Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) EPÍLOGO EXTRA
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EPÍLOGO EXTRA

CINCO AÑOS DESPUÉS

ADRIAN

El sonido de las olas ya no me pone en alerta.

Antes, cada crujido del barco, cada golpe contra el casco significaba peligro.

Algo que venía. Algo que iba a romperlo todo.

Ahora… es solo eso. El mar. Aun así, sigo despertándome antes que ellos.

Costumbre. Me paso una mano por la cara y salgo a cubierta.

El aire es fresco, el sol apenas empieza a asomar, y todo está en calma.

Demasiado en calma para el hombre que fui… pero justo lo que necesito ahora.

Apoyo los brazos en la barandilla, mirando el agua y retorciendo un trozo de cuerda entre mis dedos. Sonrío sin darme cuenta.

—Sabía que estarías aquí —dice Elara a mi lado, con la voz aún cargada de sueño mientras se apoya en la madera.

No necesito girarme para saber cómo me está mirando.

—Y yo sabía que no tardarías en encontrarme.

Se coloca a mi lado, rozando mi brazo con el suyo, como si fuera lo más natural del mundo.

—¿Otra vez sin dormir? —pregunta, alzando una ceja con esa mezcla de reproche y calma que solo ella sabe hacer.

—He dormido —miento sin mucho esfuerzo, encogiéndome de hombros.

—Adrian… —insiste, girando la cabeza hacia mí.

Suspiro, cediendo un poco.

—Un poco —admito, pasándome la mano por el pelo.

Resopla suavemente, mirando al horizonte.

—Algún día vas a entender que ya no hace falta vigilar todo el tiempo —dice con más suavidad.

La miro un segundo.

—Ya lo sé —respondo, más bajo.

—Entonces deja de hacerlo —añade, apoyándose mejor contra la barandilla.

—Estoy en ello —murmuro.

Me observa unos segundos en silencio, como si pesara mis palabras.

—Mientes mejor que antes.

Sonrío de lado.

—Eso es porque ahora tengo más práctica contigo.

Me da un golpe suave con el hombro.

—Idiota —murmura, sin dejar de sonreír.

—Pero me amas —replico, girándome un poco hacia ella.

—Desgraciadamente —añade, aunque su expresión la contradice.

Y entonces un golpe seco rompe el momento. Me quedo quieto al instante.

—Lo siento… —dice una pequeña voz.

Bajo la mirada. Kael está a unos pasos, con el cuerpo tenso, los dedos apretados entre sí. El pelo oscuro completamente revuelto, algunos mechones más claros brillando con el sol, y esos ojos —los de Elara— abiertos de par en par. Esperando. Eso es lo que más duele.

Suelto la cuerda que tenía en la mano, como si me quemara, y respiro hondo una vez. Luego otra. No eres él. No eres él. Me agacho frente a él, con cuidado de no invadir demasiado espacio.

—Eh marinero… mírame —le digo en voz más suave, apoyando una mano en mi rodilla.

Duda un segundo, pero levanta la vista.

—Ha sido sin querer —murmura, con la voz temblorosa.

—Ya lo sé —respondo enseguida, manteniendo el tono calmado.

Se hace un pequeño silencio.

—No pasa nada —añado, inclinándome un poco hacia él.

Parpadea, confundido.

—¿…seguro? —pregunta, bajando la voz como si temiera la respuesta.

Trago saliva, notando cómo algo se me aprieta por dentro.

—Segurísimo —digo, más firme pero igual de suave—. Solo ha sido un golpe. El barco sigue entero. Yo también.

Sus ojos bajan a mis manos, observándolas. Eso… eso me rompe.

—Ven aquí —murmuro, abriendo ligeramente los brazos.

Duda un instante, pero al final se acerca. Lo abrazo, fuerte, pero sin retenerlo, apoyando la barbilla en su cabeza.

—Escúchame bien —le digo en voz baja—. Aquí no pasa nada por equivocarse, ¿vale? Nunca.

Siento cómo sus dedos se agarran a mi camisa.

—¿Nunca me vas a gritar? —pregunta, con la voz amortiguada contra mi pecho.

Cierro los ojos un segundo antes de responder.

—No —digo con firmeza.

Se mueve un poco.

