CAPÍTULO 14
El veneno del silencio
ELARA
Me despierto con el cuerpo pesado, como si hubiera regresado de una batalla naval. El techo de madera aparece borroso sobre mí, balanceándose levemente. Se me nubla la vista y, por un momento, creo que voy a vomitar.
Cierro los ojos y respiro hondo. Una vez. Dos.
Las voces siguen ahí… pero no gritan. Se arrastran en el fondo de mi mente, heridas, furiosas, esperando el momento perfecto para volver a la carga. Es un silencio nuevo, cargado de veneno, y me da miedo.
—Está despierta —dice alguien.
Reconozco la voz antes de abrir los ojos.
Grave, gastada, cargada de cosas que no quiero imaginar.
Me incorporo despacio. Adrian está sentado cerca de la puerta, con el rostro tenso y los ojos clavados en mí, como si temiera que pudiera desvanecerme.
Sonríe al ver que he vuelto y suelta el aire que estaba conteniendo.
El viejo está frente a mí, apoyado en su bastón. Me observa como si mirara a un muerto.
—No te levantes todavía —dice—. Cuando despiertas tras un enfrentamiento interno, el cuerpo suele mentir. Te dirá que estás bien… y no lo estás.
Aprieto los dedos contra la manta. Tiene razón. Me duele todo, pero no es un dolor físico; es algo más profundo, como si me hubieran arrancado pedazos del alma y los hubieran vuelto a encajar mal.
—Siguen ahí —digo sin rodeos—. No gritan, pero intentan hablarme.
El anciano asiente.
—Eso significa que sobreviviste.
Trago saliva.
—Quiero entenderlo —exijo—. No quiero más secretos ni medias verdades. Si esto va a vivir dentro de mí… quiero saber qué es. Quiero saberlo todo.
El viejo se sienta despacio, como si cada movimiento le costara la vida.
—La maldición no es una entidad única —empieza—. No es un demonio, ni un espíritu, ni una voz ancestral, como les gusta creer a los que nunca la han cargado. Esas son solo las consecuencias.
Frunzo el ceño.
—¿Qué consecuencias?
—De la violencia —responde—. De la sangre derramada por elección y por miedo. De generaciones que creyeron que el poder era la única forma de sobrevivir.
Las voces se agitan. Sisean y se ofenden.
—Mentira —susurran—. Somos fuerza. Somos protección.
Aprieto la mandíbula. No les respondo.
—Cuando nace alguien como tú —continúa el viejo—, esas voces encuentran un lugar donde resonar. Tu mente. Tu miedo. Tu deseo de no ser débil.
Siento un nudo en el pecho.
—Entonces… ¿me volveré como ellas quieren? ¿Es inevitable?
—No —dice él mirándome fijamente—. Pero tampoco puedes destruirlas. Yo lo intenté. Luché, maté, quemé. Me convencí de que podía aplastarlas con fuerza, y lo único que logré fue volverlas más resistentes.
Adrian se mueve, incómodo. Yo no aparto la mirada del anciano.
—Entonces dime qué tenemos que hacer. Porque no pienso dejar que me conviertan en lo que ellas quieren.
El viejo se inclina hacia delante.
—Para sobrevivir a la maldición hay tres reglas.
—Levanta un dedo—. Primera: nunca les entregues una decisión importante.
Se alimentan de elecciones hechas desde el miedo.
Si decides algo, que sea cuando estés en calma.
Siempre. —Levanta un segundo dedo—. Segunda: no intentes silenciarlas a la fuerza.
Cuanto más luchas contra ellas, más se definen.
Debes reconocerlas sin obedecerlas. Escucharlas sin seguirlas.
Las voces rugen, furiosas.
—Y la tercera —añade el viejo— es la más difícil. —Me mira a los ojos—. No sobrevives sola.
Miro a Adrian sin querer. Él ya me está mirando.
—La maldición te aísla —continúa el viejo—. Te hará creer que eres peligrosa, que nadie debería estar cerca de ti. Eso es una trampa. Necesitas un ancla. Alguien que te recuerde quién eres cuando tú no puedas.
—¿Y si lo pierdo? —pregunto, con el pulso acelerado—. ¿Y si termino haciéndole daño de verdad? ¿Si me pierdo tanto que acabe matándolo sin poder evitarlo?
—Entonces —responde con dureza— tendrás que elegir alejarte antes de obedecerlas. Esa también es una forma de resistir.
Las voces ríen.
—No puedes huir de nosotras para siempre.
—Esto no es una guerra que se gane —dice el viejo, que parece escucharlas también—. Es una a la que se sobrevive, día tras día.
Me dejo caer contra el respaldo del camastro, aterrada. Siento que las lágrimas se acumulan tras mis párpados.
