CAPÍTULO 20
Un capitán desconocido
ELARA
El amanecer me arranca del sueño antes de que el sol termine de levantarse.
Abro los ojos y durante unos segundos no recuerdo dónde estoy.
Luego veo el techo de madera oscura, escucho el viento golpeando las contraventanas y todo vuelve: la conversación en la cocina, el nombre que por fin tiene dueño —Héctor—, y esa sensación constante de que las voces pueden volver a aparecer en cualquier momento.
Me incorporo despacio. La casa está en silencio.
Me toco el grillete de la muñeca y me froto la piel que se está empezando a ponerse de un tono púrpura.
Adrian duerme en el catre junto a mí. Su respiración es profunda, pero su ceño está levemente fruncido.
Me levanto y me acerco a la ventana. A lo lejos, el mar es una línea de acero bajo la luz gris del alba.
Veo La Dama Negra ya está anclada en el muelle y mi pulso se acelera.
No es la primera vez que la veo, pero cada vez que su silueta se recorta contra el horizonte siento lo mismo: una mezcla de fascinación y presagio.
Su casco oscuro parece absorber la luz. Las velas, recogidas, cuelgan como alas dormidas.
—Ya está aquí… —murmuro, con un hilo de voz y un nudo en la garganta.
Adrian se mueve y abre los ojos.
—¿Qué hora es…? —pregunta, todavía adormilado, frotándose los ojos.
—Hora de irnos —respondo, firme, pero con un leve temblor en la voz.
No hace más preguntas. Se levanta con rapidez, como si hubiera estado esperando este momento. Cuando salimos, Héctor ya está en la cocina, vestido con ropa más práctica que la del día anterior. Sobre la mesa hay pan, queso y silencio.
—Zarpamos en veinte minutos. Cerrar la puerta al salir. Os espero en el muelle —dice sin mirarnos.
Nos sentamos a comer. El silencio es denso, pero hay algo que me quema por dentro desde hace días. Algo que nació en el momento en que supe que nuestras familias estaban entrelazadas.
—Dijiste que ya sabías quién era… —empiezo a decir, intentando sonar segura, pero con un hilo de miedo en la voz.
Adrian se detiene a medio bocado y me mira fijamente. Puedo sentir su desconcierto y el calor que contrasta con el aire salado y frío.
—¿Qué…? —pregunta, parpadeando, sorprendido.
Aprieto los dedos contra la taza.
—Cuando nos vimos por primera vez… ¿Ya sabías quién era yo? —susurro, casi sin aliento.
El silencio cae entre nosotros. No quiero discutir, pero el recuerdo de mi madre y los secretos de Héctor me están consumiendo. Cierro los ojos un segundo.
—Siempre lo supiste —insisto temblorosa.
Necesito escucharlo. Él me sostiene la mirada y, finalmente, asiente. Ese simple gesto duele más que cualquier mentira.
—Sí… siempre lo supe —responde al fin con un suspiro.
Algo dentro de mí se rompe. Es un crujido lento, como madera vieja partiéndose por dentro.
—Mi padre me lo dijo cuando tenía quince años —confiesa bajando la voz—. Me habló de alianzas, de deudas antiguas… de sangre que debía unirse para restaurar lo que se perdió. Me dijo que algún día llegaría una chica criada lejos del mar… pero con el mar en la sangre.
—¿Todo fue una estrategia para enamorarme? —pregunto sin mirarlo—. ¿Cada conversación? ¿Cada vez que me defendiste? Cada vez que… —mi voz se quiebra.
—No —me corta de inmediato—. No.
Me giro despacio.
—Al principio, sí, sabía lo que mi padre quería. Pero lo que sentí por ti… no nació de ningún plan —dice, y su voz se suaviza mientras da un paso hacia mí—. De verdad.
Me río, pero es un sonido sin humor.
—Qué conveniente… —murmuro, con un hilo de amargura.
Siento cómo la rabia empieza a subir, caliente, incómoda, imposible de contener. Levanto la mirada hacia él, y esta vez no intento suavizar nada.
—Claro —añado, negando con la cabeza—. Sabías quién era, sabías lo que significaba… y aun así te acercaste como si fuera casualidad.
Adrian frunce el ceño, dando un paso más hacia mí.
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue? —le corto, alzando un poco la voz—. Porque desde donde yo estoy parece bastante claro.
El viento entra por alguna rendija y mueve la llama de la vela que hay en el centro de la mesa. La luz tiembla entre nosotros.
—Me mentiste —digo, y esta vez mi voz es más baja, más peligrosa—. Desde el primer momento.
—No te mentí —responde él, con firmeza—. No te dije toda la verdad, que no es lo mismo.
Suelto una risa corta, incrédula.
—Ah, perfecto. Mucho mejor.
Aprieto la taza entre mis manos hasta que noto el calor quemándome la piel.
—¿Sabes qué es lo peor? Que yo confié en ti. Yo te elegí sin saber nada de esto.
Él se pasa una mano por el cabello, frustrado.
—¿Y crees que para mí fue fácil? —eleva la voz por primera vez—. Crecí con una historia que no elegí, con un padre que decidió por mí antes de que entendiera nada. ¡Y cuando te conocí todo se volvió mucho más complicado!
