CAPÍTULO 25
Caricias nocturnas
ADRIAN
—Sigues dejando el lado izquierdo sin control —la voz de Elara surge de las sombras, cortando el aire antes de que yo termine el movimiento.
Me quedo inmóvil con la espada aún en alto. No me giro de inmediato. Necesito ese segundo para procesar que es ella, de carne y hueso, y no una alucinación nacida de mi insomnio. Pero el aroma a salitre y a su propia esencia me confirma que es real.
—No sabía que estabas despierta —digo al fin, bajando el arma pero manteniendo la espalda hacia ella.
—No lo estaba —responde, y escucho sus pasos ligeros sobre la madera—. Hasta que has decidido pelearte con el aire.
Me giro despacio. Está descalza, envuelta en un camisón blanco tan fino que la luz de la luna lo vuelve casi inexistente. Me observa con una mezcla de cansancio y esa lucidez afilada que siempre me ha desarmado.
—No podía dormir —confieso, sosteniéndole la mirada.
—Ya lo veo.
El silencio se instala, pero no es tranquilo. Es una cuerda tensada al máximo. El mar golpea el casco y el barco respira bajo nuestros pies, pero para mí, el mundo se ha reducido al espacio que nos separa.
—¿Vas a quedarte ahí mirando? —pregunto, ajustando el agarre de la espada por puro instinto defensivo.
Ella inclina la cabeza, evaluándome.
—Depende. ¿Vas a seguir haciéndolo mal? —Una sonrisa ladeada, sin rastro de suavidad, ilumina su rostro.
—Sigo ganando —replico.
—¿Contra nadie? —Ella suelta una risa seca que me aguijonea el orgullo.
—Es suficiente.
Elara se acerca. Cruza la línea de lo que se considera una distancia cómoda y se planta frente a mí.
—Te matarán antes de que te des cuenta —dice, y sus ojos brillan con un desafío antiguo—. Otra vez.
No discuto. Ataco. Esta vez intento que el movimiento sea perfecto, pero su presencia me descentra. Soy demasiado consciente de su mirada analizando la tensión de mis hombros y la rabia que me hierve en la mandíbula. Giro, bloqueo un golpe imaginario y, de nuevo, dejo el costado abierto.
—Ahí —sentencia ella de inmediato.
Me detengo con un gruñido de frustración.
—No estoy entrenando contigo, Elara.
—No hace falta que lo digas —responde encogiéndose de hombros—. Se nota.
El aire se vuelve denso, casi irrespirable. La miro, sintiendo cómo la barrera que intenté construir en el camarote se desmorona.
—Dime —suelto al fin—. ¿Qué estoy haciendo mal?
Ella sonríe. Es la misma pregunta que me hacía hace diez años, cuando los papeles estaban invertidos.
—Todo —responde. Da un paso más. Ahora está dentro de mi guardia—. Estás pensando demasiado, Capitán. Estás anticipando el golpe antes de darlo. Eso te ralentiza.
—¿Y tú cómo lo harías?
Antes de que pueda reaccionar, su mano se desliza por mi cinturón y me quita el cuchillo. Retrocede y lo lanza contra mí sin dudar. Reacciono por puro instinto; el filo roza la tela de mi manga antes de clavarse en la madera detrás de mí.
—Otra vez —desafía.
Algo en mi cabeza se reajusta. Esta vez no uso la espada. Voy hacia ella directamente. Corto la distancia más rápido de lo que debería estando cansado. La veo reaccionar. Mi mano roza su muñeca durante un segundo. Y ese segundo… es suficiente.
Para volver atrás. Para darme cuenta de que, por mucho que cambien las cosas… hay otras que nunca lo hacen del todo.
No debería tocarla así, lo sé, pero la rabia me hierve demasiado fuerte bajo la piel y cuando responde, cuando no se aparta, cuando me sostiene la mirada como si me estuviera retando a perder el control, ya no hay vuelta atrás.
La agarro de golpe, sin suavidad, tirando de ella contra mí y besándola con fuerza, sin darle tiempo a pensar, sin dármelo a mí tampoco, y ella responde igual, clavándose en mí como si también lo necesitara, como si estuviera igual de al límite.
—Te gusta provocarme, ¿no? —murmuro contra su boca, con la voz más grave, más rota— joder, Elara… —añado mientras vuelvo a besarla.
Más profundo, más brusco, y mis manos bajan sin cuidado, agarrándola por los muslos y levantándola sin esfuerzo, pegándola contra el mástil con un golpe seco que la hace jadear contra mis labios, pero no se aparta, al contrario, se aferra más, sus piernas rodeándome, sus manos tirando de mí como si quisiera que la apretara más, que no parara.
El viento mueve su camisón, la tela se arruga entre mis dedos cuando tiro de ella con impaciencia, buscando más contacto, más calor, más de ella, como si eso fuera a calmar algo que sé que no va a calmarse.
