CAPÍTULO 19
Secretos del pasado
ELARA
El vapor todavía flota en el aire cuando intento recuperar la respiración.
El espejo está empañado, pero aun así puedo ver el brillo en mis ojos.
No es solo calor; es algo más peligroso.
Detrás de mí, Adrian termina de abrocharse la camisa.
Sus movimientos, normalmente seguros, ahora son torpes.
Evita mirarme, como si al hacerlo fuera a encender todo otra vez.
Y probablemente lo haría.
—No deberíamos haber… —empieza.
—Pero lo hicimos —lo interrumpo, girándome despacio.
El baño es pequeño. Hace apenas unos minutos mi cuerpo estaba contra la madera de la pared y yo intentaba no reírme cuando las tablas crujían más de la cuenta. Bajo la mirada un segundo, recorriendo su cuerpo sin pudor, y él lo nota.
—Elara —advierte en voz baja.
—¿Qué? —sonrío—. Solo estoy comprobando que no llevas la camisa mal abrochada. Sería sospechoso.
Se mira rápidamente hacia abajo. Maldice entre dientes cuando nota que, en efecto, está mal abotonada. Me acerco para arreglarla yo misma. Mis dedos rozan su pecho mientras deshago el error y vuelvo a empezar, con una lentitud innecesaria. Siento cómo contiene el aliento.
—Vas a hacer que vuelva a empezar —murmura.
—Entonces compórtate, marinero.
Cuando termino, aliso la tela con la palma de la mano y me aparto despacio.
El aire entre nosotros sigue cargado, eléctrico.
Me muerdo el labio al recordar su voz contra mi oído, sus manos intentando callarme cuando sus embestidas eran demasiado fuertes.
El viejo. Ese pensamiento me atraviesa la mente.
—¿Crees que…? —empiezo.
Adrian suspira.
—La casa es vieja. Las paredes finas. El baño está junto a la cocina.
Nos miramos.
—Nos ha oído —concluyo.
Como si invocara su presencia, el suelo cruje bajo nuestros pies. Un leve carraspeo llega desde el otro lado de la puerta. Siento que el calor vuelve, pero esta vez de pura vergüenza.
—Genial —murmuro—. Fantástico.
Cuando abro la puerta, el pasillo parece más largo de lo normal.
Caminamos uno al lado del otro, pero sin tocarnos; demasiado conscientes, demasiado culpables.
Cada paso que damos es como una confesión.
Al llegar a la cocina, lo vemos. El viejo está sentado a la mesa con su taza de hueso, mirándola fijamente como si fuera el artilugio más interesante del mundo.
No levanta la vista cuando nos sentamos.
—El caldero de piedras pierde calor cuando se usa demasiado tiempo —dice con absoluta calma—. Es mejor bañarse rápido.
Quiero desaparecer.
—Lo tendremos en cuenta —dice Adrian, aclarándose la garganta.
El viejo sorbe de su taza con una lentitud exagerada.
—También conviene cerrar bien la puerta.
Me arde la cara. No me atrevo a mirar a Adrian, pero siento su tensión a mi lado, rígido como una estatua.
—Gracias por el consejo —digo, forzando serenidad.
Por fin, el viejo levanta la mirada. Nos observa uno por uno. Su ojo se detiene un segundo de más en mi cabello húmedo y en la camisa ligeramente arrugada de Adrian.
—La juventud tiene mucha energía —murmura.
Silencio absoluto. Adrian roza mi mano con la suya debajo de la mesa.
Es apenas un contacto, rápido, casi accidental, pero suficiente para que mi estómago dé un vuelco.
No debería sonreír, pero lo hago. Porque la vergüenza es insoportable y, aun así…
si pudiera volver cinco minutos atrás, con la puerta cerrada y nuestros cuerpos enredados, lo haría exactamente igual.
—¿Vais a quedaros mucho tiempo en mi cocina sin decir nada? —pregunta sin mirarnos.
Respiro hondo. Bien. Si él puede jugar a la calma, yo también.
—Podríamos empezar por su nombre —digo, apoyando los codos en la mesa—. Llevamos aquí tres días y aún no sabemos cómo llamarlo.
Su ojo lechoso se clava en mí.
—¿Y para qué quieres saberlo?
Me encojo de hombros.
—Es extraño dormir bajo el techo de alguien que nos ha ayudado y no saber siquiera su nombre.
Silencio. Adrian me lanza una mirada rápida, advirtiéndome que no lo provoque. Demasiado tarde. El viejo deja su taza con un golpe seco que hace que se me ericen los pelos de la nuca.
