Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 15
47%

CAPÍTULO 15

Sueños rotos

ADRIAN

La casa del viejo vuelve a quedarse en silencio cuando la conversación termina.

—Quedaos también esta noche —dice el anciano mientras se aleja hacia el fondo de la casa—. El mar no perdona a quienes parten sin descanso. Hay una habitación libre. Era de alguien que ya no volverá.

No pregunta si aceptamos porque sabe que lo haremos.

Elara camina despacio, como si el cuerpo aún no le obedeciera del todo.

La sigo sin tocarla, dándole el aire que necesita.

La habitación es pequeña: una cama estrecha, una ventana que da al mar oscuro y una lámpara de aceite que tiembla con cada ráfaga de viento.

Huele a sal, a madera vieja y a una persistente melancolía.

El viejo deja la lámpara encendida y se detiene en el umbral.

—Descansad —dice—. Mañana necesitaréis estar enteros. Yo avisaré a los muchachos para que lo preparen todo al alba. —Nos mira a los dos, como si nos viera superpuestos con otros rostros del pasado—. Y recuerda, muchacho: no cargues con lo que no es tuyo.

Luego se marcha y la puerta se cierra con un chasquido suave. Elara se queda de pie en medio de la habitación. Sus hombros están tensos, como si aún esperara un golpe invisible. Me acerco a ella despacio.

—Quédate con la cama —le digo—. Necesitas descansar.

Asiente y se sienta en el borde del colchón. De pronto, todo el peso de la noche parece caerle encima; sus manos tiemblan sin control. Me siento a su lado, lo suficientemente cerca para que sienta mi calor, pero sin invadirla.

—Cuando mencionó Isla de Sangre —murmura—, pensé que ibas a decir que no. Que era demasiado peligroso.

—Lo pensé —admito—. Durante un segundo. Luego entendí que decir que no habría sido dejarte sola con el miedo.

Se gira hacia mí. Sus ojos verdes brillan, empañados por las lágrimas.

—Tengo miedo, Adrian —confiesa—. De que un día me mires… y ya no me reconozcas.

Levanto la mano con cuidado y le aparto un mechón de cabello del rostro.

—Yo siempre te recordaré quién eres —respondo—. Incluso si tú no puedes hacerlo.

No es una promesa vacía; es mi única verdad.

Elara inspira hondo y apoya la frente contra mi hombro.

El contacto es leve, inseguro, como si me diera la oportunidad de apartarme.

No lo hago. La rodeo despacio con el brazo, dejando que ella marque la distancia.

Siento cómo su respiración empieza a acompasarse con la mía.

—Túmbate —susurra—. Conmigo.

Nos recostamos de lado, frente a frente. No hay urgencia ni deseo, solo dos cuerpos cansados buscando un refugio donde existir. Elara apoya la mano en mi pecho, justo donde el corazón golpea con fuerza mis costillas.

—Sigue latiendo —dice en voz baja—. Eso me ayuda.

—Late solo por ti —respondo. Casi logro arrancarle una sonrisa.

Apoya la cabeza bajo mi barbilla, como si ese lugar siempre hubiera sido suyo. Afuera, el mar sigue rugiendo e Isla de Sangre aguarda en el horizonte, pero aquí, en esta habitación prestada, el mundo se reduce a su aliento contra mi cuello. Esta noche, al menos, ninguno de los dos está solo.

Permanezco en ese punto frágil entre el sueño y la vigilia, donde el cuerpo descansa pero la mente vigila. Elara respira con regularidad, con los dedos aún enganchados en mi camisa.

Entonces, todo cambia.

Empieza con un temblor leve, casi imperceptible. Luego, su respiración se vuelve irregular y quebrada. Su cuerpo se tensa de golpe, como si algo la hubiera arrancado de un refugio para arrojarla a un abismo oscuro.

—No… —murmura.

Abro los ojos al instante.

—Elara —susurro.

No responde. Su mano se cierra con fuerza contra mi brazo, clavándome las uñas, mientras su cuerpo empieza a sacudirse.

—No me toquéis —dice con la voz rota—. ¡No!

Un frío gélido me recorre la espalda. Se revuelve en la cama, luchando contra fantasmas que solo ella puede ver. Sus piernas patean y sus brazos golpean el aire, tratando de apartar cuerpos invisibles. No es una pesadilla; es un recuerdo vivo que la devora.

—¡NO! —grita en sueños—. ¡No fue mi culpa!

Sujeto sus manos con firmeza pero con suavidad, sin atraparla, solo para que sienta que hay un límite sólido en este mundo.

—Elara —repito, bajando el tono para que mi voz atraviese su pánico—. Nadie te está tocando. Estás a salvo. Estoy contigo.

Ella suelta un sollozo infantil que me parte el alma.

—Me duele… me hacéis daño —susurra—. No puedo respirar…

Apoyo mi frente contra la suya, tratando de anclarla a la realidad.

—Respira conmigo —le pido—. Aquí. Ahora. Uno… dos…

Su cuerpo sigue luchando, pero el miedo empieza a transformarse en algo más. Ya no empuja al vacío; ahora golpea con rabia. Con decisión.

—¡No! —grita—. ¡Dejadme!

La siento resistir, pelear por su propia piel. De pronto, Elara se arquea con un jadeo agudo y abre los ojos de par en par. Durante un segundo eterno me mira sin verme, con las pupilas dilatadas por el terror. Luego, sus ojos enfocan. Me reconoce y se quiebra por completo.

—Adrian… —se aferra a mí como si fuera la única tabla de salvación en un naufragio.

La abrazo de verdad. Fuerte. Firme. Sosteniendo cada uno de sus pedazos.

—Shhhh, ya ha pasado —le digo al oído—. Estoy contigo.

Tiembla violentamente y llora contra mi cuello con un llanto que no intenta ocultar nada. Dejo que lo saque todo, que el fuego del llanto consuma la sombra de la pesadilla.

—Intenté luchar, te lo juro —dice entre sollozos—. En el sueño… esta vez sí luché.

Trago saliva, intentando contener mi propio nudo en la garganta.

—Y ganaste —respondo—. Porque despertaste siendo tú.

Se calma poco a poco, agotada. El temblor tarda en irse, pero su pulso se estabiliza.

—Lo siento —susurra—. Por despertarte. Por esto.

La aparto lo justo para obligarla a mirarme a los ojos.

—No lo sientas —digo con suavidad—. Escucharte no me rompe, Elara. Perderte sí lo haría.

Ella me mira un largo rato. Hay vergüenza y miedo, pero también un destello de orgullo herido.

—Ellas usan eso contra mí —dice—. El recuerdo. Mi propio cuerpo.

—Lo sé. Utilizan lo que más duele para que te rindas.

Apoya la frente en mi pecho otra vez, recuperando su refugio.

—Gracias por no soltarme.

Apoyo el mentón sobre su cabeza y cierro los ojos.

Afuera, el mar ruge con más fuerza, como si la isla se impacientara.

Isla de Sangre cree que puede quebrarla recordándole lo peor que ha vivido, pero no cuenta con algo: va a encontrarse con una mujer que ya no tiene miedo de pelear, y con un hombre que no piensa apartar la mirada.