—No sabes en lo que te metes… —gruño contra su piel, bajando un instante a su cuello antes de volver a su boca, y ella responde con otro beso que ya no tiene nada de suave, solo hambre, solo esa tensión que lleva años creciendo entre nosotros.
La giro sin soltarla, la muevo con rapidez hasta hacerla chocar contra unas cajas, el golpe retumba bajo nosotros, pero no me detengo, la mantengo ahí, atrapada entre mi cuerpo y la madera, besándola como si no hubiera mañana, como si de verdad no lo hubiera, mis manos recorriéndola con urgencia, apretándola contra mí, sintiendo cada reacción, cada respiración rota, cada pequeño sonido que se le escapa y que me empuja a ir más lejos.
—Mírame… —digo contra su boca.
No debería decirlo. Pero ya no estoy pensando. La tengo contra las cajas, atrapada entre mi cuerpo y la madera, su respiración rota contra mi boca, sus manos tirando de mí como si quisiera más… y eso es exactamente lo que rompe lo poco que me quedaba de control.
—¿Sabes lo que me estás haciendo? —murmuro yo contra sus labios, con la voz baja, cargada—. Llevo todo el puto día aguantándome… y tú vienes aquí y me miras así… —añado, volviendo a besarla con fuerza, sin darle espacio. Ella no retrocede. Nunca lo hace.
—Pues deja de aguantarte —susurra ella, desafiante—. O demuestra que eres tan peligroso como dices.
Eso. Eso me prende fuego. La agarro con más fuerza, apretándola contra mí, notando cómo su cuerpo responde al instante.
—No juegues conmigo —gruño yo—. Porque no tienes ni idea de hasta dónde puedo llegar contigo… —añado, rozando su cuello antes de volver a su boca—. Podría perder el control aquí mismo.
—¿Sí? —contesta ella, sin dudar, tirando de mí—. A ver si es verdad.
Se me escapa una risa seca, casi sin humor.
—Te crees muy valiente —digo yo, deslizando las manos por su espalda, apretándola más contra mí—. Pero como siga así… no voy a parar —añado, más bajo—. Ni aquí, ni en ninguna parte de este maldito barco.
Su respiración se engancha a la mía.
—Prometes mucho capitán—murmura —. Demuéstralo.
La beso otra vez. Más fuerte. Más profundo.
Como si quisiera callarla y, al mismo tiempo, darle exactamente lo que está pidiendo.
La vuelvo a levantar, agarrándola con firmeza, sus piernas rodeándome sin dudar, su cuerpo encajando con el mío como si siempre hubiera sido así de fácil, así de inevitable.
—No sabes en lo que te estás metiendo —digo yo contra su piel, con la voz rota
Sonríe con malicia y eso es todo lo que necesito.
La última línea que necesitaba cruzar. Mis manos se tensan sobre ella, sujetándola con más fuerza, mientras la vuelvo a besar como si de verdad no hubiera mañana, como si todo lo que viene después —la isla, el peligro, la posibilidad de perderla— ya no importara.
La tela de su camisón es tan ligera que casi parece niebla entre mis dedos cuando la alcanzo.
Siento el temblor que le recorre el cuerpo antes incluso de tocarla del todo.
Mis manos dudan solo un segundo… y luego dejo de pensar.
—Elara…
Mi voz sale más grave de lo que esperaba.
Ella no responde. Solo me mira. Y eso es suficiente.
Tiro de la tela con un impulso que nace en algún lugar profundo.
El sonido del tejido al rasgarse rompe el silencio de la noche.
El camisón cede bajo mis manos y se abre, deslizándose por su piel hasta dejarla expuesta ante mí.
El aire cambia. No aparto la mirada. No puedo.
Siento cómo el pulso me golpea en las sienes mientras la observo, mientras registro cada detalle como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para este instante.
Hay algo casi irreal en la forma en que está ahí, vulnerable y, al mismo tiempo, completamente segura. Me inclino un poco más y cierro la distancia que queda entre nosotros.
Mi mano se alza, esta vez más despacio, como si temiera romper algo invisible. La dejo descansar en su sexo, cálido y húmedo. Elara inspira con fuerza, y ese pequeño sonido basta para encender algo que ya no puedo contener.
No hay prisa… pero tampoco hay vuelta atrás.
Inclino la cabeza hacia ella, sintiendo su aliento mezclarse con el mío.
Todo lo demás —el mundo, el tiempo, cualquier pensamiento— se disuelve.
Solo estamos nosotros. Y lo que está a punto de suceder.
La vuelvo a besar, más lento un segundo, más consciente…
pero igual de intenso, como si estuviera grabando cada reacción, cada respiración, cada maldito detalle.
—Mírame —digo, separándome lo justo—. Quiero que me mires cuando haga esto.
Ella lo hace. Y eso es peor. Mucho peor.
—Así está mejor —murmuro yo, perdiendo el poco control que me queda—. Mucho mejor.