—Héctor.
La palabra cae sobre la mesa con el peso de una piedra.
—¿Héctor qué? —insisto, inclinándome hacia delante.
Una sombra cruza su expresión.
—Héctor es suficiente.
No lo es. Lo sé por cómo Adrian ha tensado la mandíbula. Lo sé por el leve tic en la mano del viejo que golpea la taza con los dedos.
—Mis padres confiaban en usted —digo con una suavidad calculada—. Eso significa que lo conocían bien.
El aire de la cocina se enfría de golpe. Adrian ahora sí me mira con clara advertencia.
—Elara…
—Nunca mencionaron a ningún Héctor —sentencio.
El viejo entrelaza los dedos sobre la mesa. Sus nudillos están marcados, las venas sobresalen bajo la piel curtida.
—Tus padres —dice finalmente— sabían separar las cosas importantes de las necesarias.
—¿Y usted era cuál? —pregunto.
La tensión es espesa, casi se puede cortar. Adrian interviene esta vez.
—Ella solo quiere entender por qué hemos terminado aquí.
Héctor lo observa con algo parecido a la evaluación. Luego vuelve a mirarme a mí.
—Tu padre me salvó la vida una vez —dice sin emoción—. Yo le devolví el favor.
Parpadeo. Eso no estaba en ninguna historia que recuerde.
—¿Qué favor? —pregunto con interés.
Sus labios se tensan.
—Hay deudas que no se cuentan a los hijos. Y hay cosas que es mejor que sigan enterradas.
El silencio que sigue ya no tiene nada que ver con el baño ni con la vergüenza. Esto es otra cosa. Algo más viejo. Más oscuro. Siento la mano de Adrian buscar la mía bajo la mesa; esta vez no por deseo, sino por algo más cercano al miedo.
—No me gustan los secretos que me incluyen —digo, manteniendo la voz firme.
Héctor ladea la cabeza, estudiándome como si intentara decidir cuánto de mi padre hay en mí.
—No te incluyen —responde—. Te protegen.
Su respuesta me provoca una risa breve y seca.
—Encerrarse en una casa aislada no se siente precisamente como protección —espeto.
Héctor se reclina en la silla. La madera cruje bajo su peso.
—¿Crees que estáis aquí por casualidad?
La pregunta me golpea más fuerte de lo que esperaba.
—Entonces explíquelo —exijo.
—Tus padres sabían que la maldición siempre se cobra algo —dice finalmente—. Algo que llevaba años enterrado. Yo les debía una vida. Y cuando me llamaron… cumplí.
Mi estómago se contrae.
—¿Qué vida? —pregunto entrecerrando los ojos.
Sus ojos se deslizan hacia la ventana oscura antes de volver a mí.
—Personas que no olvidan.
—Eso no significa nada —replico.
—Significa —responde con frialdad— que cuanto menos sepas, más tiempo seguirás respirando tranquila.
Adrian interviene con voz controlada.
—Con todo respeto, señor… necesitamos algo más que advertencias crípticas.
Héctor lo observa largo rato.
—Tu padre confiaba en ti —dice—. Dijo que eras como él.
Adrian se queda quieto.
—No lo soy.
Héctor no responde de inmediato. Me mira a mí.
—Y tu madre dijo que su hija era demasiado curiosa para su propio bien.
Siento una punzada en el pecho. Eso suena exactamente como lo diría ella.
—Entonces deje de tratarme como a una niña —replico—. Si esto tiene que ver con mi familia, tengo derecho a saberlo todo.
Héctor se levanta despacio. Su silla araña el suelo.
—El derecho no siempre es lo mismo que la conveniencia —sentencia—. Mañana saldremos temprano. Necesito comprobar algo en el límite de la isla.
—¿Qué límite? —pregunto.
Pero ya no responde. Se encierra en sus aposentos y nos deja solos. La cocina parece ahora más pequeña.
—No me gusta esto —murmura Adrian.
—A mí tampoco.
Lo miro. Su expresión ya no tiene rastro de la vergüenza de antes. Solo tensión.
—¿Crees que mis padres me mintieron? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—No. Creo que te protegieron. Igual que él está intentando hacer.
Me quedo pensativa. El nombre resuena en mi cabeza. Héctor. Un hombre sin apellido. Un favor que implicaba vidas. Personas que no olvidan. Aprieto la mano de Adrian.
—Mañana voy a obtener respuestas —digo en voz baja.
Y esta vez, no habrá vergüenza en el aire que me detenga.