CAPÍTULO 18
Vapores de amor
ADRIAN
Salimos del agua y el vapor nos envuelve como un manto.
La miro mientras se envuelve la toalla, y no puedo apartar los ojos.
No es solo su cuerpo lo que me atrae; es todo a lo que ha sobrevivido, todo lo que lleva consigo, cada cicatriz y cada sombra de dolor que la hace más intensa, más real, más viva.
Me acerco y la envuelvo con un brazo, sintiendo su calor contra mi pecho.
Ella se apoya en mí, y no hay palabras al principio, solo nuestra respiración y un silencio denso que nos conecta más que cualquier gesto.
—Te ves… —empiezo, con mi voz ronca—. No sé… imposible de ignorar.
Ella levanta la mirada, sus ojos brillan con el vapor, un brillo que me hace inclinarme hacia ella sin pensar.
Mis manos recorren su espalda con suavidad, trazando líneas que no necesitan palabras.
Siento cómo su respiración se acelera un poco con el contacto, cómo su cuerpo responde sin necesidad de más que cercanía.
Me acerco, nuestras frentes se encuentran, y puedo oler su cabello húmedo, sentir su calor, y todo el tiempo que intenté protegerla de repente parece irrelevante.
—No sabes cuánto me gusta —susurro cerca de su oído, con la voz cargada de deseo contenido—. Estar contigo así… solo contigo… me vuelve loco.
Ella deja escapar un suspiro y se inclina más contra mí. Cada roce de nuestras pieles sobre la toalla es electricidad pura. Su mano encuentra la mía, entrelazando los dedos, y siento un fuego que no se apaga con palabras.
—Siempre te quiero cerca —continúo, bajando un poco más la voz—. Sentirte, tocarte, que sepas que no pienso soltarte… nunca.
Su cuerpo se ajusta más al mío. No hay prisa, no hay presión, solo intensidad.
Cada respiración, cada movimiento, cada roce nos recuerda que estamos vivos, que somos nosotros, que todo lo demás puede esperar.
Elara se aparta un poco y deja caer su toalla al suelo.
Se gira lentamente, se arrodilla frente a mí, y mi corazón da un salto que no puedo controlar.
El vapor y la calidez de la habitación la envuelven como si el mundo entero desapareciera.
La miro y no puedo apartar la vista; hay algo en su mirada que me desafía y me atrae al mismo tiempo, un brillo travieso mezclado con confianza que me deja sin aliento.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, con la voz ronca, pero sin apartar la mirada de ella.
— Estaba pensando... —responde, con la voz baja, cargada de complicidad—. Que tú deberías darte cuenta de que no siempre debo ser yo la que recibe.
Me acerco un poco más a ella. El vapor rodea nuestros cuerpos, y la cercanía hace que cada respiración se sienta como un choque eléctrico. Sus ojos no me buscan, sino que me retan, y no puedo evitar sonreír ante su descaro.
—Oh, ¿me estás retando? —susurro, acercándome más—. Cuidado, Elara… porque me gusta que me provoquen.
Ella sonríe, ladeando la cabeza, levanta la mano y sus dedos rozan mi abultada erección que empieza a notarse a través de la toalla, jugando, midiendo sus movimientos.
—Entonces espero que estés listo capitán Thorne —dice, con un hilo de voz—. Porque no pienso ceder fácilmente.
Alargo la mano, la sujeto por la barbilla para mirarla directamente a los ojos.
Acaricio sus rosados labios con mi pulgar.
Verla arrodillada frente a mí me está matando.
Levanta ambas manos y las apoya en mi cintura, tirando suavemente de la toalla.
Esta cae al suelo y mi miembro da una sacudida que me recorre de arriba a abajo.
Elara se pasa la lengua por los labios y lo mira fijamente.
No puedo más. Esta mujer que tengo frente a mí acaba con la poca cordura que me queda.
Abre la boca y me enseña la lengua. Me mira directamente a los ojos y sonríe, esa sonrisa es lo que me transforma.
Le agarro el pelo y me hundo en su boca hasta el fondo.
Ella me recibe sin resistirse. Puedo notar su boca húmeda y caliente.
Se agarra a mis muslos para no perder el equilibrio y la dejo hacer.
Su cabeza se mueve de adelante a atrás con un ritmo que me hace perder la razón.
Siento cómo la tensión entre nosotros crece con cada movimiento.
Sus ojos me desafían y me invitan a adentrarme aún más, y cada roce de su lengua, cada mirada, cada sonido nos enreda en un juego que ninguno quiere romper.
—Sabes que me gusta que me provoquen —susurro, bajando la voz, sintiendo su respiración acelerarse—. Pero también sabes que no voy a dejarte ganar tan fácilmente.
Ella se ríe suavemente, el sonido de su boca mezclándose con el vapor y el silencio del lugar me está volviendo loco.
Vuelvo a agarrarla por la nuca y me hundo hasta el fondo de su garganta.