—Quiero sobrevivir —susurro con la voz temblorosa.
El anciano asiente.
—Eso hiciste anoche. Y por eso sigues siendo tú.
El viejo guarda silencio un momento, midiendo el peso de lo que va a decir a continuación.
—Si vas a cargar con esto, no puedo dejarte a ciegas.
Mi maldición no fue distinta a la tuya. Solo ocurrió antes…
cuando nadie sabía cómo llamarla. Me enseñaron a pelear mejor que nadie, a no sentir culpa al matar, a creer que el fin justificaba la sangre.
Hasta que perdí el control. Fue en un puerto del sur; una pelea menor, un insulto…
Dejé que ellas decidieran por mí. Cuando volví en mí, había demasiados muertos.
Amigos. Gente que me había protegido. Ahí entendí que no eran aliadas: eran carceleras.
El silencio se estira. Afuera, el mar golpea la costa como si escuchara.
—Fue entonces cuando conocí a tu madre, Elara.
Ella era distinta. Curandera, estudiosa de rituales antiguos.
Fue la primera persona que me miró y no vio un monstruo.
Me ayudó a crear límites, rituales de contención.
Pero el precio fue alto. Me alejé de ella porque sabía que, si me quedaba, acabaría destruyéndola.
Siento un vacío frío en el pecho.
—Antes de irme —añade— conocí a tu padre…
y al de Adrian. Tu padre era fuego, Elara; idealista hasta la locura.
Y el padre de Adrian era leal. Demasiado leal.
Intentaron ayudarme y casi mueren por ello.
Tu madre decidió marcharse para protegerte.
Sabía que la maldición saltaba generaciones y eligió alejarte de todo esto.
—Pero falló —susurro.
—No. Ganó tiempo. Te dio infancia. Te dio elección durante años. Eso es más de lo que muchos reciben.
—¿Y Adrian? —pregunto—. ¿Por qué él?
El viejo lo mira.
—Porque su padre fue quien me detuvo cuando perdí el control por segunda vez.
Con palabras. Me recordó quién era cuando yo estaba perdido.
Él decía que nadie debía cargar con esto solo.
Por eso estáis aquí los dos. La maldición no os unió por casualidad; os unió porque juntos tenéis lo que ella más odia: un vínculo. Memoria. Elección compartida.
Las voces se agitan, furiosas.
—Mentiras… todo termina en sangre.
—Tal vez —respondo en voz alta—, pero hoy no.
El viejo se endereza. Sus ojos se endurecen.
—Hay algo más, Elara. Algo que no puede hacerse aquí. Tendrás que volver a Isla de Sangre.
El nombre me atraviesa el pecho como un cuchillo. Adrian se tensa a mi lado.
—No —susurro—. Ese lugar está maldito.
—Lo está —dice el viejo—. Porque fue allí donde nació todo esto. Isla de Sangre no es solo un punto en el mapa; es un lugar donde la maldición se siente en casa. Allí no puedes mentirte a ti misma. Si sigues huyendo, ellas siempre irán un paso por delante.
—¿Y el Espejo de la Sangre? —pregunta Adrian—. Dijiste que tendría que cruzarlo.
—El Espejo no es un objeto —explica el viejo susurrando—.
Es un umbral. Te obliga a mirarte sin filtros.
Quien has sido, en quien podrías convertirte, las decisiones que temes tomar.
Te mostrará momentos donde elegiste sobrevivir a costa de otros, donde el odio fue más fácil que el perdón. Muchos no salen. Otros salen vacíos.
Las voces ronronean. —Te romperá. Como a todos.
—¿Y tú lo cruzaste? —pregunto.
—Sí —dice el viejo—. Y por eso sigo vivo. No porque ganara, sino porque acepté algo que odiaba: que las voces no inventan tu oscuridad, solo la amplifican. El Espejo no se rompe luchando; se cruza eligiendo. La maldición te ofrecerá alivio, poder, silencio… te dirá que basta con dejar de resistir.
Mi pulso se acelera.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Saber decir que no —dice él—. Sin miedo, sin culpa, desde la certeza de quién quieres ser, incluso si eso duele más. Adrian no puede cruzarlo por ti, nadie puede. Pero puede ser tu ancla; la voz que te recuerde que el Espejo miente cuando intenta convencerte de que estás sola.
—¿Y si fallo?
—Entonces Isla de Sangre te reclamará. Y las voces dejarán de negociar.
Respiro hondo. Una vez. Dos.
—Iremos —digo al fin—. Al Espejo. A la isla. A lo que sea que me esté esperando.
El viejo asiente lentamente.
—Hablas igual que tu madre. Sin miedo y con decisión.
Cierro los ojos. Las voces siguen ahí, pero esta vez la elección será mía.