Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Danza de acero

ADRIAN

No puedo dormir. Ni siquiera lo intento ya.

Estoy tumbado, mirando al techo del camarote, escuchando cómo la madera cruje con cada movimiento del mar, como si el barco mismo estuviera rumiando sus propios secretos.

Cierro los ojos un segundo y la voz de Héctor vuelve a mi mente.

La discusión, sus palabras, las mías… el eco de una verdad que no quiero aceptar.

Exhalo con fuerza, abriendo los ojos otra vez.

Mi mirada se desliza hacia un lado. Ella está ahí.

Dormida, o eso parece. La luz tenue de la lámpara dibuja su silueta entre las sombras, un perfil que parece demasiado delicado para el mundo de violencia en el que la he metido.

Su respiración es suave, pero tiene ese ligero temblor, el rastro de que ni siquiera en sueños está tranquila.

Me incorporo despacio, cada músculo de mi cuerpo protestando por la tensión. No quiero despertarla. No quiero que me vea así: con los ojos inyectados en sangre y las manos temblando de una rabia que no sé dónde meter. Me paso una mano por la cara, agotado de mi propio cerebro, y me levanto.

El suelo está frío bajo mis pies, un recordatorio de la realidad. Cojo la espada. Dudo un segundo, mirando hacia el catre. Ella sigue allí, ajena a la tormenta que llevo dentro. Salgo del camarote sin hacer ruido, deslizándome como la sombra que mi padre me enseñó a ser.

El aire nocturno me golpea en cuanto piso la cubierta. Es frío, salado, real. Respiro hondo una, dos veces, pero el aire no llega al fondo de mis pulmones. Camino hasta el centro de la cubierta, donde el espacio se abre bajo la luna. No quiero pensar. Solo quiero moverme.

Agarro la espada con una firmeza que me duele en los nudillos. Y empiezo.

El primer movimiento es limpio, una línea recta que corta la bruma.

El segundo también. El tercero… No. Fallo el ritmo.

Resoplo y vuelvo a empezar. Más rápido. Más fuerte.

El acero silba al cortar el aire con un sonido seco, casi un latigazo.

Otra vez. Y otra. No estoy entrenando. Estoy intentando arrancar de mi sistema todo lo que me quema: la cara de mi padre, la mirada de Héctor, la insufrible impotencia de no poder proteger lo que amo.

Lanzo un golpe más fuerte de lo necesario. Mala posición. Lo sé en cuanto lo hago. Demasiado apresurado, demasiado emocional.

—Joder… —murmuro, bajando la espada un segundo. El sudor empieza a correrme por las sienes a pesar del frío.

Pero la imagen vuelve. Elara en ese estado y las voces reclamando su cordura.

Lo que está pasando dentro de su cabeza y lo que ese lugar, la Isla de Sangre, sacará de ella mañana.

He visto lo que ese sitio hace a la gente.

Lo que rompe. Podría perderla, y no sería por una espada que pueda desviar, sino por algo que corre por sus venas.

Levanto el acero otra vez y ataco con violencia. Giro sobre mí mismo, dejando que el impulso me arrastre, que la inercia sustituya al pensamiento. El acero silba, descontrolado, como si también él estuviera furioso conmigo. Pero no hay nada que romper aquí. Solo estoy yo.

Mi mente viaja, arrastrada por el esfuerzo físico.

Huelo el alcohol rancio. El sudor. La madera húmeda del patio de armas.

—Levántate.

Su voz. Esa maldita voz grave, pesada como una lápida. Yo no me movía lo suficientemente rápido. Nunca lo hacía para sus estándares. El primer golpe no dolía tanto como la anticipación del segundo.

—Eres débil. Y los débiles no sobreviven.

Recuerdo el suelo frío contra mi cara y el sabor metálico de la sangre en mi boca.

Recuerdo prometerme, una y otra vez, que no volvería a caer.

Que dejaría de ser ese crío tirado en el suelo esperando el siguiente impacto.

Pero aquí estoy, años después, todavía intentando demostrarle a un muerto que valgo algo.

Lanzo una estocada brutal y pierdo el equilibrio un segundo. Mal. Muy mal. Me paso la mano por el pelo, tirando de él con frustración.

—Concéntrate… —me ordeno a mí mismo en un susurro.

Pero el rostro de Elara se interpone. Elara riendo, mirándome como si yo fuera un hombre y no un arma.

Elara confiando en mí. Y luego, la imagen de ella rota por mi culpa.

Sus ojos perdidos. Su mente luchando contra algo que no puedo ver, que no puedo cortar, que no puedo derrotar con un pedazo de metal.

Eso es lo peor: que el enemigo es invisible.

Que no tengo forma de protegerla de sí misma.

Aprieto el agarre hasta que los nudillos se me ponen blancos.

—Podría perderla… —digo en voz baja, y la palabra "perderla" suena a sentencia de muerte.

El viento arrastra mis palabras, pero no se las lleva.

Se quedan clavadas en el mástil, en mi pecho, en el aire salado.

Levanto la espada otra vez. Ataco. Más rápido.

Sin control. Como siempre. Porque en el fondo nada ha cambiado.

Sigo siendo ese crío que golpea al aire intentando ser lo bastante fuerte para que nadie lo rompa.

Pero esta vez no se trata de mi integridad. Se trata de la suya.

Lanzo un último golpe, sacando toda mi fuerza en un tajo descendente. Me abro más de la cuenta, dejando mi flanco expuesto, perdiendo la trayectoria por pura desesperación.

—Estás muerto.

Esa voz no viene de mi cabeza.

Me quedo helado, con la espada aún en alto y el pecho subiendo y bajando con violencia. El sudor me escuece en los ojos. No me giro de inmediato, pero el frío que recorre mi espalda no es por el viento.

Sé perfectamente quién es.