… como si todo estuviera a punto de cambiar —susurro.
Mis ojos se quedan clavados en los suyos.
—Lo que no sabía entonces… —murmuro—… es que ya lo había hecho.
Sonríe, y los ojos se le llenan de lágrimas.
—Al principio te odiaba —confieso, casi sonriendo—. Representabas todo lo que despreciaba: el poder, el apellido, la sombra de tu padre —susurro.
—Lo sé… —murmura.
—Pero había algo en ti que no encajaba con esa imagen —susurro, acercándome un poco más.
—Veía el daño que te había hecho… te veía tensarte cuando hablabas de él… te veía sufrir por no ser suficiente para alguien que jamás iba a estar satisfecho —continúo, bajando la voz
—Y eso me asustó —confieso.
Adrian frunce el ceño.
—¿Por qué…? —pregunta con un hilo de voz.
—Porque reconocí algo… —añado, mirándolo a los ojos.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
—Yo también llevo toda mi vida intentando ser suficiente para alguien que nunca estuvo… —digo, casi en un susurro—. No vi en ti una salvación… vi mi reflejo.
Sus ojos se oscurecen por un momento.
—Y eso era peligroso —murmuro.
Porque si él me entendía… entonces podía herirme.
—Me acerqué a ti para probar que no me importabas —confieso— para demostrarme que podía jugar y no sentir nada.
Sonrío con amargura.
—Fallé miserablemente —susurro, agachando la mirada.
Adrian casi ríe, pero se le queda atascado en la garganta.
—La primera vez que me defendiste delante de la tripulación del Viento Gris … algo se rompió en mi interior—digo suavemente—. No estaba acostumbrada a que alguien eligiera perder por mí.
Me inclino hacia él.
—No eres mi refugio… no eres mi debilidad...
Mis dedos buscan su mano.
—Eres el único con el que no siento que tengo que ganar algo —añado, casi con reverencia.
Eso sí lo sorprende.
—Y eso me aterra más que cualquier enemigo en esa isla — digo bajando la voz. —Te amo —digo al fin, sin adornos—. No porque necesite que me completes, ni porque me salves… sino porque cuando estoy contigo… sigo siendo yo.
Él exhala como si llevara años conteniendo el aire.
—Si alguna vez intento controlarte… me detendrás —añado—. Y si alguna vez dudas de lo que siento por ti… —me acerco hasta que nuestras frentes se tocan. —Recuerda… que yo no me arrodillo ante nadie. Pero por ti… lo haría —susurro.
Adrian me mira fijamente. Su frente sigue apoyada contra la mía y por un momento ninguno se mueve. Escucho su respiración. Lenta. Profunda. Como si aún estuviera intentando creer que esto es real. Mis dedos siguen entrelazados con los suyos.
—¿Has dicho…?
—No empieces —lo corto con una sonrisa ladeada—. Ya he hecho suficiente confesión por hoy.
Sus labios se curvan despacio.
—Demasiado tarde.
—Adrian…
—Lo has dicho —insiste, con una chispa en los ojos—. Has dicho que me amas.
—He dicho muchas cosas —replico, levantando una ceja.
—Pero esa es mi favorita.
Suelto un pequeño suspiro, negando con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Pero me amas —se inclina un poco hacia mí.
Mi sonrisa me traiciona. Durante un segundo parece que va a besarme.
Lo veo en su mirada. El pequeño movimiento de sus hombros.
La forma en que sus dedos aprietan los míos.
Pero entonces… Un golpe de viento sacude las velas.
Los dos nos giramos hacia la proa. La luz del amanecer ya empieza a asomar por el horizonte. La realidad vuelve de golpe.
—Ya estamos llegando —digo finalmente.
Adrian asiente despacio.
—Sí.
Pero no suelta mi mano.
—Adrian…
—Un segundo —murmura.
Me observa como si intentara memorizar mi rostro.
—¿Qué haces…? —pregunto.
—Asegurarme de algo.
—¿De qué?
Se inclina un poco más cerca.
—De que esto no era un sueño.
Antes de que pueda responder, sus labios rozan los míos. No es un beso intenso. Ni desesperado. Es breve. Casi cuidadoso. Pero suficiente para que mi corazón dé un vuelco. Cuando se separa, exhala lentamente.
—Definitivamente no lo era —murmura.
Lo empujo suavemente en el pecho.
—No te acostumbres.
Adrian sonríe. Luego finalmente agarra mi mano.
—Vamos —dice.
No somos una alianza. No somos ningún plan. Somos dos personas rotas que decidieron no romperse el uno al otro… y eso… eso es más fuerte que cualquier linaje.