—¿Ni enfadarte? —añade, dudando.

Exhalo despacio.

—A veces sí —admito— pero eso no significa que vaya a hacerte daño. Ni que deje de quererte.

Se separa un poco para mirarme.

—¿Seguro? —insiste.

Asiento, sosteniéndole la mirada.

—Siempre.

Se queda unos segundos quieto… y luego asiente.

—Vale —dice bajito.

Y vuelve a apoyarse contra mí, esta vez relajado.

—¡Papá! —añade de repente, levantando la cabeza con más energía—. Te tengo que enseñar algo.

No puedo evitar soltar una pequeña risa.

—Ah, ¿sí? —pregunto, arqueando una ceja.

—Sí. Es importante —dice con total seriedad.

—Eso suena peligroso —interviene Elara, acercándose con una sonrisa ladeada.

—Mucho —añado yo, mirando a Kael—. Yo no iría.

—Cobardes —murmura él, cruzándose de brazos.

Elara se lleva una mano al pecho, fingiendo ofensa.

—¿Acabas de llamarme cobarde? —pregunta.

—Un poco —responde él, encogiéndose de hombros.

—Definitivamente es tu hijo —me dice ella, mirándome de reojo.

—Eso me temo —respondo.

—Oye —dice Kael, mirándonos a los dos—. Soy hijo de los dos.

Elara y yo intercambiamos una mirada breve.

—Tienes razón —dice ella, agachándose a su altura—. Y eso ya te hace peligroso.

—Peor que nosotros —añado con media sonrisa.

Kael se ríe, libre, sin peso.

Y tengo que apartar la mirada un segundo. Porque todavía no termino de acostumbrarme a que algo sea tan… bueno.

—Oye —dice tirando de mi mano—. ¿Hoy me enseñarás a usar la brújula?

Miro a Elara. Ella ya me está mirando.

—Claro —respondo, sacando la brújula del bolsillo mientras me agacho frente a él—. Pero primero tienes que saber algo.

—¿Qué? —pregunta, inclinándose hacia delante.

—A veces no hay un camino marcado —le explico.

Frunce el ceño.

—¿Entonces qué haces?

—Lo eliges tú —respondo, señalándole el pecho suavemente.

Se queda pensándolo.

—¿Y si me equivoco? —pregunta, levantando la vista.

—Entonces vuelves a intentarlo —dice Elara con suavidad, apoyando una mano en su hombro.

—¿Y si me pierdo?

Le pongo una mano firme pero cálida en el otro hombro.

—No te pierdes —respondo—, porque siempre tienes un sitio al que volver.

—¿Cuál? —pregunta, más bajito.

—Nosotros —decimos casi al mismo tiempo.

Se hace un pequeño silencio.

—Vale —dice al final, sonriendo— Entonces no tengo miedo.

Y esa sonrisa… esa sonrisa lo cambia todo. Elara se acerca y apoya la cabeza en mi hombro.

—Lo estás haciendo bien —murmura para mí.

Niego un poco.

—He dudado —admito en voz baja.

—Pero no has fallado.

Entrelazo mis dedos con los suyos.

—Creo que esto… —digo, mirando a Kael jugar con la brújula como si guiara el mundo— …esto es lo mejor que nos ha pasado.

Ella sonríe.

—Sin duda —dice suavemente.

Me inclino hacia Elara casi sin pensarlo, como si mi cuerpo ya supiera el camino, y cuando la beso lo hago despacio, saboreando algo que antes siempre se nos escapaba, sin miedo a que desaparezca, sin esa urgencia que lo rompía todo, solo quedándome en el momento, en ella, en nosotros, mientras el viento mueve su pelo y el mar sigue su curso como si nunca hubiera habido tormenta, y al separarme dejo mi frente contra la suya, respirando el mismo aire, sintiendo a Kael cerca, vivo, libre, nuestro, y en ese instante todo encaja de una forma tan simple que casi duele, porque después de todo lo que perdimos, de todo lo que sobrevivimos, lo único que realmente necesitábamos era esto: quedarnos, elegirnos, y tener por fin un lugar donde nada falte.

Fuimos la tormenta cuando el mundo quiso rompernos… y ahora, por fin, somos la calma que siempre buscamos.