CAPÍTULO 24
Espadas para dos
ELARA
El sonido es lo que me despierta. No es brusco, pero es.
.. constante. Metálico, rítmico; el quejido del acero golpeando una y otra vez hasta que algo termine por romperse.
Abro los ojos despacio. La oscuridad del camarote sigue ahí, espesa y envolvente, rota solo por el vaivén de la pequeña lámpara.
Por un segundo me siento perdida, hasta que el balanceo del barco me devuelve a la realidad de La Dama Negra .
Mi mano se mueve por inercia, buscando a Adrian. El espacio a mi lado está vacío. Frío. Exhalo un suspiro empañado y aparto la manta.
El suelo está helado bajo mis pies descalzos, pero no me detengo. Me muevo en silencio, como si aún estuviera dentro de un sueño que no quiero romper del todo. Abro la puerta con cuidado y sigo el rastro del metal hasta la cubierta.
El aire me golpea de inmediato: salitre y escarcha.
Allí está él. Una silueta recortada contra la bruma, moviéndose con una violencia contenida bajo la luz de una linterna de aceite.
Espada en mano, entrena, pero no lo hace con la precisión de un maestro.
Cada golpe es más fuerte de lo necesario.
Cada giro, más tenso. Me quedo en las sombras, observándolo sin anunciarme.
Su respiración es irregular, su centro está roto.
Está peleando contra fantasmas que no puedo ver.
Lo veo levantar la espada y atacar al aire, dejando su flanco izquierdo totalmente expuesto. Verlo así, tan vulnerable en su fuerza, me arrastra diez años atrás... a la primera vez que me quedé entre las sombras observándolo.
Hace diez años...
Estoy apoyada en el mástil, con los brazos cruzados, mirando cómo Adrian deja en ridículo a otro marinero. No es una lucha espectacular; él no hace movimientos innecesarios ni intenta impresionar a nadie. Simplemente gana. Siempre. Es irritante.
El choque de espadas resuena y, en un suspiro, el arma del otro cae al suelo. Otra vez. Algunos se ríen. Yo también, pero por dentro. Entonces él me mira, como si hubiera estado esperando ese preciso momento.
—¿Te diviertes? —pregunta, con la voz clara y demasiado tranquila.
Me encojo de hombros, manteniendo mi máscara de indiferencia.
—Muchísimo —respondo con ironía—. Es fascinante ver cuánto tardáis en fallar.
No se ríe. Claro que no.
—Ven —dice, sosteniéndome la mirada. No es una invitación; es un desafío.
—No —respondo con calma, ladeando la cabeza.
—Pues deja de mirarme como si supieras hacerlo mejor.
Eso me hace reaccionar. Me separo del mástil despacio, sintiendo las miradas de los marineros, pero solo me importa la suya.
—No he dicho que lo haga mejor —digo mientras me acerco.
—Pero lo piensas.
Me planto frente a él. Estamos demasiado cerca. Puedo ver el gris acero de sus ojos desafiándome a dar un paso en falso.
—El problema —añado— es que yo no necesito demostrarlo.
Algo cambia en su expresión. Un destello de molestia que me indica que he dado en el clavo.
—Eso suele decirlo la gente que no sabe pelear —suelta con una media sonrisa.
—Dame una espada —le digo, extendiendo la mano.
Alguien suelta un silbido entre la tripulación. Adrian recoge un arma y me la tiende por la empuñadura.
—Intenta no hacerte daño, princesa.
La cojo sin titubear. El peso del acero me es familiar, pero extraño en este contexto. La pruebo en el aire, sintiendo el equilibrio.
—Intenta no llorar cuando te deje en evidencia —le devuelvo la sonrisa con malicia.
—Ataca —ordena.
Me lanzo directa a por él, rápida, buscando romper su ritmo antes de que se asiente.
Error. Bloquea el ataque con una facilidad insultante.
Desvía mi golpe y, en un instante, estoy fuera de posición.
Expuesta. Pero él no contraataca; se queda quieto, esperando.
Eso me molesta más que si me hubiera derribado.
—Otra vez —dice, inalterable.