—Pero no lo suficiente como para decirme la verdad —ataco de vuelta.
Nos miramos, tensos, como si el aire fuera a estallar.
—Tenía miedo —admite él al fin—. Miedo de que, si lo descubrías, me miraras exactamente como me estás mirando ahora. Como si fuera un monstruo.
Siento algo removerse en mi pecho, pero la herida es demasiado profunda para ceder.
—Quizá porque es exactamente lo que eres —susurro.
Él da un paso atrás, como si mis palabras hubieran sido un golpe físico.
—No —sacude la cabeza—. No soy solo eso.
—Dímelo —le exijo con la voz temblando—. Dime qué parte de todo esto es real.
Adrian se queda mirándome fijamente durante unos segundos eternos.
No hay respuesta que pueda borrar los años de silencio.
Empuja su silla hacia atrás; el chirrido de las patas contra la madera suena como un lamento.
Me mira por última vez con una expresión que no alcanzo a descifrar y sale de la cocina.
Lo último que escucho es el estruendo de un portazo.
Me quedo sola, con el pecho encogido y el pan intacto sobre la mesa. Me tapo el rostro con las manos y suspiro. Quizá no tenía que haberle dicho nada, pero la verdad es un veneno que, una vez liberado, ya no tiene antídoto.
El muelle cruje bajo mis pasos, un lamento de madera vieja que compite con el bramido del mar.
Mi tripulación ya está a bordo, pero hay algo diferente en el horizonte.
A escasos metros de la aleta de estribor de La Dama Negra , flota otra nave.
Es un bergantín de líneas afiladas, pintado de un gris ceniza que lo hace casi invisible contra la bruma.
Subo la pasarela y la madera de mi barco vibra bajo mis botas. Puedo sentirla viva, pero mi atención se desvía hacia el otro navío.
—Capitán —saluda uno de los marineros de la cubierta de abajo, pero no mira a Adrian. Mira a Héctor.
¿Capitán? Mi mirada se desliza hacia el viejo. Él no corrige el título. Adrian se coloca a mi lado, rígido, observando cómo la tripulación del bergantín gris realiza maniobras de salida en perfecta sincronía con nosotros.
—¿Desde cuándo tiene barco? —le susurro a Adrian, sin apartar la vista de la nave gemela.
—Desde antes de que naciéramos, probablemente —me responde Adrian con voz cortante—. Ese es el Susurro de Sal . Mi padre decía que era el único barco capaz de adelantar al viento en una tormenta.
Héctor sube al alcázar de La Dama Negra con pasos firmes. No ha subido a su propio barco; ha decidido quedarse en el nuestro.
—¡Leven anclas! —ordena Héctor. Su voz tiene una autoridad que nace de las entrañas—. Que el Susurro mantenga la posición a dos nudos por nuestra popa. No quiero sorpresas en el flanco.
—¿Por qué viaja con nosotros y no en su propia nave? —pregunto cuando se acerca a la borda.
Héctor me mira con su ojo lechoso, una mirada que parece atravesar el grillete de mi muñeca.
—Porque el plan se traza donde está el problema —responde con frialdad, señalándome—. Y porque vuestro capitán y yo tenemos mucho que discutir sobre cómo entrar en aguas de la Isla de Sangre sin que nos hundan antes de ver la costa.
El barco se separa del muelle. Las velas de La Dama Negra se despliegan y, casi al unísono, las velas grises del Susurro de Sal se hinchan a nuestro lado, como una sombra fiel y amenazante.
—¿Cuánto tardaremos? —pregunto, observando cómo ambos barcos cortan el agua al unísono.
—Dos días —dice Héctor—. Dos días para que aprendáis que en este viaje las órdenes no se cuestionan. Yo dirijo la estrategia; vuestro barco pone la madera.
La curiosidad me quema por dentro.
—¿Desde cuándo eres capitán, Héctor?
Él observa su propio barco navegar en paralelo, una extensión de su voluntad sobre el agua.
—Desde que aprendí que el mar no perdona a los que no tienen un timón que sujetar.
Siento la presencia de Adrian cerca; su hombro roza el mío. Es un contacto cargado de la tensión que dejamos atrás en la cocina, pero también de una nueva incertidumbre. Ahora estamos escoltados por un fantasma del pasado de nuestros padres.
—¿Estás segura de que quieres esto? —me susurra Adrian, tan bajo que Héctor no puede oírlo.
Miro el Susurro de Sal , navegando pegado a nosotros como un recordatorio de que los secretos de mi familia tienen cañones y tripulaciones que no olvidan.
—No —respondo con honestidad—. Pero tengo que enfrentar mi destino.
El viento arrecia y el agua salada me salpica la cara.
Héctor permanece en el alcázar, estudiando un mapa que Adrian y yo aún no hemos visto.
Isla de Sangre . El nombre late en mi mente.
Mientras dejamos atrás Isla Blanca , escoltados por una leyenda gris, tengo la certeza de que nada volverá a ser igual.
Ni la lealtad de Adrian, ni la sombra de mis padres, ni el peso de este hierro en mi muñeca.