Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) ​CAPÍTULO 21
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​CAPÍTULO 21

Odiar lo que somos

ADRIAN

El mar siempre me ha parecido honesto. Si va a tragarte, lo hace sin fingir. Apoyo las manos en la borda de La Dama Negra y dejo que el viento me golpee la cara.

Elara está unos metros más adelante, mirando el horizonte como si pudiera arrancarle respuestas a base de insistencia. Siempre ha sido así. Incapaz de quedarse quieta ante un misterio.

Yo, en cambio, observo a Héctor. Se mueve por la cubierta como si el barco fuera una extensión de su propio cuerpo. Da órdenes cortas, precisas. La tripulación responde sin cuestionarlo. No es solo respeto. Es lealtad. Eso me inquieta más que cualquier amenaza invisible.

—¿Lo conocías de antes? —pregunta una voz a mi lado.

Uno de sus marineros. Alto, barba entrecana y con manos marcadas por la sal.

—No —respondo.

El hombre asiente como si ya supiera la respuesta.

—Entonces prepárate.

No añade nada más. No hace falta. El día avanza con un ritmo extraño.

Escucho el crujir constante del casco. El chasquido de las velas tensándose y el golpe rítmico de las olas contra la proa.

Intento mantenerme útil. Ayudo con las cuerdas cuando me lo indican.

Observo y aprendo todos los movimientos a mi alrededor.

Pero mi mente no está en las maniobras. Está en ese hombre.

Héctor se acerca a mí cuando el sol comienza a descender.

—Sabes manejar una brújula —dice.

—Sí. — contesto con firmeza.

—Tu padre te enseñó bien entonces.

La mención de mi padre me atraviesa el pecho como un disparo.

—¿Qué más te enseñó? — pregunta con curiosidad.

Héctor me sostiene la mirada con su ojo frío y calculador.

Aprieto los dientes. Una sombra casi imperceptible cruza su rostro como si me estuviera evaluando. Nos quedamos en silencio durante unos minutos que se me hacen interminables.

—Si te digo lo que hay en la isla —dice finalmente— ¿podrás mantener la cabeza fría?

—Sí. — contesto sin dudar.

Porque si algo me enseñó mi padre fue exactamente eso: estabilidad. Control. Pensar antes de actuar.

Héctor asiente una vez.

—Hay algo enterrado allí. Algo que muchos creyeron perdido. Tus padres ayudaron a ocultarlo.

Mi pulso se acelera.

—¿Qué es?

—Un registro.

Frunzo el ceño.

—¿De qué?

—De nombres.

El viento parece soplar más fuerte.

—Personas que hicieron cosas que nunca debieron salir a la luz. Personas que ahora ocupan lugares de poder.

Trago saliva.

—¿Y alguien quiere ese registro?

—Alguien ya sabe que existe.

Miro hacia Elara. Ella no nos escucha. Está apoyada en la proa, con su cabello oscuro azotado por el viento, ajena a esta parte de la conversación.

—¿Por eso nos perseguía mi padre? —pregunto.

—Os persiguen porque sois la única llave que queda.

El estómago se me hunde.

—¿Llave para qué?

Héctor se inclina un poco hacia mí.

—El registro no puede abrirse sin la sangre correcta.

Sangre. Por eso ha venido con nosotros a La Isla de Sangre. Todo empieza a encajar de una forma que no me gusta.

—¿Nuestra sangre? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.

—La de sus padres corre por sus venas —dice con calma mientras posa su mirada sobre Elara. — Y eso la convierte en la última llave.

Miro el horizonte. A lo lejos, apenas visible entre la bruma del atardecer, una silueta oscura comienza a dibujarse. Una isla. Irregular. Escarpada. Amenazante.

—Ahí está —murmura Héctor.

Siento que algo cambia dentro de mí. Si lo que dice es cierto, no somos pasajeros en esta historia.

Elara se vuelve hacia nosotros, como si sintiera el peso del momento.

Nuestros ojos se encuentran. No necesito decirle nada.

La isla ya lo ha dicho todo. La isla crece ante nosotros como una herida abierta en el mar.