Aprieto la mandíbula y vuelvo a intentarlo. Más rápido. Más fuerte. Mi espada vuela de mi mano antes de que pueda procesarlo. Cae al suelo con un estruendo metálico y se hace el silencio.
—Eres muy predecible —sentencia observándome.
—Eres insoportable —respondo, pero no recojo el arma.
En lugar de eso, acorto la distancia. Veo la sorpresa en sus ojos justo antes de moverme. Saco el cuchillo de mi bota y lo lanzo directo hacia su costado. Esta vez casi le doy. Lo esquiva por milímetros, el filo rozando su camisa. Ahora sí tengo su atención.
—Eso ha estado mejor —admite con un brillo de interés.
—No me gusta perder el tiempo.
—No sabes luchar —murmura—. Solo sabes atacar.
—Me funciona.
—Hasta que deje de hacerlo.
Antes de que pueda replicar, su mano se cierra en mi muñeca y, en un movimiento limpio, me gira contra él.
Mi espalda choca contra su pecho. El aire se me corta un segundo.
El cuchillo queda atrapado entre nuestros cuerpos.
Siento su respiración cálida en mi cuello y el frío de su espada cerca de mi hombro.
—Estás muerta —susurra Adrian en mi oído.
No me muevo. Ni siquiera intento soltarme.
—Mátame, entonces —desafío en un susurro.
Se queda en silencio. Sigue sujetándome, pero la presión de su mano cambia. Se vuelve más suave, casi una caricia.
—Ese es tu problema —dice al fin—. Confías en que el otro dude entre matarte o no.
Sonrío despacio, sabiendo que he ganado esta pequeña batalla psicológica.
—Y tú has dudado —respondo.
Él se tensa y me suelta de golpe.
—Otra vez —ordena, recuperando la compostura—. Vamos a hacerlo bien. Primero: deja de intentar ganar. No estás aquí para eso. Estás aquí para seguir viva. Si atacas como antes, fuera de este barco no durarás ni un minuto.
Respiro hondo. Esta vez lo escucho de verdad. Ataco de nuevo, con más control. Él bloquea, me corrige y empuja mi brazo para ajustar el ángulo.
—Tu posición es demasiado abierta. Tu equilibrio es horrible. No mires el arma, Elara, mírame a mí.
—Si te miro demasiado, igual te distraes —le digo levantando una ceja.
—Inténtalo —responde con una sonrisa desafiante.
Lo hago. Y fallo. Me desarma otra vez, pero esta vez no hay burla en su rostro. Da un paso hacia mí y coloca su mano en mi hombro, firme, posicionándome. Sus dedos bajan por mi brazo, ajustando mi agarre. Demasiado despacio. Demasiado consciente de lo que provoca su tacto.
—¿Esto también forma parte del entrenamiento? —murmuro.
—Solo intento que sobrevivas, Elara —responde en voz baja. Su tono ha cambiado; ya no hay desafío, solo una extraña urgencia.
—Qué considerado —susurro.
Nuestras miradas se cruzan y el aire entre nosotros se vuelve denso, cargado de una electricidad que ninguno de los dos sabe cómo nombrar todavía.
—Si quisieras matarme —digo yo en voz baja— ya lo habrías hecho.
—Si quisiera matarte —responde él, casi rozando mis labios— no te habría dado una espada.
El sonido de las olas chocando contra el casco me saca bruscamente del recuerdo. El presente vuelve con su carga de sal y miedo.
—Estás muerto —digo antes de procesar que estoy hablando en voz alta—. Sigues dejando el flanco izquierdo sin control cuando te dejas llevar por la rabia.
Adrian se detiene en seco. No se gira de inmediato, pero veo cómo sus hombros se hunden un poco al reconocer mi voz.
—No sabía que estabas despierta —dice al fin, sin volverse todavía.
—No lo estaba —respondo, dando un paso hacia la luz de la linterna—. Hasta que has decidido pelearte con el aire para no tener que hablar conmigo.
Se gira entonces. Sus ojos encuentran los míos y lo que veo en ellos me rompe el corazón: es el mismo cansancio, el mismo miedo a fallar que vi hace diez años, pero multiplicado por mil.
—Adrian —susurro, acercándome—. Deja de intentar matarlo a él golpeando al viento. Él ya no está aquí.