Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Pactos oscuros

ADRIAN

No me muevo en toda la noche. El fuego se apaga despacio, como si también estuviera cansado de resistir.

Afuera, el mar golpea la costa de Isla Blanca con una cadencia distinta a la de cualquier otro puerto.

Elara se agita en sueños. Primero son movimientos pequeños: los dedos cerrándose, una pierna que se encoge; luego llega el murmullo.

Bajo. Roto. No dice frases completas, sino fragmentos, sílabas que no encajan en ningún idioma conocido.

Me acerco despacio y me arrodillo junto a ella.

—Shhhhh, estoy aquí —susurro, acariciándole el cabello.

Durante un segundo parece calmarse. Su respiración se vuelve más regular y creo que ha funcionado.

Entonces, abre los ojos. No me mira a mí; su mirada atraviesa el techo, fija en algo que no está ahí.

Tiene las pupilas dilatadas y la mandíbula tensa.

Su cuerpo entero se arquea como si alguien tirara de hilos invisibles desde su interior.

—No —dice—. Otra vez no.

Le sujeto las muñecas con cuidado. No quiero inmovilizarla; quiero que sienta que estoy aquí, que yo soy real.

—Elara. Mírame.

Sus labios tiemblan y una lágrima se desliza hacia su sien.

—Dicen que mañana… —traga saliva— dicen que mañana decidirás.

El frío me atraviesa el pecho.

—¿Decidir qué?

Una sonrisa torcida le cruza el rostro. No es la suya.

—Si me salvas a mí… o a lo que soy ahora.

Aprieto los dientes.

—Siempre te elegiré a ti —respondo—. A mi Elara.

Una risa siniestra se escapa de sus labios.

—No podrás salvarla, Capitán Thorne —susurra una voz que no le pertenece—. Nunca serás suficiente.

Siento el golpe como si me hubieran clavado un puñal entre las costillas.

—Cállate —gruño, sin saber si hablo con ella o con lo que la habita—. No tienes ni idea.

Sus ojos se humedecen de golpe. La sonrisa desaparece.

—Adrian… —dice ella, recuperando su voz—. Tengo miedo.

La rodeo con los brazos. Su cuerpo tiembla contra el mío como un animal herido. No intenta provocarme ni escapar; solo se aferra a mí.

—No me dejes —susurra—. Aunque me odies. Aunque te haga daño.

Apoyo la frente en su pelo.

—No te odio. Y no me voy a ir.

Permanecemos así un largo rato, hasta que el temblor cede y el agotamiento la vence. Se queda dormida contra mi pecho. Cuando por fin me separo, el cielo empieza a aclararse. El viejo tenía razón: no he dormido.

Salgo al exterior cuando el sol comienza a asomarse sobre los acantilados blancos. El anciano está allí, de pie frente al mar, como si no se hubiera movido en toda la noche.

—Habla —le digo—. Ya.

No se gira.

—El origen no está en ella —dice—. Está en eso que amas lo suficiente como para encerrarlo.

—¿Qué sabes del Mapa?

—Que no crea monstruos —responde—. Los revela. —Se vuelve por fin hacia mí—. La chica no está poseída. Está siendo utilizada.

El corazón me da un vuelco.

—¿Por quién?

El viejo clava su bastón en la arena.

—Por lo que fue… y por lo que será si sobrevives a esto sin romperte. Dime, muchacho, ¿crees que vuestras familias se cruzaron por azar?

Me quedo helado. Él continúa con voz grave, una que arrastra el peso de siglos.

—Tu padre y la madre de Elara… ambos eran hombres y mujeres con ambiciones que sobrepasaban sus límites. No hablamos de amor ni de alianzas de sangre comunes, sino de poder. Buscaban el control sobre los hilos del destino.

Mis puños se aprietan. Este hombre conoce a nuestros padres.

—Un pacto oscuro —prosigue—. Tu padre ofreció su linaje, su capacidad de sobrevivir a cualquier tormenta, a cambio de un dominio que no se compra en ningún puerto. Y la madre de Elara… ella ofreció lo más preciado: su descendencia.

—¿Qué quieres decir? —mi voz suena ronca.

—Que la maldición que ella lleva es la unión de esas promesas rotas.

Lo que se forjó entre ellos fue un vínculo para protegerlos, pero se volvió un arma contra los que vendrían después.

La madre de Elara quiso usar ese poder para mantenerla segura, pero no contó con que el pacto traería un hambre que no se sacia. Un poder que recorre generaciones.

—¿Elara está condenada?

El anciano niega con lentitud.

—No, joven marinero. Fue elegida. La maldición no mata por sí sola, solo amplifica lo que ya existe en su sangre.

Cada impulso cruel es una herencia que se alimenta de su desesperación.

Por eso estás aquí. No para salvarla de un monstruo inventado, sino para enseñarle que ella no tiene que convertirse en uno.

—Pero, ¿cómo luchas contra algo que nació antes que tú? —susurro.

—Con un amor que no ceda al miedo. Esa es la única llave. Debes ser su ancla y su espejo. Debes estar presente cuando la oscuridad la arrastre y mantenerla a flote sin dejar que se hunda en su propia sangre.

El viejo se inclina hacia mí, su ojo lechoso parece leer mis pensamientos.

—Tendrás que guiarla a través del "espejo de la sangre". Un lugar dentro de ella donde las voces se mezclan con sus miedos más puros. Y finalmente, tendrás que dejarla decidir. No puedes imponer tu voluntad. Lo que alimenta esta oscuridad es la falta de elección.

—Todo esto es demasiado —murmuro.

—Demasiado para ti, Adrian —dice con una media sonrisa amarga—. Pero si no lo haces, nadie lo hará. Y entonces ella se perderá para siempre.

Me pongo de pie. Sé que a partir de mañana tendré que ser más que su guardián. Tendré que ser su escudo y el hombre capaz de atravesar el infierno de su mano.

—Lo haré —sentencio—. Aunque tenga que cruzar el mismo abismo que su sangre.

El anciano asiente.

—Entonces prepárate. Porque la tormenta que heredó Elara no va a esperar. Y tú tampoco podrás.