Elara baja del castillo de proa y se acerca, pero algo en mi postura la hace detenerse a unos pasos.

Lo noto. Siempre lo nota. Héctor sigue observando la silueta oscura de Isla de Sangre como si fuera un viejo conocido.

—Tu padre sabía lo que hacía —dice de pronto, sin mirarme—. Nunca dudó.

Aprieto la mandíbula.

—Claro que no dudaba. — susurro notando como mi rabia crece por momentos.

—Era un hombre firme. Habría hecho cualquier cosa por protegeros.

Eso me arranca una risa seca y Héctor finalmente me mira.

—No tienes idea de lo que sacrificó. — me dice.

Y ahí está. Esa palabra. Sacrificio. Siempre tan noble cuando se pronuncia desde fuera.

—¿Sacrificó? —repito—. ¿Eso crees que hizo?

Elara frunce el ceño, percibiendo el cambio de tono en mí.

Héctor da un paso hacia mí.

—Tu padre cargó con decisiones que habrían destruido a otros hombres. — sentencia.

—No —lo interrumpo—. Precisamente lo que hacía era destruir a hombres.

Silencio. El viento tensa las velas con un golpe brusco.

—Ten cuidado —advierte Héctor.

Pero ya es tarde.

—¿Sabe lo que es crecer con alguien que solo te mira como una decepción? —pregunto, sin elevar la voz, pero dejando que cada palabra pese—. ¿Que no te abraza, no te escucha, no te ve… salvo cuando necesita que seas útil?

Héctor no responde.

—Usted habla de protección. Yo hablo de maltrato. De control. De pruebas constantes para asegurarse de que yo era “útil”.

La palabra suena amarga.

—Eso no es crueldad —dice Héctor—. Es preparación.

—¿Preparación para qué? —exijo—. ¿Para convertirme en un arma humana? ¿En un candado con piernas?

La tripulación finge no escucharnos, pero el silencio se espesa alrededor.

—Tu padre te estaba dando las herramientas para sobrevivir —insiste Héctor.

—Mi padre me enseñó que equivocarse no era una opción. Que sentir demasiado era debilidad. Que confiar era un riesgo innecesario.

Doy un paso más cerca.

—¿Sabe cuándo me dijo que estaba orgulloso de mí?

Héctor sostiene mi mirada.

—Nunca.

La palabra queda suspendida entre nosotros.

Elara da un paso al frente.

—Adrian…

Pero no puedo detenerme.

—Así que no me hable de sacrificios como si lo conociera mejor que yo. Usted vio al estratega. Yo viví con el monstruo.

Héctor respira hondo. Por primera vez desde que lo conozco, parece… humano.

—Los hombres que hacen lo que él hizo —dice con voz más baja— no siempre saben cómo ser padres.

—Entonces no debió serlo.

La frase es más dura de lo que esperaba. Incluso para mí. Elara me mira, sorprendida. No por el tono de mi voz, sino por la herida que ve en mí. Héctor observa la isla en el horizonte lejano.

—Tu padre creyó que el mundo que se acercaba no dejaría espacio para la inocencia.

—Yo no necesitaba inocencia —respondo—. Necesitaba afecto, cariño, amor. Necesitaba un padre.

El viento se calma un poco. Como si el mar mismo escuchara. Héctor tarda en contestar.

—No todos los hombres saben dar lo que no recibieron.

Esa respuesta me golpea el pecho de forma inesperada.

—Eso no lo justifica.

—No —admite.

El reconocimiento me descoloca más que la discusión. Héctor se aparta finalmente.

—Odiarlo no cambiará lo que sois —dice—. Ni lo que dejó preparado.

Lo observo mientras vuelve hacia el timón. No sé si lo odio. Pero sé que me duele. Elara se acerca por fin y coloca una mano en mi brazo.

—No eres como él—dice en voz baja.

La miro. Por primera vez desde que zarpamos, el miedo no viene de la isla. Viene de la posibilidad de que mi padre siempre tuviera razón. Y de que yo esté exactamente donde él quería que estuviera.