Le lloran los ojos y me empuja las caderas para que la de un respiro.
Salgo de ella de golpe, retrocedo dos pasos y la miro.
Desnuda, de rodillas, con la boca entreabierta y respirando con dificultad.
Unas lágrimas le cruzan el rostro y es la criatura más hermosa que he visto en mi vida. Y es toda mía.
Me acerco y la obligo a ponerse de pie. Se queda petrificada, me mira con esos ojos verdes que siempre han sido y siguen siendo mi perdición.
Se muerde el labio inferior y estrello mi boca con la suya en un beso que nos deja a ambos sin respiración.
La sujeto por la parte trasera de los muslos y la alzo en brazos.
Recorriendo la estancia con ella en mi regazo hasta empotrarla contra la pared más cercana.
Jadea contra mi boca al sentir las tablas de la madera húmeda en su piel y me agarra por el pelo obligándome a mirarla a la cara.
—No quiero dominarte —digo, con la voz cargada de tensión—. Solo quiero que sepas lo irresistible que eres cuando me provocas así.
Se inclina un poco hacia mí, lo justo para que pueda sentir su respiración.
—Solo te diré una cosa —susurra— tengo una imaginación peligrosa… y muy poca paciencia cuando noto que alguien me desea tanto como tú ahora mismo.
Me acerco a su oído un poco más.
—Elara —susurro despacio— si sigues hablando así, voy a tener problemas para seguir siendo el hombre paciente y responsable que crees que soy.
Sus labios se curvan, satisfechos.
—Entonces deja de serlo —responde—. No tienes idea de lo mucho que me gusta verte perder la compostura… aunque solo sea un poco.
Maldita sea. La bajo de mi regazo para que se quede de pie.
La agarro del cuello, la giro y la empotro contra la pared.
Las tablas vibran. Ella apoya las manos a ambos lados de su cabeza.
Acerco mi cuerpo al suyo, rozo la punta de mi miembro contra su trasero y el jadeo que sale de sus labios hace que una corriente me recorra el cuerpo entero.
Le separo un poco las piernas, acaricio su espalda y poco a poco deslizo mis dedos por su columna hasta llegar a su abertura.
—Me provocas como si no hubiera consecuencias —murmuro junto a su oído—. Como si no supieras exactamente lo que me haces cuando me miras así… cuando hablas así.
Paso los dedos por sus mojados pliegues y noto como se le acelera la respiración.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Elara?
Ella gira un poco la cabeza, curiosa, pero no dice nada.
—Que podría portarme bien —continúo—. Podría seguir siendo paciente, correcto.
Hago una pausa breve y acerco la punta de mi miembro a su entrada. Pasándola de arriba a abajo sin ningún pudor.
—Pero cada vez que me provocas así, me dan ganas de demostrarte lo poco que me importa portarme bien contigo.
Su respiración cambia de repente ante mi contacto y mis palabras.
—Voy a follarte tan fuerte que hasta en sueños gritarás mi nombre.
—Hazlo. — sentencia.
Me hundo en su interior y ella arquea la espalda. Le agarro por las caderas y arremeto una y otra vez hasta el fondo. La estancia se llena de gemidos, sonidos de carne contra carne. Elara comienza a gritar fuerte y yo siento que muero al escucharla.
—A-Adrian... — Susurra entre jadeos.
Le rodeo con un brazo hasta llegar a su cuello y la tomo por la barbilla. Aprieto su espalda contra mi pecho y me hundo un poco más en ella.
— Más fuerte — me pide.
Me muerdo la lengua para no dejar escapar un suspiro.
Para no demostrarle lo rápido que me gana.
Sigo hundiéndome en ella una y otra vez sin perder el ritmo.
Está cerca lo sé. Puedo notar como palpita su interior.
Si sigo así no aguantaré mucho más. Pienso en lo atrevida que es, en cómo cada palabra suya se queda pegada en mi mente, en lo imposible que es ignorarla.
Pienso en cómo me reta, cómo me hace querer romper las reglas que me impuse, y en cómo, aunque sé que debería ser prudente… no quiero hacerlo.
Pienso en lo fácil que sería perderme, en lo imposible que es contener el deseo que me provoca solo con su presencia.
Pienso en lo peligrosa que se vuelve, en cómo su mera cercanía hace que todo mi cuerpo grite por romperla.
Aprieto su cuerpo contra el mío un poco más y sus piernas comienzan a temblar.
Sujeto sus caderas para que no pierda el equilibrio y juntos llegamos al mejor orgasmo que he tenido en mi vida.
Me vacío por completo en su interior y ella arquea la espalda hasta apoyar su cabeza en el hueco de mi cuello.
—¿Sabes? —susurra con una satisfacción peligrosa—. Podría quedarme así todo el día… viendo cuánto tardas en perder el control.
Sonrío contra su hombro, todavía recuperando el aliento.
—Entonces me aseguraré de recordarte cada segundo de este viaje que soy muy capaz de hacerlo.