Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Sus manos vuelven a tirar de mí. Y ya no hay forma de frenar nada.

Desciendo despacio, como si cada movimiento tuviera que ser medido.

Mis manos se deslizan por sus caderas mientras mi atención se pierde en el camino que traza su piel.

Inclino la cabeza y dejo el primer beso en su muslo, suave, casi tímido.

La calidez de su piel me recibe, y me quedo ahí un segundo más de lo necesario, respirando, sintiendo.

Elara reacciona de inmediato. Su cuerpo se estremece bajo ese contacto.

Sigo. Otro beso, un poco más arriba esta vez, más firme.

Mis labios se detienen, presionan, y luego se deslizan con lentitud, marcando un recorrido que no es casual.

Mis manos la sujetan con suavidad, manteniéndola cerca, como si no quisiera que ese instante se rompiera.

Me permito rozar su piel con los dientes, un gesto contenido que deja rastro sin llegar a doler.

Después, el contraste, vuelvo a la suavidad, a la calma de un beso que busca borrar cualquier intensidad anterior.

A veces me detengo, simplemente dejando que mi aliento roce su piel antes de volver a tocarla, prolongando la anticipación.

Otras, mis labios se hunden un poco más, como si quisiera memorizar cada centímetro.

La devoro sin piedad. Sus gemidos inundan la cubierta. Me da igual que nos escuchen. Me da igual que nos vean. Quiero que todo el maldito océano sepa que esta mujer es mía. Y que siempre ha sido así. Sigo pasando mi lengua por su húmedo sexo y ella no para de retorcerse entre mis manos.

—Mírame —le digo, con la voz más firme.

Duda un segundo… pero obedece.

—Así —murmuro, sosteniéndole por los muslos—. No apartes los ojos.

Su respiración ya no es regular. La noto.

—Adrian… —su voz sale más débil de lo que esperaba.

—Shh —la interrumpo—. No hables tanto.

Deslizo la mano por su cintura, acercándola más a mí. Su cuerpo reacciona al instante, gira la cara, pero no se aparta del todo. Solo lo justo para provocarme.

Sonrío.

—Te gusta jugar a eso.

—No estoy jugando… —responde, aunque su voz tiembla.

Paso los dedos por sus mojados pliegues, despacio, obligándola a mirarme otra vez.

—Entonces demuéstralo.

Su respiración se vuelve irregular. La noto intentando mantener el control… y perdiéndolo poco a poco.

—Adrian… —susurra, casi como una advertencia.

Sus labios se entreabren… y esta vez el gemido no lo contiene. Cierro los ojos un segundo, disfrutando de ese sonido.

—Eso es —murmuro—. No lo frenes.

Ella aprieta los ojos, negando levemente.

—No deberíamos…

—Pero quieres.

No es una pregunta. Sus manos se aferran a mí con más fuerza, como si necesitara sostenerse.

—Dímelo —insisto, más cerca de su oído.

—No…

—Elara.

Su nombre suena distinto en mi boca. Más grave. Más lento. Se estremece.

—…sí —admite al final, apenas un hilo de voz.

Inclino la cabeza, rozando su piel.

—Otra vez.

Ella duda. Respira hondo.

—Sí.

Sonrío, sintiendo cómo finalmente cede.

—Buena chica.

El efecto es inmediato. Otro gemido, más claro, más inevitable.

La sujeto con firmeza, sin dejarle espacio para huir.

No le doy tiempo a pensar. La mantengo cerca, sintiendo cómo su cuerpo ya no responde a nada más que a lo que está pasando entre nosotros.

Sigo metiendo y sacando mis dedos dentro de ella.

Mis manos siguen marcando el ritmo, lento, preciso, sin dejarle espacio para recuperarse.

Ella se tensa contra mí. Puedo notar como palpita su interior.

—Es demasiado…

—Y no quieres que pare.

Un gemido más claro escapa de sus labios, esta vez sin resistencia. Cierro la distancia, apoyando la frente contra la suya.

—Déjate llevar —susurro.

Su respiración se rompe en pequeños fragmentos, cada vez más desordenada. La noto al límite.

—Mírame —le pido otra vez.

Le cuesta, pero lo hace. Sus ojos están brillantes, perdidos.

—Eso es… —mi voz baja aún más—. No te escondas ahora.

Un último intento de resistirse al clímax cruza su expresión…

y se rompe. El gemido que sigue ya no es contenido.

Su cuerpo se abandona por completo contra el mío.

Ella apenas puede responder, respirando de forma irregular, todavía temblando.

Trago saliva, intentando mantener la calma, pero es inútil. Estoy completamente tenso. Demasiado.

—Maldita sea… —murmuro para mí, casi sin darme cuenta.

Ella levanta la mirada, todavía medio perdida.

—¿Qué?

Niego levemente, aunque no me aparto.

—Nada.

Pero no cuela. Sus ojos bajan un segundo a mi entrepierna… y vuelve a mirarme con algo distinto. Aprieto la mandíbula, notando cómo mi cuerpo reacciona sin ningún tipo de sutileza, como si no tuviera intención de disimular.

—Esto es culpa tuya —digo en voz baja.

Deslizo la mano con calma por dentro de mis pantalones, sin apartarme de ella, sin romper del todo el contacto.

—Quédate ahí —le murmuro.

La tengo abierta de piernas para mí. Tumbada sobre las mugrientas cajas.

Húmeda y lista para hacerle lo que me dé la gana.

Agarro mi miembro y lo dejo salir. Hace rato que luchaba por escapar de mis pantalones.

Le paso mi punta caliente contra sus pliegues, sintiendo lo mojada que está.

Ella entreabre un poco los labios ante mi contacto.

—Adrian… —su voz vuelve a quebrarse, aunque ya no es por lo mismo de antes.

—Mírame —le pido otra vez.

Y lo hace. Agito mi mano por toda mi longitud. Subiendo y bajando sin darme descanso. Sostengo su mirada mientras dejo que todo siga su curso, sin esconder nada, pero sin decirlo tampoco.

Ella respira hondo.

—Eres m… — comienzo a decir, pero ella niega, sin dejarme terminar la frase.

—Lo sé. — susurra con los ojos brillantes.

Su expresión cambia entre incredulidad y algo más oscuro… algo que no desaparece. Al contrario. Dejo escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo, cierro los ojos un instante y me vacío por completo encima de sus pliegues con un gruñido. Nos quedamos en silencio. Después vuelvo a mirarla.

—Ahora sí —murmuro contemplando el desastre que yo mismo he provocado.

No me dice nada. Solo me observa con la respiración acelerada… como si acabara de entender algo nuevo.