CAPÍTULO 17
Silencios
ELARA
Me despierto con la luz del sol que entra por la ventana. El mar huele distinto a esta hora. Me quedo quieta unos segundos, esperando. Nada. No hay susurros. No hay presión detrás de los ojos. No hay hambre ajena respirando dentro de mí.
Parpadeo y respiro hondo.
—…silencio —murmuro, incrédula.
Adrian sigue dormido a mi lado. Su respiración es profunda, tranquila, como si hubiera pasado la noche sosteniendo algo muy pesado y al fin pudiera soltarlo.
Lo observo sin tocarlo, con una calma que me asusta.
Me incorporo despacio y me miro el grillete que llevo en la muñeca.
El suelo está frío bajo mis pies, real, firme. Estoy aquí. Ahora. Y sigo siendo yo.
Adrian se mueve cuando me levanto.
—¿Estás bien? —pregunta con la voz ronca de sueño.
—No las oigo —le digo de inmediato—. Por primera vez en años, hay silencio.
Él abre los ojos del todo y se incorpora de un salto. Me mira con una mezcla de esperanza y cautela, como si temiera que pronunciarlo en voz alta pudiera romper el hechizo.
—¿Nada? —insiste.
—Nada —repito, y esta vez dejo que una pequeña chispa de alivio brille en mis ojos.
No sonrío. No me atrevo. Pero algo dentro de mí se afloja. El viejo nos presta una tina en una estancia detrás de la casa. Es un lugar pequeño donde el agua se calienta con piedras y fuego lento. Dice que el mar limpia el alma, pero el agua dulce devuelve el cuerpo a uno mismo.
No se lo discuto; después de anoche, necesito sentirme limpia de una manera que el jabón apenas puede alcanzar.
El vapor sube en espirales cuando nos acercamos.
Me quito la ropa sin prisa, sin esa necesidad antigua de esconderme.
Adrian hace lo mismo, moviéndose con una delicadeza que agradezco, siempre atento a mis ritmos.
Entro primero. El calor del agua me arranca un suspiro de puro alivio.
Adrian entra después, despacio, hasta que el agua nos cubre el pecho.
No decimos nada. Solo se escucha el crepitar del fuego cercano y el latido sordo del mar contra los acantilados.
Cierro los ojos, dejando que el calor penetre en mis músculos.
Donde antes había nudos de tensión, ahora solo queda un cansancio honesto.
Adrian se acerca lo suficiente para que nuestras rodillas se rocen bajo el agua.
—Si quieres que salga… —empieza.
—No. Quédate.
Me mira, buscando cualquier rastro de duda en mi rostro.
—Estoy bien —añado—. De verdad.
Él apoya una mano en la superficie del agua, cerca de la mía. Le tomo los dedos con firmeza; es un gesto pequeño, pero cargado de intención. Él me devuelve el apretón con una suavidad que me desarma.
—Anoche… —comienzo, pero la voz se me corta.
—No tienes que decir nada más —me interrumpe él.
—Quiero hacerlo —respondo, abriendo los ojos. El vapor nos aísla, creando un mundo donde solo existimos nosotros—. Gracias por quedarte. Por escucharme sin intentar "arreglarme". Por enfadarte con el mundo… y luego quedarte aquí para sostenerme.
Adrian baja la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.
—Eres la mujer más fuerte que he conocido nunca, Elara. Quiero que lo sepas, aunque ya no necesites que nadie te lo diga.
Me acerco un poco más, ignorando el frío que espera afuera.
—Hoy —digo— no me siento definida por lo que pasó. Ni por las voces, ni por el barco.
—¿Hoy? —pregunta él con una sonrisa pequeña y esperanzadora.
—Hoy. Mañana ya veremos qué trae la marea.
Él suelta una risa baja, cargada de un alivio que me calienta más que el agua. Apoyo mi frente en su hombro, inhalando su aroma a sal y piel.
—No escuché las voces al despertar —susurro—. Y por primera vez no siento que el silencio sea una trampa.
—Tal vez el silencio es porque elegiste contármelo —dice él, acariciando mi muñeca con el pulgar.
Cierro los ojos. El agua me sostiene, Adrian me sostiene y, por primera vez, siento que yo también me sostengo a mí misma.
—Déjame —susurra él—. Quiero lavarte el pelo.
Me giro y me reclino hacia atrás, apoyando la cabeza sobre su pecho firme.
Sus manos son seguras mientras humedecen mi cabello.
No es solo un acto de aseo; es un recordatorio físico de que estoy viva, de que mi cuerpo me pertenece y que alguien puede tocarlo con ternura.
Cada movimiento suyo es paciente, casi sagrado.
Siento cómo se derrite la última capa de hielo que me protegía del mundo.
—Nunca pensé que algo tan simple pudiera sentirse tan seguro —susurro.
—A veces, lo más simple es lo más poderoso —responde su voz grave vibrando contra mi espalda—. No tienes que enfrentarte a todo de golpe, Elara. Hoy solo respira. Solo deja que esté aquí.
La suavidad de sus gestos es el contraste perfecto a la brutalidad de mis recuerdos. Siento su respiración en mi cuello y, por primera vez en mucho tiempo, dejo que el peso de la memoria se disuelva en el vapor.
—Si te quedas mucho más tiempo —bromea él con cariño—, te arrugarás como una pasa.
—No me importa —respondo—. No quiero que este momento termine.
Él sonríe y me rodea con sus brazos, pegándome a su cuerpo. No hay prisa, no hay presión, solo una cercanía que me hace sentir deseada en la forma más pura y vulnerable que existe. Me acurruco contra él, escuchando el latido de su corazón bajo mi oreja.
—Estaré para ti —dice—. Siempre.
Cierro los ojos y dejo que todo lo demás desaparezca: la isla, la profecía, el miedo al espejo. Solo queda su calor y la certeza de que, aunque la tormenta vuelva, ya no me encontrará sola. Por primera vez en mi vida, estoy exactamente donde debo estar.